HARDWARE: JUGANDO A CREAR Y DESTRUIR VIDA

En el año 1990 comencé a ir solo al cine. No recuerdo muy bien cuál fue la primera vez que fui sin compañía a ver una película, pero se convirtió en una aventura muy gratificante. Si bien ir al cine con amigos era muy divertido y luego podías conversar sobre la película durante horas o días, hubo un momento en el que convencer a gente para que te acompañara a ir cada semana era cada vez más complicado, y además, ir solo era más emocionante. En una de esas sesiones dobles de sábados por la tarde me topé con Hardware, programado para matar (Hardware, Richard Stanley, 1990). El recuerdo de la experiencia es una combinación de ruido ensordecedor, metales y chips oxidados, oscuridad, rojos intensos, sangre y en general un estado de confusión ante el caos que supone el debut del director surafricano. Queda en mi recuerdo la siguiente escena acompañada por el tema  The order of Death de la banda de post punk Public Image Ltd, un tema que se grabó en mi mente durante años:

En un futuro post-apocalíptico, el mundo es lugar desolado donde la contaminación, el caos y la enfermedad forman parte de un paisaje industrial, estamos en un futuro inmediato pero cinematográficamente todavía en la era predigital. Un desierto rojo precede a la ciudad de Los Ángeles en la que  canales venecianos llenos de basura y porquería sirven de vías de transporte. Fábricas al estilo Lafarge que desprenden vapores contaminantes filtradas en rojo ceniza nos sujetan bien al tan retro punto de vista que supone las utopías sobre el futuro de la humanidad que nos muestran  las cintas de ciencia ficción de finales de los ochenta.

Ordenadores, chips electrónicos, róbotica biomecánica, naves industriales, brazos biónicos, herencias del cyberpunk, la estética de la nave de Aliens ( El regreso) (Aliens, James Cameron, 1986), la nueva carne de David Cronenberg y el reclamo publicitario del Terminator de los noventa. Todo esto confluye en el debut cinematográfico de Richard Stanley. Anterior a Terminator 2: el juicio final (Terminator 2: judgment day, James Cameron, 1992), que supone un antes y un después en cuanto al comienzo de un tipo de cine fantástico en el que lo digital toma relevancia total, Hardware se mueve entre las obligadas limitaciones de una película de bajísimo presupuesto (apenas un millón de dólares), el cine experimental y underground, resonancias de la estética del videoclip de los ochenta y la ciencia-ficción más artesanal y rudimentaria. Todo para convertirla en una película de culto.

Poster HardwareLa trama en Hardware es básica y sencilla, en su mínima esencia es la historia de un robot que acecha a una mujer en su casa durante una noche infernal. Lo importante en Hardware es la forma, la planificación y sus recursos estéticos. Las primeras imágenes de Hardware, en las que se muestran tanto el desierto como varios exteriores de la ciudad contaminada con planos generales, muy precisos y hermosos, pero tan centrados, correctos y básicos que parecen sacados de una película primitiva de cine mudo. La revelación y la fiesta llegan cuando entramos en el apartamento de Jill; si antes éramos perfectamente conscientes del espacio en el que nos encontrábamos, en los interiores llega el caos y la confusión. La mayor parte del metraje sucede en el interior del apartamento de Jill, pero es imposible poder definir como es el apartamento, ¿es grande o pequeño?, cuesta encontrar referencias sobre las habitaciones, las paredes, las puertas. Parece tratarse de un loft, con unos grandes ventanales desde dónde se ve la ciudad, y a través de ellos Jill a su vez es vista o mejor dicho espiada por un desagradable y libinidoso vecino. Lo que supone un problema de producción debido a un problema de presupueso como un único decorado o un robot que no es más que una marioneta se convierte aquí en una marca de estilo conviertiendo el apartamento en un lugar terrorífico. La planificación siempre nos muestra el espacio y los personajes de forma fragmentada, prescindiendo de una lógica espacial y narrativa coherente: la  sucesión de planos en escala (plano general/plano medio/primer plano) no existen, buscando siempre partes del cuerpo de Jill o del robot, convierten el espacio en un lugar de desorientación y confusión, a la que se suma la continua oscuridad, la luz roja en forma de flashes, luces de linternas  y el punto de vista del robot, una copia de la visión de Depredador (Predator, John Mctiernan, 1987), en la que el calor emitido por los cuerpos guía al monstruo.

DesiertoMark 13

Pero si hay una escena que contrasta con todo el metraje de la película es la secuencia de la ducha: además de la fuerza de la melodía, la luz llena la estancia; Jill y Mo se abrazan y besan mientras el agua cae por sus cuerpos desnudos, la circunferencia del grifo de la ducha encadena con el círculo del ojo de Mard 13, el robot. La melodía los acompaña a la cama donde la pareja hace el amor, este acto amoroso despierta la consciencia del robot que se autoregenerará para desatar el horror. Esta secuencia da sentido a uno de los temas más interesantes que planean por la película: la creación.

Con el bateCabeza USA

DeadMark destrozado

Noticias en la radio afirman que un control de natalidad muy estricto va a llevarse a cabo debido a los altos niveles de radiación y contaminación del planeta. Jill la protagonista es una artista que intenta crear a partir de materiales oxidados y sin aparente función. Jill y Mo discuten sobre que sentido tendría tener un hijo en un mundo como en el que están viviendo.  El acto amoroso entre los dos activa y de alguna forma, le da la vida  a Mark 13, el robot cuya irónica función a partir de ese momento será destruir la vida de Jill, una futura madre.

Lo que en aquel lejano pase de 1990 había sido una terrorífica apoteosis de destrucción hoy en día, a pesar de su muy agridulce final se ha covertido en un canto de esperanza para la creación.

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MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS

Nunca hemos dejado de recibir visitas del exterior, del espacio exterior. Se convirtió en algo normal que prácticamente cada fin de semana un ser de un planeta lejano llegara hasta la tierra y pasara un tiempo con Poster ETnosotros; mejor dicho con ellos, ya que casi siempre visitaba alguna zona del midwest norteamericano. Mi primer recuerdo de dimensiones astronómicas, nunca mejor dicho, fue E.T.  Era pequeño, gordo, feo, desproporcionado, pero todo el mundo se enamoró de él. Y en una imagen que se repite en cada película de extraterrestres, cuando E.T intenta explicar de dónde viene, apunta hacia alguna estrella lejana en lo más alto del firmamento. Yo salía al balcón de mi casa en el Prat de Llobregat y miraba al negro cielo buscando alguna de aquellas estrellas. Pero apenas tres o cuatro de ellas brillaban emitiendo algún leve destello. No parecían más que viejas luces gastadas al lado de una gran luna de verano. ¿Será que las estrellas solamente están en California?

E.T. estuvo unos días con nosotros, sufrió mucho, hizo sufrir a Elliot y al mundo entero, finalmente vinieron a buscarle y se marchó con su familia. En una operación que se repite sistemáticamente, los extraterrestres llegan de noche mientras dormimos, pasan unos días con nosotros, hay gente que los persigue, curiosamente los mismos que los han estado esperando toda su vida. En algunas ocasiones los persiguen otros habitantes de su mismo planeta, buscan su nave de origen, y finalmente se marchan de aquí; y como en toda buena historia, cambian la vida de las personas con las que comparten esos días dejando una huella que difícilmente se borrará.

Antes de E.T los extraterrestres nos visitaban casi siempre con muy malas intenciones: El 30 de octubre de 1938 la narración de Orson Welles de La guerra de los mundos (War of the Worlds, H.G. Wells, 1898) en un programa radiofónico convirtió este relato en una auténtica alarma popular creando el pánico entre los ciudadanos norteamericanos. Luego vinieron todas las películas de ciencia ficción de la década de los cincuenta en las que platillos volantes, invasores de Marte, enigmas de otros mundos y monstruos de tiempos lejanos que llegaban del espacio , hasta que el cine de terror moderno nos regaló una película clave de este género, La cosa (The Thing, John Carpenter, 1981). Durante décadas las visitas de nuestros amigos del resto del universo casi siempre nos trajeron terror, muerte y alienaciones no deseadas, incluso en alguna ocasión dejaron la tierra totalmente devastada. La lista de visitantes enfurecidos es tan larga que si quisiéramos meter a todos ellos en un solo planeta es muy posible que no hubiera sitio para todos.

Pero un verano estando de vacaciones en Granada todo tomó sentido. No recibí la visita de ningún extraterrestre pero en una de aquellas noches calurosas de agosto salí del cortijo  levanté la vista, miré al cielo y ví miles, millones de estrellas que iluminaban el campo como si nunca hubiera anochecido. En ese momento comprendí porqué tantas y tanta películas explicaban la misma historia: si había tantas estrellas tenía que haber al menos un visitante interesado en nosotros. ¿Y por qué entonces no nos visitaban a nosotros? ¿Por qué siempre se decantaban por zonas como Texas, Utah o Mineápolis?

Aquel descubrimiento coincidió con la resaca del éxito de E.T y constató algo que ya anteriormente el propio Spielberg había dejado intuir, y es que no siempre van a venir a la tierra a molestarnos. E.T vino en son de paz al igual que unos años antes lo habían hecho los pequeños seres de Encuentros en la Tercera Fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977). A partir de entonces no solo estrellas llovieron del cielo, sino decenas de películas en las que tiernos y bondadosos alienígenas venían a ayudarnos, a buscar refugio, y a hacernos nuestra existencia más llevadera. Cocoon (Ron Howard, 1985), Nuestros maravillosos aliados (Batteries not included, Mathew Robbins, 1987) y Mi amigo Mac (Mac and me, Stewart Raffil, 1988) fueron algunas de las entrañables historias que nos hicieron dudar de las malas intenciones de nuestros vecinos del más allá.

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Pero había un paso más que se podía dar: y es que vinieran para amarnos.

Una tarde de domingo descubrí viendo TV3 una Tv Movie donde la protagonista interpretada por Belinda Bauer tenía que demostrar a James Spader que era una extraterrestre ya que éste no la creía. La escena sucedía en la típica sala de billar repleta de mesas de billar, la sala estaba totalmente vacía y de pronto todas la bolas comenzaron a levantarse y a moverse en diferentes direcciones. Como si se tratara de la representación de una constelación de estrellas y de planetas flotando, la extraterrestre conseguía convencer al joven Spader de que no era de la Tierra. La película se titula Mi querida extraterrestre (Starcrossed, Jeffry Bloom, 1985) y no era más que una variación de Starman. El hombre de las estrellas (John Carpenter, 1984), si en la de obra de Carpenter el alien tomaba la forma de un hombre interpretado magistralmente por Jeff Bridges, en esta el alien tomaba forma de una hermosa mujer bajo la piel de Belinda Bauer.

StarmanStarcrossed

Carpenter, que es un indiscutible maestro del género fantástico y de terror tiene el honor de haber inaugurado sin pretenderlo un subgénero que podríamos denominar como “romance interplanetario”. Starman hoy en día en una película prácticamente olvidada, pero que contiene muchas más cosas que un romance entre una mujer y una alienígena: es una historia sobre el perdón, el dolor tras una pérdida, la soledad, la condición humana y esconde metáforas muy interesantes sobre la figura de Jesucristo, la Vírgen María, la Resurrección, la concepción de Dios,… Y por supuesto hay aventura, peligro y un romance en el que Jeff Bridges y Karen Allen hacen el amor de manera apasionada en un tren de cargas que viaja destino a Las Vegas: ella que está incapacitada para tener hijos quedará embarazada por el extraterrestre que ha tomado la forma de su difunto marido, un folletín “cristiano fantasmagórico”. El relativo éxito de la película de Carpenter originó una serie titulada igualmente Starman, con Robert Hayes como protagonista y la misma trama: un alien toma la forma de un hombre fallecido, tiene un romance y es perseguido por una unidad de investigación; como novedad esta vez el alien buscaba a su hijo ¡que estaba perdido en la tierra!

Entre estas dos versiones de Starman, tuvimos la oportunidad de disfrutar de Mi querida extraterrestre: en esta ocasión nuestra hermosa extraterrestre huye de su planeta donde ella y su especie son esclavos de otra raza violenta y agresiva. Una vez en nuestro planeta es dos tipos altos, fuertes y rubios que provienen de su planeta la persiguen, así como la CIA , todos por diferentes motivos, pero encontrará el apoyo y el cariño de un joven James Spader, menos lascivo, libinidoso y sexual de lo que estamos habituados y más generoso, romántico y cariñoso que nunca.

Música pop electrónica de los ochenta, cuero negro y violeta, letras de neón rosa en los créditos, y más y más luces de neón por todas partes, el apoteosis lo encontramos en la nave con la que Belinda Bauer, la alienígena regresará a su planeta: un entramado en forma de pirámide formada por tubos de neón. Romance, huida, apuntes cómicos, el tono de la película se diluye de manera entrañable y maravillosa hacia el rosa que ya apuntaban los créditos iniciales, y por supuesto Belinda y James hacen el amor. Ella quiere sentirse como una mujer, así que se funden en un solo cuerpo en el típico motel de carretera americano en uno de los pocos momentos de descanso que tienen en su huida. Mi querida extraterrestre tiene más puntos de unión con Terminator de James Cameron que con  Starman de Carpenter, como si pusiéramos las dos cintas en la coctelera con mucho azúcar, dulce pero no empalagoso.

RomanceKissing

Nave neónPink starcrossed

El personaje de Belinda Bauer descubre a través del carácter y entrega del personaje de Spader que tiene que luchar y sacrificarse por su vida y la de sus compañeros para salvar a su planeta, que la huida no es la solución. Cuando pensábamos que la Tierra era un lugar de odio, rencor, violencia y desolación, nos visita un ser supuestamente superior de otra galaxia y nos recuerda que nuestros valores no son sólo vitales sino exportables. ¡Qué orgullo ser terrestre pensé!

Love is not in the air, love comes from outer space