STREETWALKIN´, LAS CHICAS DE CORMAN HACIENDO LA CALLE

“Haciendo la calle” (Streetwalkin´, 1985) es una de las muchas película producidas por Roger Corman en su dilatada, abundante y aún activa carrera (durante 2017 produjo tres películas). Actor, guionista, director y con más de 400 títulos como productor, Corman es un destajista, impulsor de infinidad de subgéneros, creador de xploits siempre a la moda de la época, el momento y las circunstancias del mercado. Pero es también el director de un puñado de excelentes películas: “The Intruder” (1962) , “El hombre con rayos X en los ojos (1963) – película que amo desde niño – o “La obsesión” (1962) ; el impulsor de carreras de directores y actores como Francis Ford Coppola, Martín Scorsese, Paul Bartel, Jonathan Demme, Jack Nicholson o Joe Dante; y por último, podríamos considerarle el único director de cine que ha sido capaz de adaptar con éxito y un sello personal el universo de Edgar Allan Poe.

Entre la innumerable cantidad de géneros y subgéneros que ha abordado Corman como productor se encuentran el western, el bélico, el cine de gánsteres, el terror en sus infinitos derivados, el de espada y brujería, las artes marciales, el cine psicotrónico o derivado del universo de las drogas (en especial los ácidos a finales de los 60), el de moteros, el carcelario, WIP films (women in prision movies), persecuciones de coches, ciencia ficción, dramas de adolescentes, el musical, comedia… El etcétera es tan largo como combinaciones posibles puedan existir a la hora de mezclar géneros. Y,por supuesto, las sex movies o los xploits derivados de temática sexual (erótica).

Corman se apuntó, como no, a este último cajón de sastre temático con varias pelis y ”Streetwalkin´” es una de ellas, una historia que forma parte del grupo de xploits sobre prostitución; filmes que explotan la temática de jóvenes o adolescentes que venden su cuerpo a cambio de un puñado de dólares principalmente en las calles de Nueva York o Los Ángeles. La década de los 80 y principio de los 90 nos regaló una buena cantidad de títulos de este subgénero como la saga de “Angel” (1984) y sus tres secuelas, “Ángeles de la ciudad” (1989), “Hijas de la calle” (1990), “Streets” (1990) o “Sin Piedad” (1992).

La película comienza como un drama realista bastante equilibrado en el que Cookie, que interpreta una jovencísima Melissa Leo, acompañada de su hermano adolescente, deambulan por la Grand Central Terminal de Nueva York. Una llamada telefónica a su madre, nos informa de que han tenido que huir del hogar por culpa de su padre que supuestamente ha intentado abusar de Melissa. La madre no le cree y no quiere saber nada de sus dos hijos: una forma muy “B movie” de marcar el punto de partida dramático de los personajes. Duke, un apuesto joven que merodea la estación, se fija en las lágrimas de Melissa Leo y le hace reír. Ella cae en sus redes. Corte. La siguiente secuencia nos muestra a Melissa ejerciendo la prostitución y felizmente enamorada de Duke, el proxeneta que cuida de ella y de otras chicas. Él las ama y las mangonea en un perfil de personaje que poco a poco se va volviendo loco hasta límites insospechados. Y gracias a esta premisa, la película entra en un torbellino desbocado en la que la directora la va desquiciando secuencia a secuencia para terminar convirtiéndola en un thriller que tiene la noche y las calles de Times Square como principales protagonistas.

Duke maltrata a la compañera de piso de Cookie, otra prostituta que ha decidido colgar el hábito (en este caso la minifalda y la peluca). El maltrato se convierte en una tremenda paliza que deja a la joven en coma en una de las secuencias más duras y trash de la cinta. La joven yace inconsciente tras ser apaleada en el pasillo de su apartamento, aparece Cookie que la estaba buscando. Duke, que aún no ha tenido tiempo de marcharse cuando ve llegar a Cookie, le dice que la quiere y se la cepilla en suelo del recibidor, a dos metros de la compañera que acaba de apalizar hasta dejarla casi muerta. Cuando terminan el acto amoroso, Cookie escucha unos llantos, se levanta y descubre que su amiga está destrozada al final del pasillo. Duke hace ver que no sabe nada, pero Cookie, que hasta ese momento parecía tonta y una especie de princesa de Disney que conseguía el dinero de sus clientes sin tocarles ni la piernas y en fuera de campo, se da cuenta de que su amado chulo de putas es un auténtico salvaje degenerado. Cookie va en busca de la protección de otro proxeneta, un negro elegante y trajeado. Y a partir de aquí la historia se lía definitivamente.

El resto de la película nos regala un sinfín de secuencias puramente xploits que van desde palizas a prostitutas, peleas entre chulos en las que uno de ellos practica kung fu, una secuencia de sadomaso bastante light pero muy divertida, prostitutas colgadas de heroína divagando, robos, persecuciones, asesinatos e infinidad de carteles de peepshows. La historia, que sucede siempre de noche, nos muestra las sucias, degradadas y violentas calles de Manhattan de los 80, la calle 42 y las inmediaciones de Times Square. Unas calles y una atmósfera a las que da forma la elegante fotografía nocturna a cargo de Steve Fierberg , responsable de “Pesadilla en Elm Street 4” (1988, Renny Harlin) y “The Affair” (2014-, Hagai Levi y Sarah Treem). Las interpretaciones, aunque a medida de avanza la peli se van volviendo cada vez más exageradas, sobre todo la de Duke, dotan del suficiente realismo a una trama puramente “B” en la que la venganza y la histeria reinan. Duke no para de gritar y de chillar en una conversión de hombre a bestia y Melissa Leo, dulce y cariñosa, acaba sacando la heroína que esconde dentro. Por el camino, nos enseña las piernas, las tetas y el culo en una serie de primeros planos totalmente descarados. Sí, esto es lo que muchos esperaban ver y sí, la peli lo da.

Una historia alocada y puramente genérica bien llevada y dirigida por Joan Freeman, y sí, es una mujer, autora del guion junto a Robert Alden y a Diane Gorcianz, otra mujer. Algo que se nota en el retrato femenino de las mujeres y de la historia: ellas son las protagonistas, asistimos a sus conversaciones en partidas de cartas y confesiones de secretos. Mujeres con un oscuro pasado y atormentadas, presuntamente dependientes de los hombres, pero a la vez fuertes y con la capacidad de salir del infierno en el que viven. Una idea que se ve reflejada en la subtrama de aprendizaje de Cookie y Queen Bee, interpretada por Julie Newmar (la Catwoman de la serie “Batman” de los 60). Crudeza y realismo en una puesta en escena que huye de lo televisivo.

Roger Corman se apunta a un bombardeo y en esta ocasión se llevas a las chicas a la calle para que le lleven el dinero a casa, vendiendo su cine y explotando su talento.

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“FIREBACK” CON RICHARD HARRISON, EL HOMBRE QUE DIJO NO A LEONE

Es hora de catalogar. Uno de los motivos por los que abrí este blog hace varios años es hablar sobre viejas cintas en vhs que en algún momento se habían cruzado con mi mirada en aquellas estanterías repletas de los videoclubs de la década de los ochenta y noventa. Las cintas, que poco a poco fui recopilando en mercadillos digitales y subastas de pujas de decenas de céntimos, se han acumulado hasta el día de hoy en mi estantería en una montaña que prácticamente llega al techo. El polvo del tiempo y el olvido de aquellos videoclubs de ciudades como Málaga, Albacete o Alicante vuela hoy entre  cajas grandes (cuanto más grandes mejor) que duermen en mi hogar. No sé si el polvo desaparecerá, pero estas palabras seguramente harán que las recordemos.

Miénteme carátula, miénteme

“Fireback” (1983) es una de las cinco películas que el actor norteamericano Richard Harrison protagonizó en Filipinas. Dirigida por Teddy Page (alias Tedd Hemingway y Teddy Chiu), es una mixtura de varios de los xploits que se destilaban a principios de los ochenta. Como buena carátula de videoclub que se precie de aquella época, contiene los suficientes elementos para llamar nuestra atención: un ninja, una explosión, un arma de fuego demoledora, una pelea de kung-fu, una persecución de coches, una mujer en camisón aparentemente muerta y… un intento de asesinato con un paraguas. Y por supuesto, la figura de Harrison. Algunas de estas promesas aparecen en el filme, aunque no en la medida que el cartel avanza. Este es uno de los grandes alicientes de tener estas películas originales en vhs: disfrutar de sus espectaculares carátulas para luego hacer el juego de las siete diferencias viendo el filme. ¡Falta el helicóptero!

Esta edición en vhs -cortesía de la casa IRMS- comienza con el propio tráiler que se convierte en una extensión de la carátula, haciendo énfasis en consiguir que tus ojos se abran como platos con Omega, una revolucionaria arma bélica capaz de matar con gran precisión, de forma violenta y en condiciones adversas como en la noche oscura. Nada más comenzar la trama, Harrison, que supuestamente se encuentra en la guerra (¿del Vietnam?), enseña este novedoso prototipo de metralleta a su comando. Unos rebeldes irrumpen en el descampado arenoso y se produce un tiroteo bien resuelto; Harrison cae herido y acaba en el hospital. Hasta aquí Omega.

Toques de giallo y plagio a “Acorralado”

Harrison regresa a casa, pero lo que más deseaba encontrar no está, su mujer ha desaparecido. En este momento, se inicia una búsqueda desesperada por una ciudad inconcreta de los EEUU a modo de thriller de investigación que lleva a Harrison a diferentes bares y prostíbulos, filmados a modo de thriller rural, en secuencias nocturnas que tienen el brío habitual de las cintas de Teddy Page. Rubias “de segunda”, malos con manos doradas y dedos en forma de cuchillos, Jim Gaines sin camiseta y un grupo de policías encerrados en una habitación decorada como una oficina que especulan sobre Harrison a medida que las muertes se van sumando. Teddy Page dirige con solvencia las torpes secuencias de acción, lanza zooms en los momentos adecuados y maneja el ritmo del filme, que a pesar de tratarse del típico ultralow-budget philipino trash movie, se sotiene bastante bien salvo alguna laguna provocada por el aleatorio guion: “tú mujer está en esa casa”, “has de ver a tal persona”, Harrison monta en coche y aparece con un rifle y chaqueta militar en una nave industrial.

La película contiene varias secuencias que me han sorprendido por su tono onírico y ambiente cercano al giallo italiano. Un hombre cuyo rostro siempre está tapado por algún objeto del decorado habla sobre la mujer que ama y que no le hace caso por mucho que éste la agasaja con regalos, sorpresas y cariño. Posteriormente, vemos como esta mujer entra en la piscina, la cruza nadando como una sirena y al salir, el hombre cuyo rostro no vemos se acerca y le hace un regalo, ella le rechaza en un par de ocasiones. En un tercer intento, cuando parece que finalmente la mujer ha cedido, tira al agua a su pretendiente. El tono de las secuencias es diurno, más cálido y suena una dulce y ambigua melodía que nos recuerda a las partituras de Morricone para algunos giallos como “La tarántula del vientre negro” (Paolo Cavara, 1971). Esta secuencia se repite cuando Harrison llega a su casa y su esposa no está. La mujer entra a la piscina, la cruza nadando, sale del agua, se tumba y Harrison llega para hacerle el amor. Recuerdos de un esposo obsesionado. Este juego de repeticiones toma sentido cuando al final descubrimos que Bruce Baron, el malo de la película, ha secuestrado a la mujer que también amaba y que Richard Harrison le arrebató en el pasado.

El final de la peli lleva a Harrison a una situación límite que fusila “Acorralado” (Ted Kotcheff, 1982). Diferentes grupos de malos y la policía persiguen a Harrison en una selva que poco tiene de norteamericana y mucho de filipina. Un final que nos regala varios tiroteos nocturnos e incluso una secuencia en la que Harrison extrae, fuera de campo, una bala incrustada en su brazo con el calor de su cuchillo ardiendo. Richard Harrison en modo Rambo.

El hombre que dijo NO a Leone

Harrison ha sido siempre un actor que se ha movido entre la serie B europea de los sesenta y setenta y la serie Z más casposa de subproductos, sólo aptos para mercenarios. Como muchos actores norteamericanos aterrizó en Italia en los sesenta para trabajar en el floreciente cine europeo que gracias a la política de coproducciones entre diferentes países (Italia, España, Alemania, Francia) generaba infinidad de filmes de género que abarcaba desde el péplum, el spaghetti western, el bélico o las eurospy movies o imitaciones del universo James Bond. Tras realizar varias cintas de gladiadores y algún western en Italia, Sergio Leone puso sus ojos en él para protagonizar “Por un puñado de dólares” (1964). Leone que tan sólo había dirigido “El coloso de Rodas” (1961), era un director totalmente desconocido. Richard Harrison preguntó a su agente si el guion era bueno y éste le dijo que no mucho. Leone insistió y persiguió a Harrison para convencerle de que aceptara. Cuando el joven actor tuvo que decidir si protagonizar la que hoy en día es una de las películas clave del western o la otra película que tenía sobre la mesa lo tuvo claro: en la otra pagaban más. Instantes después, el agente de casting le pidió consejo a Harrison acerca de los tres nombres que barajaban tras su rechazo y este no dudó: elegid a Clint Eastwood.

LAS PESADILLAS DE TOBE HOOPER; LO QUE PUEDE VER Y CÓMO.

Este último domingo del mes de agosto de 2017 ha fallecido el cineasta tejano Tobe Hooper. Es en Texas donde suceden algunas de sus primeras películas y es allí donde su leyenda como uno de los mejores creadores de pesadillas se ha forjado. Maestro del arte de contar historias de terror, creador de formas que despiertan en tu alma los temores más genuinos, ha instigado a muchos niños a asomarse a la ventana que muestra los miedos más profundos. Pesadillas en formas de bizarras familias caníbales, gigantes con sierras eléctricas y máscaras de piel humana, circos grotescos que tienen algo más que diversión,  vampiros que piden entrar a través de tu ventana y extraterrestres en formas de curvas de mujer. Un legado extenso, siempre con el deseo de renovar la forma más primitiva de la raíz de nuestras pesadillas.

Desde pequeño siempre tuve miedo. Miedo a lo desconocido, al monstruo que se escondía en el armario, a la sombra de araña gigante que bajaba a través de la ventana del patio de luces, al hilo de la madeja que salía por debajo del sofá, al eco del sonido de pasos y voces lejanas que escuchaba del fondo de la bañera llena de agua y jabón. Y también de las imágenes de películas de terror de la televisión. Primero fue la transformación de Michael Jackson en vampiro en el videoclip “Thriller”, después las cucarachas saliendo del cuerpo de un hombre en “Creepshow” y al final el anuncio de la emisión de “Salem´s Lot” en TVE 1. David Soul, valiente y aterrorizado, se defendía de un espantoso vampiro que pedía a su hermano entrar a través de la ventana. Aquellas imágenes que iban a satisfacer mi deseo de enfrentarme a mis miedos más profundos, estaban a punto de comenzar, rombos en la parte superior de televisión y un mensaje claro y contundente: a la cama, esto es para mayores. Aquella prohibición paterna, una más en la lista de jardines a los que no entrar, no sólo fue una decepción, sino que alimentó más mi fantasía. Aquella noche, un gran rombo con colmillos ensangrentados hizo sombra toda la noche en la ventana de mi habitación pidiéndome entrar. Algo grande había sucedido aquella noche en el televisor de mi casa y mis compañeros de clase así me lo hicieron saber a la mañana siguiente mientras dábamos muerte, nunca mejor dicho, a nuestros bocadillos de paté. Seguramente mis padres hicieron lo correcto aquel septiembre del 85.

Pero Tobe Hooper todavía tenía una sorpresa que darme, un regalo que ofrecer en forma de llamada en la televisión. La 2 emitía, por primera vez, una de las películas más ansiadas por mí en febrero del 89, “La matanza de Texas”. 11 años de edad ya le permitían a uno sentarse con libertad pre teenager ante aquellas formas de horror. Mi excitación era tal durante aquel día, que tras convencer a mi padre de que aquello era lo que había que ver en familia no pude reprimir mi entusiasmo: ¡vamos a ver una de las pelis más violentas que hay, un tipo mata a chicos con una sierra eléctrica! Mi padre reaccionó enfurecido, imagino que lógicamente, ante mi deseo de gozar de aquel torbellino de violencia y el mensaje volvió a ser claro una vez más: a la cama chaval, aquí no se permiten esos comportamientos. Pero yo iba a ver “La matanza de Texas” sí o sí. Comencé a maquinar un plan. Muchos factores se pusieron a mi favor para conseguirlo: primero que mi padre decidiera ver la película, mi pasión y entusiasmo despertaron su curiosidad y no cambió de canal. Segundo que mi habitación daba justo al comedor. Entreabrí la puerta de mi habitación no más de cuatro centímetros y me senté en lo alto de la mesa de mi escritorio para, con una mano aguantar el equilibrio y no caer de la mesa y, con la otra mano, mantener esos cuatro centímetros de margen que me permitieran disfrutar de lo prohibido. Las claves eran dos: cerrar la puerta cuando mi padre fuera al baño y rezar para que no se fuera a dormir, algo habitual por otra parte.

Afortunadamente, aquel ejercicio de riesgo y desafío secreto fue un éxito y pude ver una de las mejores películas de terror de todos los tiempos, pero sobre todo pude satisfacer mis más íntimos anhelos y enfrentarme a mis miedos. Al día siguiente miraba a mi padre y pensaba: al final no era como imaginaba que iba a ser, fue mucho mejor. Todo esto no pasó en Texas, en la morada de Tobe Hooper, pero pasó cerca.

Los directores de cine mueren, las películas viven y los miedos siguen creciendo en nuestro interior.

FUI UNA TORTUGA NINJA ADOLESCENTE

Yo fui una tortuga ninja adolescente sin caparazón, pero con tiempo libre los sábados por la mañana. El premio era rescatar a la rata que hablaba. La rata tenía cara de Diego y no le gustaba ser rata. Todos éramos tortugas, rápidas y especialistas en el manejo de algún arma mortífera, de algún arte marcial olvidado. Ese era el primer premio de la misión a cumplir en el parque lleno de hojas y de viejos que nos miraban pensando: suerte que mi nieto está en la mili y no hace estas gilipolladas. Colocamos a la rata en lo alto de un árbol desde donde mirar hacia abajo y se nos viera pequeños; después, siendo aún pequeños corremos hacia el otro lado del parque. El viejo y cómo no, abuelo, es ahora el villano. No hay más remedio, acabará muerto. No por ser viejo ni por ser abuelo, sino por fumar en pipa siendo zurdo, en este parque no se aceptan zurdos. Yo sé que ese premio no me consuela, ¿bajar a la rata? Yo quiero pizza, ese es el premio. Pero las pizzas hay que pagarlas y de momento no tengo dinero, no tengo semanada, la semanada es una semana en forma de ensaimada. Mis padres dicen que me llevaran al Venezia a por una pizza, el Venezia no está en Italia, está aquí cerca del parque, deben mandar las pizzas por correo, en algún servicio ultrarápido, algún correo caliente. Sea como sea, yo aún no he probado la pizza y he de rescatar a la rata por quinta vez consecutiva. Saltamos la verja invisible que da a un callejón de Manhattan y allí nos conjuramos, comemos hojas secas con un poco de mantequilla como desayuno, luego será pizza dice Xavi. Luego será un vacío en el estómago, quizá una tortilla francesa, seguramente un yogur azucarado.

Volamos en fila, saltando los unos encima de los otros, los otros se quedan atrás y las tortugas avanzan con sus armas relucientes. A salvar a la rata abrasada en lo alto de árbol, a la rata que espera mirando gusanos, los gusanos a su altura también quieren ser rescatados y el viejo lo mira todo desde abajo, se cambia la pipa de mano y con la mano izquierda se frota la parte de abajo. Lleva el pantalón tan subido que parece que se le sale un huevo por la pernera derecha. Se baja un poco el pantalón hasta la altura de la axila y estira la misma mano unos diez metros. Llega a Diego, y las orugas llegan a Diego, Diego cierra un segundo los ojos y cuando los abre las orugas son mariposas de muchos colores y se posan en la mano del viejo. Queremos ser fumadas y salir en bocanadas de aire de mil colores, seremos sabor, seremos olor, seremos base para la pizza de los campeones. Diego, asustado, pone cara de oruga e intenta gritar, nunca lo hizo en clase y sabe que, ahora será igual. El viejo mete las mariposas en la cazoleta de la pipa y éstas emiten un extraño sonido en un antiguo dialecto japonés. Seremos viento y luz, dormidas en agua destilada, base para pizza, alimento adolescente, o algo así. Lo quieren decir tan algo que las tortugas ninja nos detenemos. Saltamos el lago sin cisnes y volvemos atrás. Nos da miedo seguir, estamos muy cerca del premio, pero ninguno ha fumado todavía. El viejo ya no tiene la mano izquierda larga porque él ya era largo. Fuma tranquilo y casi relajado, meciéndose en un banco de piedra con una inscripción en lo alto de la cabecera. El viejo separa las piernas y nos muestra el huevo que cuelga de su pernera derecha, es de chocolate y cae. El huevo se rompe y el viejo sonríe como Emmanuelle en su sillón de mimbre. Nadie se acerca a ver qué hay dentro del huevo, el chocolate se ha derretido tanto que inunda el lago sin cisnes y ahora sin agua, pero sí con leche negra; leche marrón que huele algo rojo. El viejo nos observa y nos dice: Pizza de mariposa, base de oruga. Diego sigue intentado gritar y todos miramos a la pizarra, nadie sale, la tiza espera. Hemos puesto a la rata tan alta en el árbol que es imposible subir ni haciendo un castillo de naipes. El viejo saca una bocanada de humo azul que se convierte en base de pizza azul tan amplia como el diámetro del huevo de la pernera derecha.

La sonrisa de Emmanuelle lo rompe todo, pero ayuda al grito de Diego que salta. Abrimos la base de la pizza, las armas en el suelo y el humo acompaña a Diego en su caída, en ese momento puede gritar y recoge la tiza de la pizarra. Tiene tiempo de escribir algo sobre la larga mano izquierda del viejo que guarda el mensaje con recelo. Diego cae, tan solo tiene un rasguño que me sangra a mí en la rodilla. Mi madre se enfadará y tendrá que ponerme otro parche en el pantalón de chándal. Diego cae sobre la base de pizza y salpica al viejo de chocolate. El humo de mariposa de liar envuelve a Diego que sonríe como una rata aliviada que ha sido salvada. El viejo mantiene su puño cerrado, le pedimos que lo abra y nos enseñe el mensaje de tiza. El viejo extiende su mano izquierda y nos rodea con un cordón policial. Nos echa humo de mariposa en la cara y se duerme feliz. ¡Misión cumplida!

ROGER MOORE, EL MEJOR JAMES BOND

Dance Into The Fire, That Fatal Kiss is All What We Need… cada vez que sonaba esa canción de Duran Duran sabía que James Bond iba a llegar al cine. En la tele nos visitaba de vez en cuando en la forma de Sean Connery, pero en los cines, al menos en la primera mitad de los ochenta era bajo la irónica sonrisa de Roger Moore. Y Roger bailaba dentro del fuego, esperando ese beso fatal, que era lo que necesitaba él tanto como yo. Ese beso   fatal llegaba a la pantalla en mil formas porque Roger quizás no hacía muchas cosas bien, pero esa la hacía muy bien. Dar besos fatales dentro o fuera del fuego.

Ayer falleció el mejor Bond de la historia, el primer Bond que muere y el único que ha sobrevivido al personaje. Cuando sonó  “A View to Kill” en el cine todo temblaba como si se fuera a caer abajo, es difícil olvidar un momento así. ¿Por qué es el mejor Bond de la historia? No lo sé, pero es el que yo he visto en los cines y no le dedicaré tiempo a compararlo con el resto de Bonds. Ahora toca hablar de Roger, de su magnetismo, su sonrisa, su refinamiento puramente londinense, su tímida forma de disparar, de sus mil y un dobles, todos diferentes a él; todos diferentes entre sí. Magia del montaje y de nuestro incondicional cariño por el personaje. Es increíble la facilidad con la que se pasa en sus pelis de un doble conduciendo, saltando, corriendo o esquiando, a Roger mirando fuera de campo, levantando la ceja o simplemente poniéndose bien el esmoquin. A la hora de besar y meterse en la cama con alguna de sus compañeras no había doble que valiese. Para eso estaba Roger.

Mi primer Bond en cine fue “Panorama para matar” (1985) y esa película contiene ya varios momentos inolvidables que mi mente nunca podrá borrar. El primero son esas mariposas volando en el restaurante de la Torre Eiffel y atacando mortalmente al acompañante de Bond, la posterior y disparatada persecución llena de dobles de Moore por París, y por último la secuencia de cama con Grace Jones. Porque Grace Jones me daba miedo de pequeño, no acababa de entender de que iba el asunto con ese maravilloso ser. Así que, cuando Grace entró en su habitación con Roger esperándola en la cama y ella se metió en la cama con él pensé: “Esto sí que es fuerte y no las persecuciones de antes”. Y está claro que algo así solamente lo podía hacer Roger Moore, porqué a él le gustaba bailar en el fuego.

“CRASH”: PASAD, PASAD, DEPRAVADOS!

Por Esther Lopera

crash_2“Sí, la he visto muchas veces, pero nunca en pantallagrande”. Era la frase que repetía una y otra vez a los que me preguntaban, cuando les comentaba mi intención de escaparme de mi mundana vida el jueves por la noche, para ver “Crash” (1996) del inconmensurable David Cronenberg –Dios, para su séquito- en el Phenomena, la sala de referencia donde desde hace un par de años cinéfilos y freaks and geeks pernoctan sin ningún tipo de complejo. Nadie me lo discutió, si bien seguramente pensaban que valdría más la pena ver alguna de las nominadas a los Oscar o esperar alguna “joya” de esas que solo puede recuperar el Phenomena. Como no encontré ninguna víctima que me acompañara, me dirigí hacia allí, sola. Y lo cierto es que el hecho de ir sola me daba cierta satisfacción, pues “Crash” la vi en su momento de madrugada, cuando mis padres ya se habían ido a dormir y cuando el despertar sexual se olía en cada uno de mis poros, ávidos de esas primeras experiencias que aún estaban por llegar, o que habían llegado de forma frágil. Un despertar adolescente naíf que el cine se había encargado de potenciar gracias a films románticos visionados repetidas veces como “La Princesa Prometida” (Rob Reiner, 1987).  Recordaba ese momento, en cómo “Crash” me había impactado en 1996 y en cómo había tergiversado de un plumazo mi forma de ver la sensualidad, el deseo y el placer a lo desconocido.

Ese pensamiento me llevó hasta la puerta del cine, ensimismada hasta tal punto de que no me percaté que había llegado 35 minutos antes de la proyección, lo que me dio tiempo a contar, una y otra vez, las 15 personas que estábamos esperando a ver la obra del maestro del horror corporal. Mientras hacíamos cola, el señor que rompe tu entradita con cariñocine-phenomena-644x362 nos dirigía hacia la entrada, con una bonita frase de bienvenida: “ya podéis pasar, depravados”. La noche prometía.

Escogí un asiento central, tenía donde escoger y podía estar a mis anchas. Magnífico. Mientras empezaba a ponerme cómoda y me invadía cierto nerviosismo quinceañero, un señor cano de avanzada edad, de aspecto delgado y algo sombrío se sentaba sin pudor a mi lado, a pesar de tener 30 butacas libres en la misma fila. Arrugué la nariz en un gesto nervioso y no controlado, y al segundo moví la cabeza hacia un lado bruscamente, como una animación manga, repitiéndome para mis adentros que ese detalle no se iba a interponer entre la fantasía de Cronenberg y la mía. Y así fue. Se abrieron las cortinillas rojas, y los créditos iniciales empezaron a atacar mis ojos, con esa técnica de postproducción tan noventera que provoca el movimiento frenético de cada título. Títulos que muestran abolladuras y roces en el metal frío y que afirman inequívocamente que la película que estás a punto de ver no va a ser como las de su generación. Será l’enfant terrible de la clase, la que marcará la diferencia, la outsider, la censurada y la que jamás alcanzará la aceptación de las masas, pero también la que marcará un hito, convirtiéndose en la película de culto más interesante de los últimos años. Y ya van 21.

Tras los créditos iniciales, esa banda sonora que te atrapa y te hipnotiza, creada por Howard Shore, habitual de los films del director, junto al primer travelling que muestra una provocadora escena de sexo de la brillante Deborah Kara Unger interpretando a Catherine. Sí, yo también estoy fascinada mirando su cuerpo. Poco después aparecía James Spader como James Ballard y avanza el film con el accidente que cambiará sus vidas, tanto como pareja (ya de por sí, bastante torcida) como individuos. Empieza la pesadilla: hospitales, cicatrices, mutaciones y más accidentes. Sexo en coches destrozados, crash_1autopistas llenas de tráfico y carreras peligrosas, además de una serie de personajes alejados de la sociedad, desviados sexuales con deseos irrefrenables. Deseos extraños que Cronenberg perpetra en tu mente y en tu cuerpo, sin ningún tipo de compasión.

Mientras maldecía sonriendo a Cronenberg, recordaba que James Graham Ballard es el autor de la novela homónima en que se basa el film. El tándem Cronenberg-Ballard funciona de manera explosiva, como el complejo binomio del placer y el dolor. Ya lo decía el propio Ballard: “Crash es una historia de género apocalíptico, donde el sadomasoquismo y la obsesión por el sexo y la tecnología automovilística se mezclan de una forma obsesiva e insana”. Pecata minuta para nuestro Cronenberg, quien además dota de realismo la historia, poniendo sobre la mesa muchas de las filias que la humanidad esconde: la fascinación por las heridas y cicatrices, el morbo de ver en primera línea un accidente, la búsqueda del placer extremo, la atracción por lo deforme, el dolor y la muerte como fuente de excitación y las máquinas como método de la perfección humana.

La película avanzaba y mi inesperado amigo abandonaba la sala, quizás decepcionado por no haber cumplido sus expectativas, quizás porque había visto una llamada perdida de su mujer. Lo cierto es que ya poco me importaba. Estaba sumida en el universo de “Crash”, que estaba impactándome como la primera vez, si no más. Las imágenes continuaban ametrallándome el cerebro y mi cuerpo volvía a sentirse como aquél día: extraño y revuelto. James Spader seguía manteniendo esa virilidad frágil que me había enamorado en los 90; Holly Hunter seguía inquietándome con ese peinado que –sorpresa- a mis 40 llevaba yo; y Rosanna Arquette se me antojaba, nuevamente, deliciosamente sensual, con sus piernas de hierro cicatrizadas. Jamás me gustó Vaughan, el personaje morboso que excita a todos, y volvía a repugnarme su palidez oscura. El rechazo que me producía demostraba la fértil actuación de Elias Koteas.

Tras las secuencias placenteramente incómodas que suman el desenlace del film, llegó a su escena final, con esa cámara que va abriendo el plano del último accidente de la pareja protagonista, representado como un cuadro de Francis Bacon: postura retorcida para dos personas en colisión, sedientas de violencia y sexo. Mientras aparecen los créditos finales, me reincorporo en el asiento, aún con la boca entreabierta y el cuerpo compungido. No quiero mirar a nadie, mucho menos hablar. Me levanto y me voy antes de que enciendan las luces. Este es mi momento y de nadie más. Mientras vuelvo a casa, repasando cada una de las imágenes y diálogos solo me viene una frase a la cabeza: “es un milagro que no haya crecido como una depravada”. Seguida de una duda existencial.

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FAMILIA DE POLICIAS, BRONSON SONRIENDO EN FAMILIA.

Familia de policías (1995) de Ted Kotcheff es la primera parte de la trilogía de tv movies sobre el veterano sargento de la policía de Milwaukee, Paul Fein y su peculiar familia. Un veteranísimo Charles Bronson interpreta a Fein en la que será una de las últimas interpretaciones en su carrera como actor. Bronson es padre, abuelo y el policía más respetado y carismático del cuerpo de policía de Milwaukee. Un tipo duro, pero la edad le ha reblandecido el corazón y tiene una prioridad en su vida además de cumplir la ley: su familia. Es padre de dos policías, uno de ellos interpretado por Daniel Baldwin, y también de una abogada. Pero tiene otra hija más pequeña que, como oveja negra de la familia, se ha descarriado y se pasa el día de juerga en la soleada California. La cinta comienza con Bronson dejando claro a la mafia quien manda en la ciudad, para a continuación, tumbado en el sofá llamar a una de sus hijas pidiendo que le monte una fiesta de cumpleaños. Algo raro en él, siempre esquivo a este tipo de celebraciones, quiere volver a ver a su familiav1 unida, pero sobre todo quiere volver a ver a su hija pequeña, la niña de sus ojos. La chica accede, a regañadientes, y cuando llega y ve a Bronson, su abrazo delata que hay algo especial en ellos. Peleas y desencuentros aparte, son tal para cual. La chica, que no puede evitar más que meterse en problemas, esa misma noche se levanta de la cama y se va de fiesta a un local de lo más exclusivo. Borracha, la recoge un millonario que la lleva a su casa. Al día siguiente, Bronson recibe una llamada de parte de su hijo, ha habido un homicidio. Llegan a la mansión del millonario que recogió a la chica; el tipo está muerto y la hija de Bronson, que no recuerda prácticamente nada, ha tocado el arma por error y es la principal sospechosa.

Si cuento toda la premisa llegando hasta el primer acto, es porque me parece un principio fantástico. Acostumbrados a ver a Bronson sufrir por ver a sus parientes asesinados, siempre en busca de venganza, más en la tierra de los muertos que de los vivos; verlo en esta situación de lucha en busca de la paz interior me parece curiosa. Envejecido y con más de setenta años, vemos a un Bronson más reflexivo que nunca, rodeado de hijos y nietos que intenta lidiar con el calvario de ser policía en una ciudad peligrosa y la de tener a sus hijos implicados en la misma lucha. Baldwin recibe varios balazos y pelea por esquivar a la muerte en coma y su hija es la principal sospechosa de un crimen. Aquí es cuando, en situaciones límites, Bronson saca su fuerza y orgullo a relucir, llora, maldice y se enfada con su hijo pequeño por querer ser policía al igual que él.

Dirigida con elegancia por Ted Kotcheff, responsable de clásicos como Wake in Fright (1971) o El acorralado (1983), la película tiene un ritmo increíble y una más que correcta puesta en escena. Kotcheff sabe dónde colocar la cámara, filmar secuencias de acción y, sobre todo, conseguir un brillante trabajo de los actores durante toda la película. Familia de policías, nada mejor para comenzar a despedir al gran Bronson que verlo sonreír en familia.