TAXI DRIVER CUMPLE 40 AÑOS

De una espesa niebla que cubre completamente la pantalla aparece el taxi que recorrerá cada noche las sucias y peligrosas calles de Nueva York. Los nombres de los protagonistas sobre el fondo neblinoso desaparecen y los ojos de Robert de Niro ocupan completamente la pantalla. La música de Bernard Hermann repentinamente cambia de tercio, de una melodía contundente y trágicamente épica a una dulce música jazz. Los transeúntes y las calles se distorsionan en diferentes colores y la música vuelve a cambiar. Estamos en la mente de Travis Bickler, desdoblada, como la banda sonora de Hermann.

Este es el principio de Taxi Driver, una de las películas más importantes de la historia del cine y que este año celebra los cuarenta años de su estreno. Taxi Driver es una película de culto por infinidad de razones. Supuso la película que catapultó a Martin Scorsese como uno de los mejores directores del panorama mundial; el cineasta contaba con sólo 34 años y consiguió la Palma del Festival de Cannes y varias nominaciones por su original trabajo. Fue también la primera colaboración entre Scorsese y el guionista Paul Schrader, posteriormente vendrían Toro Salvaje (1980),  La última tentación de Cristo (1988) y  Al límite  (1999).  Taxi Driver  ha marcado, sin duda, parte de la obra de Schrader, ya que muchos de sus guiones tienen una estructura similar y ofrecen retratos de personajes que descienden directamente a los infiernos buscando cualquier tipo de redención o salvación como ocurre en  El ex-preso de Corea  (1977) y en  Hardcore: un mundo oculto (1979).

También supuso la consagración definitiva de Robert de Niro como estrella del cine tras haber ganado previamente un Oscar como mejor actor secundario por El Padrino II (1974). De Niro simplemente brilla en cada secuencia. Hace un trabajo que recorre desde la sutileza hasta las acciones más explosivas, además de ofrecer uno de sus primeros despliegues de transformaciones en un papel: de paleto a auténtico psicópata demacrado con cresta incluida; en la película venos como su cuerpo se va musculando y pasa de un1461344723_775731_1461345192_noticia_normal auténtico enclenque a fibrado. El resto del trabajo de los actores es también excelente: la prostituta adolescente interpretada por Jodie Foster, la idealista colaboradora en la campaña presidencial que interpreta Cybill Sheherd, un Harvey Keitel en el papel de proxeneta o el Peter Boyle dando vida al taxista apodado “El Mago”.

Taxi Driver es un recorrido por la cara más oscura de la sociedad norteamericana de la época y por todos sus males. Un recorrido por la noche oscura del alma a través de los ojos de un héroe involuntario. Un paseo a través de la niebla que ensucia la mente humana y que nunca deja de sorprender ni de emocionar. Un paseo que cumple cuatro décadas y que tendremos la oportunidad de volver a ver en las salas de cine durante este final de 2016.

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THE LAST PICTURE SHOW, CADA SESIÓN ES LA ÚLTIMA

El tiempo pasa de una manera inexorable en The Last Picture Show. Desde el primer plano, una extraña panorámica, la película de Bogdanovich intenta atrapar el paso del tiempo, comprimirlo y a la vez huir de él. La panorámica es extraña porque la cámara se desplaza de derecha a izquierda, en un sentido inverso al habitual, al que nos tiene habituados el ojo que coincide con el sentido de la escritura y la lectura. La cámara se mueve siguiendo el viento que arrastra hojas y arena. Ese mismo viento que impide a los personajes evolucionar, crecer y huir del pueblo en el que viven atrapados.

La sala de cine prepara su última sesión mientras los personajes no pueden más que recordar amores que no olvidan, historias que pudieron ser, errores que debieron cometer.

La nostalgia atrapa el tiempo para enmarcarlo en un precioso blanco y negro. A la vez nunca dejan de suceder cosas en The Last Picture Show. Las elipsis se suceden entre secuencia y secuencia, entre plano y plano. La sensación es que el tiempo se gasta y se escapa mientras la historia no parece evolucionar.

En una de estas maravillosas elipsis los dos amigos interpretados por Timothy Bottoms y Jeff Bridges miran en el cine Río rojo de John Ford. Los protagonistas del western gritan dispuestos a trasportar el ganado a través de los extensos campos del viejo oeste. Es la última sesión y la despedida de los amigos. Instantes después un camión que transporta ganado atropella y mata al personaje del chico retrasado interpretado por Sam Bottoms. Se produce una elipsis entre la película de John Ford y la propia de Bogdanovich.  Algo más que la vida de un personaje muere en este trayecto.

La nostalgia del cine que entonces ya moría sigue vigente hoy en día.  El cine nunca deja de morir. Cada sesión es la última.

LOS ENFADOS DE MICHAEL CAINE Y LA CULPA DE LAS ABEJAS

Siempre hay un culpable de todo, incluso en el Reino Animal, incluso provocado por el Reino Animal. No sé hasta qué punto una monarquía como la de las abejas podría aplicarse al reino de los seres humanos. Minúscula o mayúscula, no deja de ser anecdótico; siempre les tuve miedo, nunca pude acercarme a ellas, justo lo contrario, no podía más que huir, correr. Con miedo y con cierta suspicacia, consciente de que ellas están atentas a cualquier movimiento,  sabía que hay que escapar con sutileza, como quién no quiere la cosa. Siempre me iba. Porque sino ellas te iban a dar candela, zumo de miel en forma de picotazo venenoso, extremidad inflada, fiebre y pesadillas en la Granja San Francisco.

A un viejo conocido le picaron varias a la vez. El ambiente era seco, insoportablemente caluroso. Agosto en Extremadura, sin piscina ni playa, únicamente un sucio pantano lleno de nuestras queridas amigas las abejas y botijos de diferentes colores: verdes y blancos. Mi web_24conocido era bastante gamberrete. Sinceramente, no sé si seguirá vivo, en pareja o en libertad condicional. Aquello fue un drama; él lo explicaba de forma muy intensa, podía sentir el escozor del veneno recorriendo mi sangre. ¡Por Dios! ¿Podría paralizar mi corazón? Si te lo cuentan no, solo es sugestión, es la capacidad empática; podrías dedicarte a algo relacionado con la medicina. La cara de Juanjo, mi compañero de travesuras, le quedó como al niño elefante con paperas. Ese día no se reía tanto el mendrugo; buscaba cariño y complicidad. Su madre le daba besos y le aplicaba paños calientes con manzanilla. Tranquilo cariño, sé que duele, pero mañana ya estarás bien, deben ser abejas portuguesas, tienen muy mala folla y nos tienen envidia, eso hace que el veneno se pudra y sea más nocivo. Durante esas vacaciones, yo le tenía envidia, fumaba como un carretero, bebía cubatas como yo el fruco de melocotón y hasta se enrollaba con chicas, o eso decía. Intenté hacer alguna de esas0010192555 cosas durante esos días de agosto de 1992. La primera me desagradó bastante, la segunda casi me deja K.O, para la tercera tuvieron que celebrarse al menos otros juegos olímpicos.  Fueron semanas extrañas, se mezclaron rabietas y enfados, broncas por parte de mi padre y broncas de Juanito, el padre de Juanjo. Las libélulas sobrevolaban el agua del pantano y los martes en La Primera emitían el ciclo dedicado a Michael Caine. Televisor en blanco y negro de catorce pulgadas. Las olimpiadas lejos en Barcelona. No te enfades Michael, por favor.

Pero me quedó muy claro, grabado a fuego en mi alma, inscrito en mi carácter, que esos ruidosos insectos se habían convertido en mis enemigos. ¿Por qué? No lo sé, me daban miedo. Miedo a lo desconocido. Miedo al color amarillo, al zumbido infernal. Esas alas revoloteando en un extenuante repicar, de sombrío recuerdo de alargada sombra. Cerca de los hocicos de los inofensivos perros, alrededor de las garrafas de agua, en los chorros de las fuentes públicas. Yo solo quería beber agua; hacía calor y estaba sudando. Cada día la misma lucha, la misma desconfianza, el mismo temor.

En casa había libros, no muchos, pero bastante interesantes: la vida de David Niven, la historia de los mundiales, Tiburón, Serás madre. Todos con contenidos muy variados y arthur-herzog-el-enjambre-12796-MLA20064770858_032014-Osegún la hora del día bastante disfrutables, algunos con fotos. Pero uno destacaba: El enjambre de Arthur Herzog . La portada mostraba un edificio amenazado por una nube de abejas en forma de tornado que parecía a punto de devorar el propio libro. A los pies del edificio, el caos y el horror desbordados; coches estrellados, personas corriendo, ancianas gritando, el infierno desatado. Aquello podía ser un despliegue vibrante de emociones y acontecimientos espectaculares, así pintaba el asunto. Pero no podía avanzar de la página 20. Otra vez una imagen me había llevado por el camino de la perdición. La belleza está en el alma, no en la portada, pero en esa portada había abejas.

Años más tarde descubrí que aquella portada, era también el poster de la película basada en dicha novela, Swarm (Irwin Allen, 1978). Y el protagonista era Michael Caine. He querido ser muchas cosas en mi vida, pero una de las que me siento más orgulloso es de haber querido ser Michael Caine. La película era una adaptación rigurosa del libro y me provocaba la misma reacción: no podía ver más de 20 minutos. Las imágenes, impregnadas del veneno de las abejas africanas mutantes, provocaban dolor inmediato, parálisis física, alucinaciones y fiebre. La imagen de una abeja gigante rodeaba tu estancia con un horripilante zumbido, hasta congelar tus neuronas y desactivar tu sistema nervioso central.

Soy víctima de la nostalgia, de las cosas maravillosas y bonitas que recuerdo de mis vidas pasadas, pero sobre todo de aquello que me dejó insatisfecho y tamizó mi espíritu con algo parecido a un barniz de ligera decepción. Finalmente vi El Enjambre más allá del minuto 20. La película roza continuamente el disparate con algunas secuencias tan cochambrosas como el momento donde vemos un tren descarrilar por efecto de un trucaje que descaradamente muestra que se trata de un tren de juguete. Pero por otra parte los efectos de los ataques de las abejas resultan muy convincentes y aterradores. Los diálogos son
interminables y casi toda la trama se centra en un par de despachos y en un laboratorio con Henry Fonda en silla de ruedas pasando de una sala a otra. Sin lugar a dudas me quedo con las apariciones de Michael Caine. Como hombre de ciencia y de perfil técnico, algo que tiene en común con casi todos los personajes del filme. Caine supera con creces el reto a pesar de estar siempre al borde del enfado.  Los enfados de Michael Caine son uno de sus mejores recursos. Quieto, alzando la mirada y aumentado la voz, sus ojos se vuelven más vidriosos, su cuello enrojece, y vemos las entrañas del odio en lo más íntimo de su estómago. Sin apartar la mirada y sin moverse un centímetro de su sitio, deja bien claro como son las cosas. Cuando la trama decae y el aburrimiento consigue anularlo todo, incluso a las abejas asesinas, Michael sube la guardia y pasa de 0 a 100 en segundos para regalarnos otro mosqueo más.

La culpa es de las abejas. Afortunadamente nunca me ha picado ninguna. ¿Será que estoy enfadado con ellas por eso

ENCUENTROS EN EL ASCENSOR : CLAUSTROFOBIA (THE ELEVATOR)

Ascensor, por favor, no te pares

Los nuevos tiempos traen consigo nuevos miedos, nuevos traumas y nuevos infiernos haciendo que los antiguos desaparezcan y hayan sido superados. ¿Quién no ha tenido nunca miedo a quedarse encerrado en un ascensor? Recuerdo de pequeño que cada viaje en ese maravillo artefacto ahorra peldaños era una auténtica experiencia de riesgo. Además de ser uno de los lugares prohibidos a los que uno no podía ir sin adultos, una vez dentro, no podías acercarte a la puerta. Mirar hacia abajo era ver el vacío alejarse de tus pies. Mirar hacia arriba te acercaba al cielo o a la fatalidad a una velocidad de vértigo. El ruido estrepitoso, los botones quemados, las cuerdas que subían o bajaban, la foto de la mujer con falda cogiendo de la mano al niño. En las pelis de Tarzán el ascensor era elevado gracias a unos simpáticos elefantes; estos, los de mi infancia, eran modernos.

Había leyendas urbanas que decían que un tipo había metido el pie y se lo habían amputado. El pie nunca llegó a aparecer. Decían que si de golpe el ascensor caía en un vuelo sin motor tenías que saltar para así vencer la fuerza de la gravedad y no quedar triturado en las profundidades. Pero sin duda el miedo más común y angustiante era quedarte encerrado en el ascensor: sin móviles, sin teléfonos de emergencia, únicamente contando con la buena voluntad de los vecinos salvadores, los gritos de auxilio en la noche, luchando contra la claustrofobia. Explicaba mi madre que estando embarazada de mis dos hermanas gemelas se quedó encerrada durante dos horas en el ascensor en pleno mes de agosto, nadie aparecía, nadie solicitaba el ascensor, la mitad del vecindario en la playa, la otra mitad en los pueblos de vacaciones, y los pocos que quedaban, estaban trabajando o en el bar. Hace años que no he vuelto a escuchar esta historia pero sé que fue una experiencia horrorosa…

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Ese miedo, esa angustia, el terror a los espacios cerrados, a la impotencia y a la desesperación por el aislamiento que se respiraba en mi infancia, es el motor de la tv movie americana Claustrofobia (The Elevator, 1974, Jerry Jameson) que juega de manera inteligente con varios elementos extraídos de dos de los géneros más de moda en los sesenta y los aún recientes setenta. Por un lado se acerca tímidamente, debido a la notoria falta de recursos, al cine de catástrofes que los setenta explotaron. Utilizando como referencia El coloso en llamas (Towering Inferno, 1974, John Guillermin) aprovecha algunas situaciones: un rascacielos moderno como elemento terrorífico, la tecnología como un enemigo del hombre y la avaricia de los empresarios que deciden ponerlo en marcha a pesar de carencias de seguridad. Tampoco se le escapará otro de los factores claves de este subgénero: la aparición de viejas estrellas en el reparto.

 

Myrna Loy y Teresa Russel, de madre a hija a prisioneras en el rascacielos

El reparto cuenta con caras conocidas de la televisión de la época como un joven James Farentino y el siempre inquietante y ambiguo Roddy Mcdowall; pero el apartado de viejas estrellas rutilantes lo forman Myrna Loy y Teresa Rusell que casi treinta años antes habían coincidido en uno de los mejores dramas bélicos realizados, Los mejores años de nuestras vidas (The Best Years of Ours Lives, 1946, William Wyler). En aquella historia sobre el regreso a su ciudad natal de unos soldados tras la segunda guerra mundial, as dos actrices interpretaban a una madre e hija respectivamente que veían como sus vidas se alteraban por el regreso de estos hombres traumatizados, sin presente, sin futuro. En esta ocasión, con un aspecto físico que las acercaría más a hermanas ven como su futuro pende de un hilo, de un cable que por momentos parece resquebrajarse. Sinceramente adorables, encantadoras y todavía enormemente bellas, cada una a su manera.

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El primer encuentro entre Jerry Jameson y James Farentino

Ya he escrito en este blog acerca de mi debilidad por la tv movie La araña roja (1988), dirigida por Jerry Jameson e interpretada también por Farentino al igual que The Elevator. Más de una década antes mis dos queridos amigos se unían por primera vez para deleitar a aquellos espectadores que el sábado por noche decidían quedarse en casa y ver la tele. La realización de Jameson es efectiva y muy decente teniendo en cuenta la falta de medios. Pero antes me había dejado una de las claras influencias de la película por explicar. La primera es el cine de catástrofes y la segunda, que atañe directamente al estilo de Jameson, es el cine de intriga del maestro Alfred Hitchcock. En el momento de la realización de este telefilme, Hitch todavía estaba en activo; sus últimas obras maestras eran todavía recientes y ya eran influencia, moda, herencia. La película juega con el elemento de varios personajes encerrados en una situación sin salida, ciertamente con un desarrollo psicológico de los personajes no muy elaborados ya que la cinta tira hacia el brochazo grueso, pero en la que los ecos de cintas como Náufragos (Lifeboat, 1944) y La soga (The Rope, 1948) se dejan ver.

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Pero hay otro elemento a tener en cuenta; el “suspense hitchcockiano” tan efectivo en sus obras maestras: aquel hecho que el espectador conoce pero el personaje no, y que crea en el espectador la sensación de angustia, de temor por no poder ayudar a los personajes en peligro, elemento representado por la cuerda que sostiene el ascensor y que está a punto de romperse.

Así que no lo dudes, sube por las escaleras. Es más seguro y más sano.