ENCUENTROS EN EL ASCENSOR : CLAUSTROFOBIA (THE ELEVATOR)

Ascensor, por favor, no te pares

Los nuevos tiempos traen consigo nuevos miedos, nuevos traumas y nuevos infiernos haciendo que los antiguos desaparezcan y hayan sido superados. ¿Quién no ha tenido nunca miedo a quedarse encerrado en un ascensor? Recuerdo de pequeño que cada viaje en ese maravillo artefacto ahorra peldaños era una auténtica experiencia de riesgo. Además de ser uno de los lugares prohibidos a los que uno no podía ir sin adultos, una vez dentro, no podías acercarte a la puerta. Mirar hacia abajo era ver el vacío alejarse de tus pies. Mirar hacia arriba te acercaba al cielo o a la fatalidad a una velocidad de vértigo. El ruido estrepitoso, los botones quemados, las cuerdas que subían o bajaban, la foto de la mujer con falda cogiendo de la mano al niño. En las pelis de Tarzán el ascensor era elevado gracias a unos simpáticos elefantes; estos, los de mi infancia, eran modernos.

Había leyendas urbanas que decían que un tipo había metido el pie y se lo habían amputado. El pie nunca llegó a aparecer. Decían que si de golpe el ascensor caía en un vuelo sin motor tenías que saltar para así vencer la fuerza de la gravedad y no quedar triturado en las profundidades. Pero sin duda el miedo más común y angustiante era quedarte encerrado en el ascensor: sin móviles, sin teléfonos de emergencia, únicamente contando con la buena voluntad de los vecinos salvadores, los gritos de auxilio en la noche, luchando contra la claustrofobia. Explicaba mi madre que estando embarazada de mis dos hermanas gemelas se quedó encerrada durante dos horas en el ascensor en pleno mes de agosto, nadie aparecía, nadie solicitaba el ascensor, la mitad del vecindario en la playa, la otra mitad en los pueblos de vacaciones, y los pocos que quedaban, estaban trabajando o en el bar. Hace años que no he vuelto a escuchar esta historia pero sé que fue una experiencia horrorosa…

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Ese miedo, esa angustia, el terror a los espacios cerrados, a la impotencia y a la desesperación por el aislamiento que se respiraba en mi infancia, es el motor de la tv movie americana Claustrofobia (The Elevator, 1974, Jerry Jameson) que juega de manera inteligente con varios elementos extraídos de dos de los géneros más de moda en los sesenta y los aún recientes setenta. Por un lado se acerca tímidamente, debido a la notoria falta de recursos, al cine de catástrofes que los setenta explotaron. Utilizando como referencia El coloso en llamas (Towering Inferno, 1974, John Guillermin) aprovecha algunas situaciones: un rascacielos moderno como elemento terrorífico, la tecnología como un enemigo del hombre y la avaricia de los empresarios que deciden ponerlo en marcha a pesar de carencias de seguridad. Tampoco se le escapará otro de los factores claves de este subgénero: la aparición de viejas estrellas en el reparto.

 

Myrna Loy y Teresa Russel, de madre a hija a prisioneras en el rascacielos

El reparto cuenta con caras conocidas de la televisión de la época como un joven James Farentino y el siempre inquietante y ambiguo Roddy Mcdowall; pero el apartado de viejas estrellas rutilantes lo forman Myrna Loy y Teresa Rusell que casi treinta años antes habían coincidido en uno de los mejores dramas bélicos realizados, Los mejores años de nuestras vidas (The Best Years of Ours Lives, 1946, William Wyler). En aquella historia sobre el regreso a su ciudad natal de unos soldados tras la segunda guerra mundial, as dos actrices interpretaban a una madre e hija respectivamente que veían como sus vidas se alteraban por el regreso de estos hombres traumatizados, sin presente, sin futuro. En esta ocasión, con un aspecto físico que las acercaría más a hermanas ven como su futuro pende de un hilo, de un cable que por momentos parece resquebrajarse. Sinceramente adorables, encantadoras y todavía enormemente bellas, cada una a su manera.

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El primer encuentro entre Jerry Jameson y James Farentino

Ya he escrito en este blog acerca de mi debilidad por la tv movie La araña roja (1988), dirigida por Jerry Jameson e interpretada también por Farentino al igual que The Elevator. Más de una década antes mis dos queridos amigos se unían por primera vez para deleitar a aquellos espectadores que el sábado por noche decidían quedarse en casa y ver la tele. La realización de Jameson es efectiva y muy decente teniendo en cuenta la falta de medios. Pero antes me había dejado una de las claras influencias de la película por explicar. La primera es el cine de catástrofes y la segunda, que atañe directamente al estilo de Jameson, es el cine de intriga del maestro Alfred Hitchcock. En el momento de la realización de este telefilme, Hitch todavía estaba en activo; sus últimas obras maestras eran todavía recientes y ya eran influencia, moda, herencia. La película juega con el elemento de varios personajes encerrados en una situación sin salida, ciertamente con un desarrollo psicológico de los personajes no muy elaborados ya que la cinta tira hacia el brochazo grueso, pero en la que los ecos de cintas como Náufragos (Lifeboat, 1944) y La soga (The Rope, 1948) se dejan ver.

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Pero hay otro elemento a tener en cuenta; el “suspense hitchcockiano” tan efectivo en sus obras maestras: aquel hecho que el espectador conoce pero el personaje no, y que crea en el espectador la sensación de angustia, de temor por no poder ayudar a los personajes en peligro, elemento representado por la cuerda que sostiene el ascensor y que está a punto de romperse.

Así que no lo dudes, sube por las escaleras. Es más seguro y más sano.

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