LAS PESADILLAS DE TOBE HOOPER; LO QUE PUEDE VER Y CÓMO.

Este último domingo del mes de agosto de 2017 ha fallecido el cineasta tejano Tobe Hooper. Es en Texas donde suceden algunas de sus primeras películas y es allí donde su leyenda como uno de los mejores creadores de pesadillas se ha forjado. Maestro del arte de contar historias de terror, creador de formas que despiertan en tu alma los temores más genuinos, ha instigado a muchos niños a asomarse a la ventana que muestra los miedos más profundos. Pesadillas en formas de bizarras familias caníbales, gigantes con sierras eléctricas y máscaras de piel humana, circos grotescos que tienen algo más que diversión,  vampiros que piden entrar a través de tu ventana y extraterrestres en formas de curvas de mujer. Un legado extenso, siempre con el deseo de renovar la forma más primitiva de la raíz de nuestras pesadillas.

Desde pequeño siempre tuve miedo. Miedo a lo desconocido, al monstruo que se escondía en el armario, a la sombra de araña gigante que bajaba a través de la ventana del patio de luces, al hilo de la madeja que salía por debajo del sofá, al eco del sonido de pasos y voces lejanas que escuchaba del fondo de la bañera llena de agua y jabón. Y también de las imágenes de películas de terror de la televisión. Primero fue la transformación de Michael Jackson en vampiro en el videoclip “Thriller”, después las cucarachas saliendo del cuerpo de un hombre en “Creepshow” y al final el anuncio de la emisión de “Salem´s Lot” en TVE 1. David Soul, valiente y aterrorizado, se defendía de un espantoso vampiro que pedía a su hermano entrar a través de la ventana. Aquellas imágenes que iban a satisfacer mi deseo de enfrentarme a mis miedos más profundos, estaban a punto de comenzar, rombos en la parte superior de televisión y un mensaje claro y contundente: a la cama, esto es para mayores. Aquella prohibición paterna, una más en la lista de jardines a los que no entrar, no sólo fue una decepción, sino que alimentó más mi fantasía. Aquella noche, un gran rombo con colmillos ensangrentados hizo sombra toda la noche en la ventana de mi habitación pidiéndome entrar. Algo grande había sucedido aquella noche en el televisor de mi casa y mis compañeros de clase así me lo hicieron saber a la mañana siguiente mientras dábamos muerte, nunca mejor dicho, a nuestros bocadillos de paté. Seguramente mis padres hicieron lo correcto aquel septiembre del 85.

Pero Tobe Hooper todavía tenía una sorpresa que darme, un regalo que ofrecer en forma de llamada en la televisión. La 2 emitía, por primera vez, una de las películas más ansiadas por mí en febrero del 89, “La matanza de Texas”. 11 años de edad ya le permitían a uno sentarse con libertad pre teenager ante aquellas formas de horror. Mi excitación era tal durante aquel día, que tras convencer a mi padre de que aquello era lo que había que ver en familia no pude reprimir mi entusiasmo: ¡vamos a ver una de las pelis más violentas que hay, un tipo mata a chicos con una sierra eléctrica! Mi padre reaccionó enfurecido, imagino que lógicamente, ante mi deseo de gozar de aquel torbellino de violencia y el mensaje volvió a ser claro una vez más: a la cama chaval, aquí no se permiten esos comportamientos. Pero yo iba a ver “La matanza de Texas” sí o sí. Comencé a maquinar un plan. Muchos factores se pusieron a mi favor para conseguirlo: primero que mi padre decidiera ver la película, mi pasión y entusiasmo despertaron su curiosidad y no cambió de canal. Segundo que mi habitación daba justo al comedor. Entreabrí la puerta de mi habitación no más de cuatro centímetros y me senté en lo alto de la mesa de mi escritorio para, con una mano aguantar el equilibrio y no caer de la mesa y, con la otra mano, mantener esos cuatro centímetros de margen que me permitieran disfrutar de lo prohibido. Las claves eran dos: cerrar la puerta cuando mi padre fuera al baño y rezar para que no se fuera a dormir, algo habitual por otra parte.

Afortunadamente, aquel ejercicio de riesgo y desafío secreto fue un éxito y pude ver una de las mejores películas de terror de todos los tiempos, pero sobre todo pude satisfacer mis más íntimos anhelos y enfrentarme a mis miedos. Al día siguiente miraba a mi padre y pensaba: al final no era como imaginaba que iba a ser, fue mucho mejor. Todo esto no pasó en Texas, en la morada de Tobe Hooper, pero pasó cerca.

Los directores de cine mueren, las películas viven y los miedos siguen creciendo en nuestro interior.

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FUI UNA TORTUGA NINJA ADOLESCENTE

Yo fui una tortuga ninja adolescente sin caparazón, pero con tiempo libre los sábados por la mañana. El premio era rescatar a la rata que hablaba. La rata tenía cara de Diego y no le gustaba ser rata. Todos éramos tortugas, rápidas y especialistas en el manejo de algún arma mortífera, de algún arte marcial olvidado. Ese era el primer premio de la misión a cumplir en el parque lleno de hojas y de viejos que nos miraban pensando: suerte que mi nieto está en la mili y no hace estas gilipolladas. Colocamos a la rata en lo alto de un árbol desde donde mirar hacia abajo y se nos viera pequeños; después, siendo aún pequeños corremos hacia el otro lado del parque. El viejo y cómo no, abuelo, es ahora el villano. No hay más remedio, acabará muerto. No por ser viejo ni por ser abuelo, sino por fumar en pipa siendo zurdo, en este parque no se aceptan zurdos. Yo sé que ese premio no me consuela, ¿bajar a la rata? Yo quiero pizza, ese es el premio. Pero las pizzas hay que pagarlas y de momento no tengo dinero, no tengo semanada, la semanada es una semana en forma de ensaimada. Mis padres dicen que me llevaran al Venezia a por una pizza, el Venezia no está en Italia, está aquí cerca del parque, deben mandar las pizzas por correo, en algún servicio ultrarápido, algún correo caliente. Sea como sea, yo aún no he probado la pizza y he de rescatar a la rata por quinta vez consecutiva. Saltamos la verja invisible que da a un callejón de Manhattan y allí nos conjuramos, comemos hojas secas con un poco de mantequilla como desayuno, luego será pizza dice Xavi. Luego será un vacío en el estómago, quizá una tortilla francesa, seguramente un yogur azucarado.

Volamos en fila, saltando los unos encima de los otros, los otros se quedan atrás y las tortugas avanzan con sus armas relucientes. A salvar a la rata abrasada en lo alto de árbol, a la rata que espera mirando gusanos, los gusanos a su altura también quieren ser rescatados y el viejo lo mira todo desde abajo, se cambia la pipa de mano y con la mano izquierda se frota la parte de abajo. Lleva el pantalón tan subido que parece que se le sale un huevo por la pernera derecha. Se baja un poco el pantalón hasta la altura de la axila y estira la misma mano unos diez metros. Llega a Diego, y las orugas llegan a Diego, Diego cierra un segundo los ojos y cuando los abre las orugas son mariposas de muchos colores y se posan en la mano del viejo. Queremos ser fumadas y salir en bocanadas de aire de mil colores, seremos sabor, seremos olor, seremos base para la pizza de los campeones. Diego, asustado, pone cara de oruga e intenta gritar, nunca lo hizo en clase y sabe que, ahora será igual. El viejo mete las mariposas en la cazoleta de la pipa y éstas emiten un extraño sonido en un antiguo dialecto japonés. Seremos viento y luz, dormidas en agua destilada, base para pizza, alimento adolescente, o algo así. Lo quieren decir tan algo que las tortugas ninja nos detenemos. Saltamos el lago sin cisnes y volvemos atrás. Nos da miedo seguir, estamos muy cerca del premio, pero ninguno ha fumado todavía. El viejo ya no tiene la mano izquierda larga porque él ya era largo. Fuma tranquilo y casi relajado, meciéndose en un banco de piedra con una inscripción en lo alto de la cabecera. El viejo separa las piernas y nos muestra el huevo que cuelga de su pernera derecha, es de chocolate y cae. El huevo se rompe y el viejo sonríe como Emmanuelle en su sillón de mimbre. Nadie se acerca a ver qué hay dentro del huevo, el chocolate se ha derretido tanto que inunda el lago sin cisnes y ahora sin agua, pero sí con leche negra; leche marrón que huele algo rojo. El viejo nos observa y nos dice: Pizza de mariposa, base de oruga. Diego sigue intentado gritar y todos miramos a la pizarra, nadie sale, la tiza espera. Hemos puesto a la rata tan alta en el árbol que es imposible subir ni haciendo un castillo de naipes. El viejo saca una bocanada de humo azul que se convierte en base de pizza azul tan amplia como el diámetro del huevo de la pernera derecha.

La sonrisa de Emmanuelle lo rompe todo, pero ayuda al grito de Diego que salta. Abrimos la base de la pizza, las armas en el suelo y el humo acompaña a Diego en su caída, en ese momento puede gritar y recoge la tiza de la pizarra. Tiene tiempo de escribir algo sobre la larga mano izquierda del viejo que guarda el mensaje con recelo. Diego cae, tan solo tiene un rasguño que me sangra a mí en la rodilla. Mi madre se enfadará y tendrá que ponerme otro parche en el pantalón de chándal. Diego cae sobre la base de pizza y salpica al viejo de chocolate. El humo de mariposa de liar envuelve a Diego que sonríe como una rata aliviada que ha sido salvada. El viejo mantiene su puño cerrado, le pedimos que lo abra y nos enseñe el mensaje de tiza. El viejo extiende su mano izquierda y nos rodea con un cordón policial. Nos echa humo de mariposa en la cara y se duerme feliz. ¡Misión cumplida!