LAS PESADILLAS DE TOBE HOOPER; LO QUE PUEDE VER Y CÓMO.

Este último domingo del mes de agosto de 2017 ha fallecido el cineasta tejano Tobe Hooper. Es en Texas donde suceden algunas de sus primeras películas y es allí donde su leyenda como uno de los mejores creadores de pesadillas se ha forjado. Maestro del arte de contar historias de terror, creador de formas que despiertan en tu alma los temores más genuinos, ha instigado a muchos niños a asomarse a la ventana que muestra los miedos más profundos. Pesadillas en formas de bizarras familias caníbales, gigantes con sierras eléctricas y máscaras de piel humana, circos grotescos que tienen algo más que diversión,  vampiros que piden entrar a través de tu ventana y extraterrestres en formas de curvas de mujer. Un legado extenso, siempre con el deseo de renovar la forma más primitiva de la raíz de nuestras pesadillas.

Desde pequeño siempre tuve miedo. Miedo a lo desconocido, al monstruo que se escondía en el armario, a la sombra de araña gigante que bajaba a través de la ventana del patio de luces, al hilo de la madeja que salía por debajo del sofá, al eco del sonido de pasos y voces lejanas que escuchaba del fondo de la bañera llena de agua y jabón. Y también de las imágenes de películas de terror de la televisión. Primero fue la transformación de Michael Jackson en vampiro en el videoclip “Thriller”, después las cucarachas saliendo del cuerpo de un hombre en “Creepshow” y al final el anuncio de la emisión de “Salem´s Lot” en TVE 1. David Soul, valiente y aterrorizado, se defendía de un espantoso vampiro que pedía a su hermano entrar a través de la ventana. Aquellas imágenes que iban a satisfacer mi deseo de enfrentarme a mis miedos más profundos, estaban a punto de comenzar, rombos en la parte superior de televisión y un mensaje claro y contundente: a la cama, esto es para mayores. Aquella prohibición paterna, una más en la lista de jardines a los que no entrar, no sólo fue una decepción, sino que alimentó más mi fantasía. Aquella noche, un gran rombo con colmillos ensangrentados hizo sombra toda la noche en la ventana de mi habitación pidiéndome entrar. Algo grande había sucedido aquella noche en el televisor de mi casa y mis compañeros de clase así me lo hicieron saber a la mañana siguiente mientras dábamos muerte, nunca mejor dicho, a nuestros bocadillos de paté. Seguramente mis padres hicieron lo correcto aquel septiembre del 85.

Pero Tobe Hooper todavía tenía una sorpresa que darme, un regalo que ofrecer en forma de llamada en la televisión. La 2 emitía, por primera vez, una de las películas más ansiadas por mí en febrero del 89, “La matanza de Texas”. 11 años de edad ya le permitían a uno sentarse con libertad pre teenager ante aquellas formas de horror. Mi excitación era tal durante aquel día, que tras convencer a mi padre de que aquello era lo que había que ver en familia no pude reprimir mi entusiasmo: ¡vamos a ver una de las pelis más violentas que hay, un tipo mata a chicos con una sierra eléctrica! Mi padre reaccionó enfurecido, imagino que lógicamente, ante mi deseo de gozar de aquel torbellino de violencia y el mensaje volvió a ser claro una vez más: a la cama chaval, aquí no se permiten esos comportamientos. Pero yo iba a ver “La matanza de Texas” sí o sí. Comencé a maquinar un plan. Muchos factores se pusieron a mi favor para conseguirlo: primero que mi padre decidiera ver la película, mi pasión y entusiasmo despertaron su curiosidad y no cambió de canal. Segundo que mi habitación daba justo al comedor. Entreabrí la puerta de mi habitación no más de cuatro centímetros y me senté en lo alto de la mesa de mi escritorio para, con una mano aguantar el equilibrio y no caer de la mesa y, con la otra mano, mantener esos cuatro centímetros de margen que me permitieran disfrutar de lo prohibido. Las claves eran dos: cerrar la puerta cuando mi padre fuera al baño y rezar para que no se fuera a dormir, algo habitual por otra parte.

Afortunadamente, aquel ejercicio de riesgo y desafío secreto fue un éxito y pude ver una de las mejores películas de terror de todos los tiempos, pero sobre todo pude satisfacer mis más íntimos anhelos y enfrentarme a mis miedos. Al día siguiente miraba a mi padre y pensaba: al final no era como imaginaba que iba a ser, fue mucho mejor. Todo esto no pasó en Texas, en la morada de Tobe Hooper, pero pasó cerca.

Los directores de cine mueren, las películas viven y los miedos siguen creciendo en nuestro interior.

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FUI UNA TORTUGA NINJA ADOLESCENTE

Yo fui una tortuga ninja adolescente sin caparazón, pero con tiempo libre los sábados por la mañana. El premio era rescatar a la rata que hablaba. La rata tenía cara de Diego y no le gustaba ser rata. Todos éramos tortugas, rápidas y especialistas en el manejo de algún arma mortífera, de algún arte marcial olvidado. Ese era el primer premio de la misión a cumplir en el parque lleno de hojas y de viejos que nos miraban pensando: suerte que mi nieto está en la mili y no hace estas gilipolladas. Colocamos a la rata en lo alto de un árbol desde donde mirar hacia abajo y se nos viera pequeños; después, siendo aún pequeños corremos hacia el otro lado del parque. El viejo y cómo no, abuelo, es ahora el villano. No hay más remedio, acabará muerto. No por ser viejo ni por ser abuelo, sino por fumar en pipa siendo zurdo, en este parque no se aceptan zurdos. Yo sé que ese premio no me consuela, ¿bajar a la rata? Yo quiero pizza, ese es el premio. Pero las pizzas hay que pagarlas y de momento no tengo dinero, no tengo semanada, la semanada es una semana en forma de ensaimada. Mis padres dicen que me llevaran al Venezia a por una pizza, el Venezia no está en Italia, está aquí cerca del parque, deben mandar las pizzas por correo, en algún servicio ultrarápido, algún correo caliente. Sea como sea, yo aún no he probado la pizza y he de rescatar a la rata por quinta vez consecutiva. Saltamos la verja invisible que da a un callejón de Manhattan y allí nos conjuramos, comemos hojas secas con un poco de mantequilla como desayuno, luego será pizza dice Xavi. Luego será un vacío en el estómago, quizá una tortilla francesa, seguramente un yogur azucarado. Volamos en fila, saltando los unos encima de los otros, los otros se quedan atrás y las tortugas avanzan con sus armas relucientes. A salvar a la rata abrasada en lo alto de árbol, a la rata que espera mirando gusanos, los gusanos a su altura también quieren ser rescatados y el viejo lo mira todo desde abajo, se cambia la pipa de mano y con la mano izquierda se frota la parte de abajo. Lleva el pantalón tan subido que parece que se le sale un huevo por la pernera derecha. Se baja un poco el pantalón hasta la altura de la axila y estira la misma mano unos diez metros. Llega a Diego, y las orugas llegan a Diego, Diego cierra un segundo los ojos y cuando los abre las orugas son mariposas de muchos colores y se posan en la mano del viejo. Queremos ser fumadas y salir en bocanadas de aire de mil colores, seremos sabor, seremos olor, seremos base para la pizza de los campeones. Diego, asustado, pone cara de oruga e intenta gritar, nunca lo hizo en clase y sabe que, ahora será igual. El viejo mete las mariposas en la cazoleta de la pipa y éstas emiten un extraño sonido en un antiguo dialecto japonés. Seremos viento y luz, dormidas en agua destilada, base para pizza, alimento adolescente, o algo así. Lo quieren decir tan algo que las tortugas ninja nos detenemos. Saltamos el lago sin cisnes y volvemos atrás. Nos da miedo seguir, estamos muy cerca del premio, pero ninguno ha fumado todavía. El viejo ya no tiene la mano izquierda larga porque él ya era largo. Fuma tranquilo y casi relajado, meciéndose en un banco de piedra con una inscripción en lo alto de la cabecera. El viejo separa las piernas y nos muestra el huevo que cuelga de su pernera derecha, es de chocolate y cae. El huevo se rompe y el viejo sonríe como Emmanuelle en su sillón de mimbre. Nadie se acerca a ver qué hay dentro del huevo, el chocolate se ha derretido tanto que inunda el lago sin cisnes y ahora sin agua, pero sí con leche negra; leche marrón que huele algo rojo. El viejo nos observa y nos dice: Pizza de mariposa, base de oruga. Diego sigue intentado gritar y todos miramos a la pizarra, nadie sale, la tiza espera. Hemos puesto a la rata tan alta en el árbol que es imposible subir ni haciendo un castillo de naipes. El viejo saca una bocanada de humo azul que se convierte en base de pizza azul tan amplia como el diámetro del huevo de la pernera derecha. La sonrisa de Emmanuelle lo rompe todo, pero ayuda al grito de Diego que salta. Abrimos la base de la pizza, las armas en el suelo y el humo acompaña a Diego en su caída, en ese momento puede gritar y recoge la tiza de la pizarra. Tiene tiempo de escribir algo sobre la larga mano izquierda del viejo que guarda el mensaje con recelo. Diego cae, tan solo tiene un rasguño que me sangra a mí en la rodilla. Mi madre se enfadará y tendrá que ponerme otro parche en el pantalón de chándal. Diego cae sobre la base de pizza y salpica al viejo de chocolate. El humo de mariposa de liar envuelve a Diego que sonríe como una rata aliviada que ha sido salvada. El viejo mantiene su puño cerrado, le pedimos que lo abra y nos enseñe el mensaje de tiza. El viejo extiende su mano izquierda y nos rodea con un cordón policial. Nos echa humo de mariposa en la cara y se duerme feliz. ¡Misión cumplida!

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ROGER MOORE, EL MEJOR JAMES BOND

Dance Into The Fire, That Fatal Kiss is All What We Need… cada vez que sonaba esa canción de Duran Duran sabía que James Bond iba a llegar al cine. En la tele nos visitaba de vez en cuando en la forma de Sean Connery, pero en los cines, al menos en la primera mitad de los ochenta era bajo la irónica sonrisa de Roger Moore. Y Roger bailaba dentro del fuego, esperando ese beso fatal, que era lo que necesitaba él tanto como yo. Ese beso   fatal llegaba a la pantalla en mil formas porque Roger quizás no hacía muchas cosas bien, pero esa la hacía muy bien. Dar besos fatales dentro o fuera del fuego.

Ayer falleció el mejor Bond de la historia, el primer Bond que muere y el único que ha sobrevivido al personaje. Cuando sonó “A View to Kill” en el cine todo temblaba como si se fuera a caer abajo, es difícil olvidar un momento así. ¿Por qué es el mejor Bond de la historia? No lo sé, pero es el que yo he visto en los cines y no le dedicaré tiempo a compararlo con el resto de Bonds. Ahora toca hablar de Roger, de su magnetismo, su sonrisa, su refinamiento puramente londinense, su tímida forma de disparar, de sus mil y un dobles, todos diferentes a él; todos diferentes entre sí. Magia del montaje y de nuestro incondicional cariño por el personaje. Es increíble la facilidad con la que se pasa en sus pelis de un doble conduciendo, saltando, corriendo o esquiando, a Roger mirando fuera de campo, levantando la ceja o simplemente poniéndose bien el esmoquin. A la hora de besar y meterse en la cama con alguna de sus compañeras no había doble que valiese. Para eso estaba Roger.

Mi primer Bond en cine fue “Panorama para matar” (1985) y esa película contiene ya varios momentos inolvidables que mi mente nunca podrá borrar. El primero son esas mariposas volando en el restaurante de la Torre Eiffel y atacando mortalmente al acompañante de Bond, la posterior y disparatada persecución llena de dobles de Moore por París, y por último la secuencia de cama con Grace Jones. Porque Grace Jones me daba miedo de pequeño, no acababa de entender de que iba el asunto con ese maravilloso ser. Así que, cuando Grace entró en su habitación con Roger esperándola en la cama y ella se metió en la cama con él pensé: “Esto sí que es fuerte y no las persecuciones de antes”. Y está claro que algo así solamente lo podía hacer Roger Moore, porqué a él le gustaba bailar en el fuego.

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“CRASH”: PASAD, PASAD, DEPRAVADOS!

Por Esther Lopera

crash_2“Sí, la he visto muchas veces, pero nunca en pantallagrande”. Era la frase que repetía una y otra vez a los que me preguntaban, cuando les comentaba mi intención de escaparme de mi mundana vida el jueves por la noche, para ver “Crash” (1996) del inconmensurable David Cronenberg –Dios, para su séquito- en el Phenomena, la sala de referencia donde desde hace un par de años cinéfilos y freaks and geeks pernoctan sin ningún tipo de complejo. Nadie me lo discutió, si bien seguramente pensaban que valdría más la pena ver alguna de las nominadas a los Oscar o esperar alguna “joya” de esas que solo puede recuperar el Phenomena. Como no encontré ninguna víctima que me acompañara, me dirigí hacia allí, sola. Y lo cierto es que el hecho de ir sola me daba cierta satisfacción, pues “Crash” la vi en su momento de madrugada, cuando mis padres ya se habían ido a dormir y cuando el despertar sexual se olía en cada uno de mis poros, ávidos de esas primeras experiencias que aún estaban por llegar, o que habían llegado de forma frágil. Un despertar adolescente naíf que el cine se había encargado de potenciar gracias a films románticos visionados repetidas veces como “La Princesa Prometida” (Rob Reiner, 1987).  Recordaba ese momento, en cómo “Crash” me había impactado en 1996 y en cómo había tergiversado de un plumazo mi forma de ver la sensualidad, el deseo y el placer a lo desconocido.

Ese pensamiento me llevó hasta la puerta del cine, ensimismada hasta tal punto de que no me percaté que había llegado 35 minutos antes de la proyección, lo que me dio tiempo a contar, una y otra vez, las 15 personas que estábamos esperando a ver la obra del maestro del horror corporal. Mientras hacíamos cola, el señor que rompe tu entradita con cariñocine-phenomena-644x362 nos dirigía hacia la entrada, con una bonita frase de bienvenida: “ya podéis pasar, depravados”. La noche prometía.

Escogí un asiento central, tenía donde escoger y podía estar a mis anchas. Magnífico. Mientras empezaba a ponerme cómoda y me invadía cierto nerviosismo quinceañero, un señor cano de avanzada edad, de aspecto delgado y algo sombrío se sentaba sin pudor a mi lado, a pesar de tener 30 butacas libres en la misma fila. Arrugué la nariz en un gesto nervioso y no controlado, y al segundo moví la cabeza hacia un lado bruscamente, como una animación manga, repitiéndome para mis adentros que ese detalle no se iba a interponer entre la fantasía de Cronenberg y la mía. Y así fue. Se abrieron las cortinillas rojas, y los créditos iniciales empezaron a atacar mis ojos, con esa técnica de postproducción tan noventera que provoca el movimiento frenético de cada título. Títulos que muestran abolladuras y roces en el metal frío y que afirman inequívocamente que la película que estás a punto de ver no va a ser como las de su generación. Será l’enfant terrible de la clase, la que marcará la diferencia, la outsider, la censurada y la que jamás alcanzará la aceptación de las masas, pero también la que marcará un hito, convirtiéndose en la película de culto más interesante de los últimos años. Y ya van 21.

Tras los créditos iniciales, esa banda sonora que te atrapa y te hipnotiza, creada por Howard Shore, habitual de los films del director, junto al primer travelling que muestra una provocadora escena de sexo de la brillante Deborah Kara Unger interpretando a Catherine. Sí, yo también estoy fascinada mirando su cuerpo. Poco después aparecía James Spader como James Ballard y avanza el film con el accidente que cambiará sus vidas, tanto como pareja (ya de por sí, bastante torcida) como individuos. Empieza la pesadilla: hospitales, cicatrices, mutaciones y más accidentes. Sexo en coches destrozados, crash_1autopistas llenas de tráfico y carreras peligrosas, además de una serie de personajes alejados de la sociedad, desviados sexuales con deseos irrefrenables. Deseos extraños que Cronenberg perpetra en tu mente y en tu cuerpo, sin ningún tipo de compasión.

Mientras maldecía sonriendo a Cronenberg, recordaba que James Graham Ballard es el autor de la novela homónima en que se basa el film. El tándem Cronenberg-Ballard funciona de manera explosiva, como el complejo binomio del placer y el dolor. Ya lo decía el propio Ballard: “Crash es una historia de género apocalíptico, donde el sadomasoquismo y la obsesión por el sexo y la tecnología automovilística se mezclan de una forma obsesiva e insana”. Pecata minuta para nuestro Cronenberg, quien además dota de realismo la historia, poniendo sobre la mesa muchas de las filias que la humanidad esconde: la fascinación por las heridas y cicatrices, el morbo de ver en primera línea un accidente, la búsqueda del placer extremo, la atracción por lo deforme, el dolor y la muerte como fuente de excitación y las máquinas como método de la perfección humana.

La película avanzaba y mi inesperado amigo abandonaba la sala, quizás decepcionado por no haber cumplido sus expectativas, quizás porque había visto una llamada perdida de su mujer. Lo cierto es que ya poco me importaba. Estaba sumida en el universo de “Crash”, que estaba impactándome como la primera vez, si no más. Las imágenes continuaban ametrallándome el cerebro y mi cuerpo volvía a sentirse como aquél día: extraño y revuelto. James Spader seguía manteniendo esa virilidad frágil que me había enamorado en los 90; Holly Hunter seguía inquietándome con ese peinado que –sorpresa- a mis 40 llevaba yo; y Rosanna Arquette se me antojaba, nuevamente, deliciosamente sensual, con sus piernas de hierro cicatrizadas. Jamás me gustó Vaughan, el personaje morboso que excita a todos, y volvía a repugnarme su palidez oscura. El rechazo que me producía demostraba la fértil actuación de Elias Koteas.

Tras las secuencias placenteramente incómodas que suman el desenlace del film, llegó a su escena final, con esa cámara que va abriendo el plano del último accidente de la pareja protagonista, representado como un cuadro de Francis Bacon: postura retorcida para dos personas en colisión, sedientas de violencia y sexo. Mientras aparecen los créditos finales, me reincorporo en el asiento, aún con la boca entreabierta y el cuerpo compungido. No quiero mirar a nadie, mucho menos hablar. Me levanto y me voy antes de que enciendan las luces. Este es mi momento y de nadie más. Mientras vuelvo a casa, repasando cada una de las imágenes y diálogos solo me viene una frase a la cabeza: “es un milagro que no haya crecido como una depravada”. Seguida de una duda existencial.

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FAMILIA DE POLICIAS, BRONSON SONRIENDO EN FAMILIA.

Familia de policías (1995) de Ted Kotcheff es la primera parte de la trilogía de tv movies sobre el veterano sargento de la policía de Milwaukee, Paul Fein y su peculiar familia. Un veteranísimo Charles Bronson interpreta a Fein en la que será una de las últimas interpretaciones en su carrera como actor. Bronson es padre, abuelo y el policía más respetado y carismático del cuerpo de policía de Milwaukee. Un tipo duro, pero la edad le ha reblandecido el corazón y tiene una prioridad en su vida además de cumplir la ley: su familia. Es padre de dos policías, uno de ellos interpretado por Daniel Baldwin, y también de una abogada. Pero tiene otra hija más pequeña que, como oveja negra de la familia, se ha descarriado y se pasa el día de juerga en la soleada California. La cinta comienza con Bronson dejando claro a la mafia quien manda en la ciudad, para a continuación, tumbado en el sofá llamar a una de sus hijas pidiendo que le monte una fiesta de cumpleaños. Algo raro en él, siempre esquivo a este tipo de celebraciones, quiere volver a ver a su familiav1 unida, pero sobre todo quiere volver a ver a su hija pequeña, la niña de sus ojos. La chica accede, a regañadientes, y cuando llega y ve a Bronson, su abrazo delata que hay algo especial en ellos. Peleas y desencuentros aparte, son tal para cual. La chica, que no puede evitar más que meterse en problemas, esa misma noche se levanta de la cama y se va de fiesta a un local de lo más exclusivo. Borracha, la recoge un millonario que la lleva a su casa. Al día siguiente, Bronson recibe una llamada de parte de su hijo, ha habido un homicidio. Llegan a la mansión del millonario que recogió a la chica; el tipo está muerto y la hija de Bronson, que no recuerda prácticamente nada, ha tocado el arma por error y es la principal sospechosa.

Si cuento toda la premisa llegando hasta el primer acto, es porque me parece un principio fantástico. Acostumbrados a ver a Bronson sufrir por ver a sus parientes asesinados, siempre en busca de venganza, más en la tierra de los muertos que de los vivos; verlo en esta situación de lucha en busca de la paz interior me parece curiosa. Envejecido y con más de setenta años, vemos a un Bronson más reflexivo que nunca, rodeado de hijos y nietos que intenta lidiar con el calvario de ser policía en una ciudad peligrosa y la de tener a sus hijos implicados en la misma lucha. Baldwin recibe varios balazos y pelea por esquivar a la muerte en coma y su hija es la principal sospechosa de un crimen. Aquí es cuando, en situaciones límites, Bronson saca su fuerza y orgullo a relucir, llora, maldice y se enfada con su hijo pequeño por querer ser policía al igual que él.

Dirigida con elegancia por Ted Kotcheff, responsable de clásicos como Wake in Fright (1971) o El acorralado (1983), la película tiene un ritmo increíble y una más que correcta puesta en escena. Kotcheff sabe dónde colocar la cámara, filmar secuencias de acción y, sobre todo, conseguir un brillante trabajo de los actores durante toda la película. Familia de policías, nada mejor para comenzar a despedir al gran Bronson que verlo sonreír en familia.

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ACTO DE VENGANZA, CHARLES BRONSON FUERA DE LA CANNON

La década de los ochenta fue, para Charles Bronson , una época ligada prácticamente en exclusividad a la productora Cannon Films. Son tres los trabajos que el fallecido actor hizo fuera del universo de Menahem Golam y Yoram Globus; la primera es la excepcional odisea nevada de Caza salvaje (1981) junto a Lee Marvin. También protagonizó Justicia salvaje (1984), una película a reivindicar que a pesar de utilizar la palabra “justicia” en su título en castellano se aleja por completo de las películas de la saga Death Wish que filmó 250px-act_of_vengeancecon los productores israelís. La tercera fuera de la Cannon es una excelente TV movie del año 1986, Acto de Venganza (Acto of Vengeance), dirigida por el también fallecido director escocés John Mackenzie.

La trama de Acto de venganza se sitúa en la lucha sindicalista de los mineros de carbón; Bronson interpreta a un administrativo de confianza del presidente del sindicato. Cansado de la corrupción existente en la dirección del sindicato y especialmente en su presidente, interpretado excelentemente por Wilford Brimley, decide presentarse a las elecciones. A partir de aquí se desata la furia de Brimley que manda ejecutar a Bronson. Este punto de partida da pie a varias subtramas que son, por una parte la lucha de los dos aspirantes a vencer en las elecciones, por otra la relación de Bronson, un hombre honesto, con su mujer (Ellen Burstyn), sus hijos y los mineros;  la relación de Brimley y su entorno corroído por la corrupción y por último la trama del hombre encargado de gestionar la ejecución de Bronson.

Esta última trama es quizás de las más interesantes de la cinta ya que muestra las dudas del asesino, la torpeza en la elección de sus compañeros en la misión y el absurdo que rodea a unos tipos mediocres que por unos dólares son capaces de matar a un hombre. Sin duda, tiene el aire de los torpes y entrañables asesinos de algunas de las películas de los Cohen como Fargo (1996) o de los protagonistas de Un plan sencillo (1998) de Sam Raimi. Los “asesinos” visitan la casa de Bronson, uno de ellos dispara por error a su propia esposa hasta que finalmente se les une un nuevo miembro en la banda; un joven Keanu Reeeves, que se muestra como un tipo violento, fanfarrón y sin escrúpulos que suelta frases como: “¿Alguna vez habéis metido la mano, toda la mano, dentro del sexo de una mujer?”.

act_of_vengeance_dvd_cover_copy_1Las dos mejores bazas de Acto de venganza son su casting lleno de grandes actores y la efectiva realización de sobrio y siempre elegante John Mackenzie. Bronson está como siempre, contundente y perfecto. Aparece sin bigote, con esa dureza característica que tiene su rostro y que se acentúa más cuando opta por dejar en casa el mostacho. A pesar de ser ya un sesentón, se mueve con fuerza y dinamismo. En esta actuación utiliza un perfil más psicológico y como es habitual en su carrera, de auténtica contención dramática.  No reparte ni imparte violencia física, pero infunde respeto, ese es Bronson del lado de la ley, y en esta ocasión de la democracia. Su esposa está interpretada por Ellen Burstyn, la inolvidable madre de Reagan en El Exorcista (1974). Como abnegada esposa, es escritora y le redacta los discursos a Bronson. Wilford Brimley es un gran secundario que hemos podido ver en clásicos como Cocoon (1985), La cosa (1982) o La tapadera (1993). Acostumbrados a verle en registros de abuelo entrañable o bonachón, sorprende la dureza y maldad con la que se mueve en el papel de corrupto implacable. También podemos disfrutar en un pequeño papel del trabajo de Hoyt Axton, recordado en Gremlins (1984), y de la siempre extraña belleza de Ellen Barkin, que interpreta a la hija de Axton.

John Mackenzie es el director de brillantes thrillers y películas de espionaje de los setenta y ochenta como El largo viernes santo (1980), Cónsul honorario (1983) con Richard Gere y Michael Caine  o Código azul (1990) con Brian Dennehey y ya analizada en este blog. El trabajo de Mckenzie es sobrio y efectivo, como es habitual en él. Un director que no suele mostrar alardes estilísticos pero que imprime siempre un buen ritmo a sus cintas, sabe sacar lo máximo de los actores con los que trabaja y filma las secuencias de acción con solvencia. Una buena película de Bronson fuera de la Cannon.

 

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AUTOHEAD, STRAIGHT TO YOUR HEAD

Straight to your head. Right there is where it hits you the viewing of Autohead (2016), strange, striking and magnificent work done by Rohit Mittal. Strange because shows a mingle of genres hard to define and catalogue: mockumentary, terror, thriller, drama manners, found footage and television report; to go back again to the documentary about cinema. Brilliant metacinema exercise with such an unexpected as wished ending.

autohead-325490731-largeAutohead narrates the story of Narayan, a driver of a rickshaw in Bombay. The rickshaws are a three-wheel vehicles that circulate through the busy streets of many Asian countries. Pulled, moved by pedaling or directly motorized (as is the case on Autohead), is the usual mean of transport in India, inside cities and towns. Narayan is not only the main character of Autohead but the protagonist of a documentary that a group of young filmmakers are making, which in an ironic way is played by Rohit Mittal himself, his sound guy and camera operator. As the plot advances, we start to enter in Narayan’s psyche, masterly interpreted by Deepak Sampat, and we go along with him during his turbulent nights and most profound fears. The same as Travis Bickle of Taxi Driver (1974), Mittal and Sampat introduce us in the dirty streets of Bombay and the schizophrenic reality of an ordinary driver who also has an aim, to clean off the city of those elements that contaminates it. But the character of Narayan goes much further than Travis Bickle, and is translated into his relationship with the prostitute. Not only he accompanies her to see her clients, he also loves her, he acts as an improvised pimp. His mission is not to save her from her wrong life, but save her from her own hell that runs her blood and soul. If Scorsese had been born in India, he would have filmed Autohead.

The most unexpected turning point of the film and the one that elevates it to a special dimension is the filming of the documentary itself. Little by little, the team of filmmakers takes prominence as Narayan’s own crimes occur. In an exercise of lucidity and cinematographic ethics, the filmmakers suffer a conflict of interests that puts them in the spot of wonder: Should we carry on with the filming? Should we go to the police? The filmmakers finally lean towards the second option in which (from my point of view) is the only scene of pure fiction of the plot, but that has been filmed in such a cruel and realistic way that looks like a documentary.

Following, one of the most surprising and at the same times longed for endings that I have seen in the last years. In a film where is hard to empathize with the main characters because of the bitter, hard and demolishing mise-en-scène and of its characters; the filmmakers become the real scum of society and its authentic corruptors. Rohit tells us that being a filmmaker entails a responsibility, as well as our films have consequences to assume.

Maybe is time to clean off the city of dirty filmmakers.

Traducción de Silvia Trullén

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