FUERZA 7: LAS LÁGRIMAS DE JENNIFER Y LAS RESPUESTAS DE CHUCK

Voces en tu mente.

Con gran esfuerzo llevo días intentando ver una de las primeras películas protagonizadas por Chuck Norris. Exactamente la que inaugura la década de los ochenta; y la que le catapultaría a la fama y al olilmpo de los héroes musculados. Mito de la Cannon y FUERZA_7protagonista de los cien mil y un millones de chistes sobre su aparente dureza, fuerza ybrutalidad. La película se titula Duelo Final (The Octagon, 1980, Eric Karson) y hasta el momento, y me refiero a los primeros veinticinco minutos de visionado, lo que más me ha llamado la atención es la voz en off del personaje interprestado por Chuck. De manera obsesiva y con un eco pesadillesco lo acosa con pensamientos relacionados con ninjas del pasado y con peligros que lo acechan y a la vez le animan a sacar la katana del polvoriento baúl en el que duerme, escondida tras la última guerra mundial, para hacer justicia una vez más; esperemos la última. Mi intención no es hablar de esta película sino de esa voz en off que desde hace meses invade mi subconsciente para recuperar el título que deseo catalogar: Fuerza 7, Fuerza 7… Una edición en blu-ray siempre es una buena excusa para ponerse los pantalones de pana, la camisa de cuellos gigantes y la chupa de cuero marrón. Volver a los setenta cuando apenas tenía dos años, salir a las calles de San Diego o encerrarse en un gimnasio para entrenar. Todo con tal de acabar en un ring.

Fuerza 1 o Fuerza 7, siempre Fuerza.

Una grabación de madrugada y algún que otro alquiler a cien pesetas habían convertido esta pequeña película en una de mis cintas más queridas de la infancia: Fuerza 7 o Fuerza 1 (A force of One, 1979, Paul Aaron), que importa que número de fuerza fuese, al principio fue 1 pero con el tiempo ha subido a 7. Seguramente si le preguntan a Chuck querría que fuera al menos 10, como las de Navarone.

La primera secuencia de Fuerza 7 nos regala un plano secuencia que parece extraído de Paranoid Park (2007, Gus Van Sant); un skater mucho más cool que los que pululan por el CCCB recorre las calles de San Diego hasta llegar a un almacén. Dos polis “fuera de servicio” le persiguen, llegan a un almacén, un encapuchado experto en artes marciales 22544120les aniquila. Las alarmas saltan en el cuerpo de policía y el caso se convierte en la prioridad de un grupo de oficiales que dolidos por la muerte de su compañero convierten este caso en algo más que una batalla personal; se convierte en un asunto familiar. No es Manhattan, no es Canción triste de Hill Street, pero el look de los policías es totalmente setentero: pantalones de pana acampanados, jerseys de cuello alto, abrigos largos de piel, zapatos con tacón, grandes mostachos… y la reina de la función: la bella Jennifer O´Neill, espigada y de cuello largo como un cisne, pelo corto y look posthippie en el trabajo, pero que de noche y acompañada por Chuck luce un vertiginoso vestido negro cuando asiste a un cocktail, anuncia que los ochenta están al caer….

Pero… esto es sobre todo una película de Chuck Norris, ¿no? Si! Queremos hostias, queremos patadas, queremos miradas desafiantes, respuestas rápidas, camisas tejanas arremangadas y latas de cervezas, un trago y a la basura. Pero aún falta tiempo para eso; aún no han llegado a su vida los padrinos Golan y Globus, y Chuck aún es joven y… delicado. Con pelo rubio, corte de pelo a lo Parchís y cuidado mostacho, Chuck, exagente de las Fuerzas Especiales, regenta un gimnasio en el que enseña artes marciales a la vez que se entrena para defender el campeonato del mundo de Kárate.

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Y aparecen las drogas, algo que Chuck odia. La policía le pide ayuda, quiere que entrene a sus hombres. En este momento entran en contacto Chuck y Jennifer y es cuando realmente comienza la película. Hay una trama de asesinatos, tráfico de drogas, policías corruptos, contrincantes y aspirantes al cinturón de campeón del mundo que realmente son sicarios de la mafia… en fin, una serie de elmentos que combinados conforman un guión que resulta mínimamente digno y disfrutable…

Chuck comprensivo, Chuck cariñoso

Pero Fuerza 7 es realmente la historia de amor entre un hombre y una mujer que tras su fachada de personajes duros esconden almas débiles y caritativas. Mientras viajan en coche Chuck explica a Jennifer como adoptó a su hijo Charlie, un chico de color tras morir su madre drogadicta. Chuck asalta a Jennifer en la calle, la invita a cenar y a un plan romántico: una pelea en directo de kárate. Pero el momento culminante llega cuando la tragedia irrumpe de forma implacable en sus vidas. Asesinan al hijo de Chuck así como a dos compañeros policías de ella. Las lágrimas de Jennifer vuelven a aparecer, inundando la pantalla y amenazando con desbordar mi televisor: “Ellos eran mucho más que compañeros, eran mi familia”. Chuck comprensivo, dulce y cariñoso se frota las manos ante esa mujer, hasta hace unos segundos una dura mujer policía, ahora simplemente un ser maravilloso y desvalido. “No se que decir” responde él, ella le mira. Pura sinceridad.

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Hay batalla final, maravillosamente coreografiada por el mismo Norris. Cuando llegan los créditos asistimos por fin al ansiado momento. Se miran y se abrazan. La noche y los primeros apuntes del alba dejan a la pareja a contraluz. Parece una imagen fija, como si únicamente los créditos se moviesen. Pero si te acercas a la pantalla puedes ver como sus labios se acercan y se besan. The End.

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TERROR SQUAD: PLANOS EN SOLITARIO DE CHUCK CONNORS

Cuando en una película de ínfimo presupuesto se combinan thriller político, comedia adolescente de institutos, cine de acción con persecuciones y drama claustrofóbico con toques intimistas y además el director es un hombre de cine de escaso talento, el resultado es un producto como Terror Squad (1988, Peter Maris).

Además sale Chuck Connors.

Siempre he querido ver esta película. Tiene una de esas carátulas que vale por si misma. Dos tiparracos, uno con bigote y cara de asesino y otro calvo y con greñas con cara de listillo retienen a una jovencita rubia atemoriazada. Coches destrozados, edificios en llamas, cadáveres en la carretera, cuerpos que se tambalean como zombies apurando un último aliento de vida. Una excursión al terror.

El cine de acción y la Era Reagan

Terror Squad es la típica cinta violenta y aparentemente proamericana tan en boga durante la era Reagan. “Inspirada” en los ataques que Líbia sufrió durante el año 1986 por parte de las fuerzas armadas norteamericanas la película nos narra la historia de un grupo Terror squadde terroristas libios que intentan sabotear una planta nuclear como venganza hacia el pueblo americano. Tras el fracasado intento acaban secuestrando a varios alumnos en un instituto.

El miedo a la venganza por parte de los países islámicos es el motor de esta esperpéntica cinta de acción y se anticipa a los atentados del 11 S; a una escala, por supuesto, de serie Z. Hablamos de Indiana, de una planta nuclear, de un puñado de ineptos policías y de cuatro alumnos castigados en el instituto de un pueblo de mil habitantes. El principio de la película apunta maneras por su crudeza y tono documental. Un grupo de enfurecidos libaneses escuchan enaltecidos a su líder que desde un balcón les arenga. Los hombres gritan, alzan sus rifles y queman banderas norteamericanas. ¡Gritan!

Hasta aquí llega el componente político realista del filme. El resto se divide en segmentos que se adhieren a diferentes modas y copian varios subgéneros con mejor o peor fortuna. Casi siempre con poca.

 

Cóctel de géneros, cóctel con alcohol barato

La trama comienza como una típica y tópica comedia de adolescentes que coge como modelo El club de los cinco (The Breakfast Club, 1985, John Huges) en la que un grupo de estudiantes castigados pasan el tiempo en un aula formando un grupo de lo más original: el profesor pesado, la rubia guapa y tonta, la morena inteligente, el empollón con gafas, el cachas que juega al fútbol y el músico rebelde e incomprendido.

A continuación una interminable persecución de coches, eterna, que involucra a muchos coches de policía, ¿quizás siempre el mismo pero con diferentes conductores? Patrullas recorren a toda velocidad por las tranquilas calles del pueblo, callejones, zonas rurales… Los terroristas van armados con automáticas y un potente bazooka que siempre impacta en los coches de policía. Muchos de ellos mueren, un montón de pobres e inofensivos hombres de familia con uniforme.

Chuck conduciendoCoches ardiendo

Hasta que lógicamente, los terroristas llegan mermados al instituto y secuestran a los alumnos castigados y la película se convierte en un drama realista al más puro estilo de Tarde de perros (Dog Day Afternoon, 1974, Sidney Lumet), donde sale a relucir la amistad de los terroristas junto a la reivindicación de sus derechos y de las atrocidades cometidas por los americanos en su país. Sí, es un producto de la era Reagan; pero los terroristas son personas y tienen sentimientos. Y si algo tienen los americanos es que todos esconden un héroe dentro y aquellos marginados, los parias castigados, pueden finalmente acabar con el mal, y así sucede.

Pero hay dos cosas que son las que más me llaman la atención y me hacen tenerle cariño a esta película:

Carátula de videoclub versus realidad en la pantalla.

Una de las cosas de la carátula que siempre me ha impactado más, es el bigote del terrorista, que le da un aire malévolo. Durante años pensé que ese tipo era Chuck Connors, pero no lo es; y lo más siniestro es que el personaje en la película no lleva bigote. El universo de las carátulas que nada tienen que ver con la trama aquí llega a un nivel más surreal y absurdo, y deja al famoso helicóptero que aparece en las cintas bélicas filipinas en una sutil broma.

Los planos en solitario de Chuck Connors.

Chuck Connors es un actor al que siempre he tenido un cariño especial. Alto, fuerte, duro, mandíbula prominente, de nombre pegadizo y potente y que nada tenía que ver con el otro Chuck, el Norris. Antes de ser actor fue jugador profesional de baseball y ¡llegó a jugar un Chuck celticaño como pívot en los Boston Celtics! Este es uno de sus últimos papeles antes de morir. Aquí le vemos muy mayor aunque se muestra contundente. Pero lo curioso de su trabajo es que solo aparece en dos situaciones: la primera es solo en el coche, hablando por radio, mirando fuera de campo y mostrando diferentes caras de respuesta ante lo que va sucediendo a su alrededor. La segunda es en el secuestro del instituto; solo o bien acompañado por dos policías, uno de ellos el mítico actor negro Ken Foree. Siempre en un plano medio o un plano conjunto, su figura nunca se relaciona con ningún otro actor o personaje de la trama.

Imagino a Chuck Connors en la reunión con los productores junto al director Peter Maris: “Señor Connors, es un auténtico placer poder contar con su presencia en nuestra humilde película, pero solamente tenemos este presupuesto”. A lo que Chuck contesta: “Os agradezco mucho vuestras palabras chicos, pero si vosotros solo tenéis ese presupuesto yo solamente tengo un día que perder en Indiana”. Finalmente los productores le preguntan: “ Por un poco más de dinero, ¿estaría usted media jornada más? No creo que nos de tiempo a todo en un día”.

Si en su día lo hizo Ed Wood Jr. con Bela Lugosi también lo podía hacer Peter Maris con Chuck Connors.

 

JOHN BARRETT EN AMERICAN KICKBOXER 1: HÉROE SIN CARISMA Y MENOS SIMPATÍA

Hacía años que rondaba por mi cabeza dedicarle unas horas a la saga American Kickboxer, pero sinceramente, me daba un poco de miedo enfrentarme al reto. Tras un intento fallido hace unos años llegó el momento de afrontar la prueba y encarar tus propios miedos y fantasmas. La saga compuesta por American Kickboxer 1(Frans Nel, 1991) y American Kickboxer 2 (Jenö Hodi, 1993) son dos subproductos que nacen y florecen tras el éxito que supuso Kickboxer, el clásico de Van Damme. Distribuidas por Cannon Video, el último reducto de lo que en su día fue la productora de los israelís MehahemGolam y Yoram Globus. El parecido con el original se reduce al título y al póster.

Sentarse a ver ciertas películas supone una auténtica batalla contra la misma película, contra tu resistencia y contra ti mismo; ponen a prueba tu capacidad de sacrificio. Me subo al ring sin guantes ni protección, dispuesto a esquivar el mayor número de golpes. ¿Puedo yo propinar  alguno? No, solo puedo tomarme algún que otro descanso y esperar a que suene la campana.

El truco del póster llamativo, que luce y reluce es tan viejo como el propio cine. Cuando el mercado doméstico entró en auge, cualquier película que se hubiera filmado, por horrible y nefasta que fuera podía venderse si iba acompañada de un impactante póster. El caso de estas dos joyitas del art martials trash no iba a ser menos, finalmente me dejé seducir por las carátulas y le di al play.

El póster de American Kickboxer es sencillamente fantástico: con la bandera de USA de fondo dos luchadores de kickboxing pelean. John Barrett, la estrella de la película propina una patada espectacular a su oponente, el momento congelado nos remite a algún momento American Kickboxer 1de un posible combate final. En juego, imaginamos, el honor, un título, el amor de una mujer, la venganza… Sencillo y potente, este póster nos recuerda algunas imágenes de Rocky (John G. Avildsen, 1974), que a pesar de ser una película sobre boxeo destila la misma energía. El énfasis en el título y el diseño del póster, nos lleva hacia un escenario donde nuestro héroe lucha por sí mismo pero en última instancia también por un pueblo, por un país. No descartamos una venganza, un ajuste de cuentas, la gloria al alcance de un hombre, el éxtasis y la felicidad para el pueblo que se identifica con él. Es el deporte y no la vida, es la competición y es el cine. La apuesta de los productores no es menos sencilla; un título atractivo, un buen póster y como protagonista un campeón mundial de kicboxing. Uno de los muchos campeones que dió el salto al (sub)mundo del cine: Don “The Dragon” Wilson, Chris “Apollo” Cook, Oliver Gruner, Billy Blaks, Gary Daniels…

Todos dispuestos a machacar al contrario en el ring, a lucir musculatura, patadas voladoras imposibles y porqué no; osar interpretar a padres de familia, hermanos vengativos, maridos deshonrados, hombres nobles, buscar la victoria por K.O, el éxito de taquilla y superar la década de los noventa, película a película, combate a combate, viendo como el cine de acción y de artes marciales iba dando sus últimos coletazos…

En esta ocasión el afortunado campeón del mundo es John Barrett, cinturón negro y protegido de Chuck Norris cuya filmografía se había centrado casi exclusivamente en la labor de especialista o stunt de alguna de las películas del maestro Norris en el primer lustro de los años ochenta: Duelo final (The Octagon, Eric Karson, 1980) y Golpe por golpe (An ye for an eye, Steve Carver, 1981) entre otras.

En el aguaNear of the sea

¿Y qué nos cuenta la película? La historia del campeón del mundo de kickboxing que tras esta aparente felicidad esconde a un hombre frustrado, egoísta, insatisfecho, cegado por el odio, la rabia y que se deja llevar por la bebida; se dejaba llevar… Todo un ejemplo como campeón. Uno espera la historia de un hombre ejemplar y esta película nos muestra a un tipo bastante detestable, arrogante, violento e incluso machista e intolerante. A esto contribuye por supuesto el diseño de su personaje, pero en mayor medida lo que le  define como vulgar antihéroe es la interpretación y la presencia de John Barrett. Su tosquedad, la cara de pocos amigos, su falta de carisma, su ridícula voz y su comportamiento errático y moribundo le asemejan más a Henry Chinasky que a Kurt Sloan.

Barrett comienza en la película como brillante campeón del mundo. A continuación asiste a una fiesta acompañado de su novia, obstinada mujer que soporta humillación tras humillación y bronca tras bronca, fiel compañera, cual infanta de la corona. A la fiesta acude John Barrettborracho y aparece su enemigo, Jacques Denard, que no es ni más ni menos que otro luchador con el que comparte representante. Un marrullero, impertinente y poco talentoso luchador. El odio mútuo es infinito, un buen compañero de equipo. Y en la fiesta sucede algo imprevisto; una discusión entre los dos gallos acaba con un asistente a la fiesta muerto. La culpa es de Barrett, que enloquecido ha perdido los papeles y lo mata de un empujón. Una tragedia de serie Z: juicio, sentencia, y nuestro héroe acaba en Chirona desposeído de su cinturón e inhabilitado para cualquier competición. “It was an accident” grita enfurecido tras el veredicto del jurado. Y a partir de ese momento la historia se centra en un ex convicto, un lobo solitario y loser bebedor que solo intenta escapar de su mundo en busca de paz, de sí mismo. Barrett es el mejor pero no se perdona.

Yo ya he besado la lona un par de veces, he escuchado con voz distorsionada la cuenta del juez, cinco, seis, siete, agarro el mando y busco el stop, oigo el rugir del público mezclado con los gritos de mi entrenador: ¡levanta! Voy a parar la reproducción pero en ese momento, entre todo el alboroto y el ruido ensordecedor aparece en mi mente el recuerdo de todo el entrenamiento realizado y el duro trabajo que me ha llevado hasta aquí; el sacrificio de llegar al combate final. Levanto el dedo del stop.

Filmada con escaso talento, la obsesión de Barrett continúa, y su odio por Denard aumenta. El conflicto con su mejor amigo parece un delicado triángulo amoroso entre estos dos y la novia de Barrett. Celos, sospechas y desconfianza que incluyen un triste episodio de violencia doméstica, como si fuera cine de artes marciales de autor.

El malhumor de Barrett y su torpeza como actor crecen tanto que incluso condicionan la realización de la película, la planificación se empantana y la estridente música no deja de sonar, secuencias enteras solucionadas en un único plano general.  Pero estas a la vez la hacen singular. ¿Por qué un luchador de kicboxing americano? No lo sé. ¿Hay combate final? Si, lo hay, ¿qué entra en juego? La absurda obsesión de John Barrett en ser actor.

Afortunadamente no solo he salido vivo del combate sino que me siento vencedor, incluso disfruto de los créditos finales. Estoy preparado para la siguiente pelea y el siguiente contrincante. ¡A por el campeonato del mundo!

ONLY VAN DAMME FORGIVES

 “La venganza es una pasión irresistible….pero muy peligrosa”. Esta contundente frase acompañaba el desafiante póster de Kickboxer (Mark Disalle y David Worth, 1989), una de las películas más emblemáticas y memorables protagonizadas por Jean Claude Van Damme: puro músculo y energía, simpatía, guapura, elasticidad interminable y gran esfuerzo interpretativo. Van Damme sonríe, grita, llora, suplica, lanza miradas de complicidad, odio y súplica, enamora y se deja enamorar, llevando al límite sus capacidades actorales, desfiando cualquier norma interpretativa y manual de gestualidad. Y en parte sale airoso del reto, porque aunque parezca imposible, consigue que nos olvidemos de que él es el mejor luchador que existe, y que necesita que le enseñen a luchar, es más, seguimos cada lección aprendida como un nuevo mérito adquirido: ahí está su gran logro como actor.

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Kickboxer es la historia de un campeón de kicboxing que queda paralítico tras su combate contra Tong Po en Tailandia, su hermano pequeño aprenderá el arte del kickboxing buscando vengarse en un cuadrilátero.

La venganza también sirve como motor para la última película de Nicolas Winding Refn Only God Forgives (2013),  y también sirve como estímulo, forzado por las circunstancias, para el trabajo interpretativo de Ryan Gosling.  Dos hermanos y una venganza. Las primeras imágenes de Only God Forgives nos llevan a un gimnasio de kickboxing que es regentado por Gosling y su hermano, como si los personajes de Kickboxer, los hermanos Kurt y Eric Sloane se hubieran quedado a vivir en Tailandia después del combate final y la leyenda les hubiera permitido convertirse en maestros del muay thai. En esta ocasión la que sería la tara física del hermano de Van Damme se convierte en una desviación sexual: el hermano de Gosling también tiene predilección por las putas (en Kickboxer nada más comenzar la película Eric Sloane subía una a su apartamento), aunque a este le gustan menores de edad y rajarlas, Jack el destripador en Bangkok.

ColoresAbriendose de patitas

Vs Tong PoLuchando

La venganza se traduce en una espiral de violencia, que de forma indiscriminada va saltando de un bando a otro, de una familia a otra, eliminando personajes de forma sistemática. Gosling que parece que ha aparcado el coche y la chaqueta plateada con el escorpión de Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) en el asiento de atrás no responde a los estímulos que se le van presentando. La apuesta es más radical todavía. Asesinato de su hermano= rostro impenetrable de Goslilng, su madre no para de decirle que literalmente no sirve para nada= rostro impenetrable de Gosling, asesinato de su madre= rostro impenetrable de Gosling. La puesta en escena es fría y distante, los planos/contraplanos son matemáticamente exactos,  las miradas encajan perfectamente, tanto que serían aprobadas por Kubrick. La noche reina y la oscuridad envuelve a los personajes en pasillos, clubs de karaoke, peceras de prostitutas y pasarelas con forzudos asiáticos posando. El horror asoma en las verdes noches, filmadas con belleza en sucios exteriores, y la muerte se filtra en interiores de colores ámbar dorados y rojos intensos. Nadie ríe, casi nadie llora, todos empuñan el arma y no dudan en matar. Dentro del este esquemático juego de títeres y marionetas, Kristin Scott Thomas sobresale como una actriz exagerada y fantástica a la vez, parece la más humana y la más guionizada de todos los personajes. A ella le toca el áspero y sucio trabajo de dar información, de darle sentido narrativo a la tragedia griega que compone todo el engranaje. Es como si le hubieran robado un personaje de la mente a Pedro Almodóvar: imagino a Pedro de pequeño; cuando se portaba mal le decían que le iban a cortar las manos, que es lo que hacen en algunos países tercermundistas. Mi madre también me lo decía a mi, y yo le creí. La motivación para Pedro no vendría por parte del personaje de Gosling sino de la madre, la auténtica reina de la función que sería interpretada por Marisa Paredes: todo por su madre.

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Van Damme sigue con su titánico esfuerzo de hacernos creer que no sabe pelear y que cada día es un nuevo descubrimento para él, consigue atrapar los peces con su mano debajo del agua y pelear a ciegas en el templo abandonado sintiendo la energía de los viejos guerreros tailandeses. Y por el camino nos regala su gran tour de force interpretativo: la secuencia en la que baila borracho en la taberna, entrañablemente ridículo, su sinceridad es aplastante, su honestidad es embriagadora, no hay mejor forma de combinar tantos elementos a la vez: borrachera, seducción, baile ochentero y pelea de bar.

Por su parte, Gosling fracasa al emular a Van Damme: golpea a traición a uno de los tipos que ni siquiera le molestan en el pub en un arrebato de violencia instantánea que parece sacado de la secuencia del ascensor de Drive, y cuando tiene la oportunidad de pelear contra el policía psicópata con katana en el cuadrilátero es incapaz de conectar un solo golpe a su enemigo, pierde el combate y es ridiculizado a ojos de todos. Al igual que Van Damme quiere triunfar de forma honrada, con reglas y con testigos, pero para eso hay que entrenarse duro, ser alumno y no maestro. En cambio, prefiere seguir soñando como lo hacía en Drive, aunque con miedo; miedo a hacer cosas malas y que te corten las manos por ello.

Van Damme, en cambio vence a Tong Po, quizás porqué realmente si sabía luchar.

MÁS INTELIGENTE QUE CHUCK, TAN AMERICANO COMO CLINT

El Rescate necesario según Ben Affleck

El rescate es un concepto muy arraigado en la cultura, y por desgracia en nuestras vidas, desde el rescate de Andrómeda por parte de Perseo en la leyenda mitológica griega hasta el inminente rescate que la economía española, y como consecuencia todos nosotros, ha estado a punto de sufrir por parte de la Unión Europea.

En el cine norteamericano no ha sido menos importante. D. W. Griffith lo utilizó desde sus primeras películas (El nacimiento de una nación 1915Intolerancia 1916 ) como elemento dramático a la par que daba forma a varias técnicas de montaje que poco a poco se fueron asentando en el intelecto del espectador. Griffith estaba inventando el cine como arte narrativo y  como espectáculo emotivo. Pero sobretodo el rescate se estaba institucionalizando como una poderosa arma de autoafirmación patriótica, norteamericana, por supuesto.

El rescate es también una idea recurrente en la carrera de Ben Affleck como director.

En Adiós pequeña, adiós (2007), el secuestro de una niña pequeña y el esfuerzo por rescatarla planteaba el dilema de hasta qué punto se pueden tomar ciertas decisiones, con sus consecuencias, en el supuesto beneficio de un ser indefenso, en este caso privar a una madre problemática de su hija pequeña. En The Town, ciudad de ladrones (2010) el secuestro y liberación por parte de un grupo de atracadores (entre ellos el propio Affleck) de la gerente de un banco tras el robo a este, es rápido y fugaz pero lo suficientemente intenso para marcar a sus dos protagonistas en una historia de amor imposible, que plantea también varios dilemas, como la posibilidad de romper con una estructura familiar heredada en pos de una posible redención.

Argo (2012), la nueva película de Ben Affleck muestra otro secuestro y como no, otro rescate. En esta ocasión el material sobre el que se trabaja es real, se trata de la crisis de los rehenes en Irán, en el que durante 444 días el gobierno surgido tras la revolución iraní del 1979 retuvo a 66 diplomáticos y ciudadanos de Estados Unidos. El secuestro comenzó en 1979 y finalizó en 1981. A pesar de que el filme arranca con el asalto y toma de la embajada norteamericana en Teherán por parte de los estudiantes iraníes, la trama se encamina hacía un grupo de seis trabajadores norteamericanos que en la confusión consiguen escapar y terminan refugiándose en la embajada canadiense. Aquí es cuando entra en acción el personaje interpretado por Ben Affleck, Tony Mendetz, un agente de la CIA especializado en extraer ciudadanos americanos de países en conflicto. Su misión será sacar a los seis americanos del país. ¿Cómo? Haciendo pasar a los seis “rehenes” y a él mismo como miembros de un equipo de cine en busca de localizaciones para un “falso” largometraje de ciencia-ficción.

En una secuencia de la película, el personaje interpretado por Affleck  está al teléfono recibiendo la orden de abortar su misión ya que desde los altos cargos han decidido dar luz verde a otra, la de las fuerzas Delta Force. En una  secuencia similar de Delta Force ( Menahem Golam 1986),  Chuck Norris también espera al teléfono, pero a que le den luz verde para entrar en acción con su grupo especializado de ataque antiterrorista y abordar el avión que tienen secuestrado unos terroristas árabes. Tony Mendezt en un acto de valentía y rebeldía decidirá pasar por alto las órdenes de los superiores y seguir con su plan. Chuck Norris y su equipo de asalto deberán esperar momentáneamente.

La llamada en ArgoLa espera en Delta Force

La película de acción interpretada por Chuck Norris y producida por la productora Cannon se inspira en la cara B de la historia narrada por Affleck: el intento de rescate por parte del gobierno norteamericano de los rehenes de la embajada, llamada Operación Garra de Águila,  dato omitido en la obra de Affleck. En la cinta de Golam, el rescate no es en la embajada, sino en un avión secuestrado por terroristas árabes. El  comando Delta Force no solo rescata a todos los rehenes, sino que destruye a todos los terroristas y demuestra quien tiene el poder. Las bajas norteamericanas por desgracia se cobran la vida de un soldado.

La historia real del intento de rescate en Teherán no tuvo tanto éxito, al contrario fue un auténtico desastre. No solo no consiguió su objetivo, sino que murieron cuatro soldados americanos en un accidente de helicóptero, dejando en evidencia al poderío americano y sobretodo su logística y capacidad estratégica. Por supuesto el año 1986 era otra época, era la época de Reagan. Estaba reciente la derrota en la guerra de Vietnam y en pleno auge la lucha contra el Imperio del Mal (el bloque comunista soviético), se trataba de demostrar que USA era capaz de vencer, al menos en el cine. El cine reescribía la historia con Delta Force, pero también con Desaparecido en combate (Joseph Zito) y con Rambo (George Pan Cosmatos), ambas del año 1985, en este caso con la guerra del Vietnam, en la que los dos héores (Chuck Norris de nuevo y Sylvester Stallone) regresan al infierno de la selva vietnamita para rescatar a unos soldados que siguen presos.

El rescate es necesario.

Esa secuencia de la espera al teléfono no es el único punto en común entre Argo y Delta Force. Lo es también el look que comparten Norris y Affleck, la barba y el corte de pelo son similares. Pero sobretodo comparten su interpretación gélida, fría, distante, algo así como una negación de la interpretación. ¿Son el mismo tipo de héroe?

En las dos películas el tratamiento sobre los “enemigos” también es similar: el retrato plano y sin profundidad. En Delta Force hay un intento de dimensionar al jefe del grupo terrorista al que interpreta el gran Robert Foster, pero ahí se queda, es un malo más de la galería de la Cannon. En el caso de Argo, los iraníes son violentos, gritones, desconfiados, asaltadores, no tienen matices. En las dos lo importante es el acto heroico, la emoción de la acción, en una mediante la violencia (Delta Force), y en la otra mediante la inteligencia (Argo). ¿Y en qué estado quedan los enemigos? En Delta Force como un grupo de soldados aficionados  y en Argo directamente como  incompetentes poco avispados. Las dos películas tienen un final  espectacular y similar: un avión que despega dejando atrás a sus perseguidores.

Esta vez no hay dilema ni conflicto, pero como en Griffith hay espectáculo emotivo.

La huida en ArgoLa huida en Delta Force

El personaje de Affleck tiene algo personal que solucionar, que Norris no tenía, y aquí es donde Argo conecta con otra película de los ochenta, de otro héroe de acción de la época obsesionado también con el concepto del rescate, se trata de Clint Eastwood y El sargento de hierro (Clint Eastwood 1986). Aquí el grupo de marines entrenado por el sargento que interpreta Eastwood rescata a un grupo de estudiantes americanos secuestrados en la isla caribeña de Granada por parte de unos revolucionarios cubanos.

Tanto Affleck como Eastwood quieren recuperar a su mujer y por tanto un hogar. En el caso de Eastwood es manifiesto el reproche de su exmujer por haberla abandonado sistemáticamente, en el caso de Affleck no se menciona, pero se intuye. Los dos comienzan la película en una situación lamentable, Eastwood en una prisión de mala muerte rodeado de maleantes de la peor calaña en la que es el centro de atención. Y Affleck en el cuartucho de lo que parece ser un hotel rodeado de latas de cerveza, colillas, restos de pizza (una imagen por cierto muy habitual en las películas que protagoniza Chuck Norris). Los dos tendrán que abordar una misión de rescate vital para su país y para conseguirlo tendrán que educar/instruir a un grupo de individuos para una misión para la que no estaban preparados. Eastwood como sargento deberá hacer de un grupo de vagos e inútiles delincuentes un comando de valiente y eficaces marines, y Affleck conseguir que un grupo de funcionarios americanos actúen como cineastas canadienses. Tras cumplir con su misión las dos parejas se reencuentran mientras la bandera americana ondea a sus espaldas.

El hogar recibe al héroe tras la batalla, América les abre sus puertas de nuevo para no marchar jamás.

Reencuentro en El sargento de hierroReencuentro en Argo

Los tiempos han cambiado, estamos en un mundo globalizado donde internet y los medios de comunicación son algo más que una herramienta, son un arma. El poder ya no se consigue mediante la fuerza, sino de manera silenciosa y sutil, es algo que se entrega y se cede mediante préstamos, hipotecas, impuestos….Entonces es cuando el rescate es necesario otra vez. Esta vez no mediante la fuerza ni la violencia, sino mediante la inteligencia, es hora de autoafirmarse otra vez.