LAS PESADILLAS DE TOBE HOOPER; LO QUE PUEDE VER Y CÓMO.

Este último domingo del mes de agosto de 2017 ha fallecido el cineasta tejano Tobe Hooper. Es en Texas donde suceden algunas de sus primeras películas y es allí donde su leyenda como uno de los mejores creadores de pesadillas se ha forjado. Maestro del arte de contar historias de terror, creador de formas que despiertan en tu alma los temores más genuinos, ha instigado a muchos niños a asomarse a la ventana que muestra los miedos más profundos. Pesadillas en formas de bizarras familias caníbales, gigantes con sierras eléctricas y máscaras de piel humana, circos grotescos que tienen algo más que diversión,  vampiros que piden entrar a través de tu ventana y extraterrestres en formas de curvas de mujer. Un legado extenso, siempre con el deseo de renovar la forma más primitiva de la raíz de nuestras pesadillas.

Desde pequeño siempre tuve miedo. Miedo a lo desconocido, al monstruo que se escondía en el armario, a la sombra de araña gigante que bajaba a través de la ventana del patio de luces, al hilo de la madeja que salía por debajo del sofá, al eco del sonido de pasos y voces lejanas que escuchaba del fondo de la bañera llena de agua y jabón. Y también de las imágenes de películas de terror de la televisión. Primero fue la transformación de Michael Jackson en vampiro en el videoclip “Thriller”, después las cucarachas saliendo del cuerpo de un hombre en “Creepshow” y al final el anuncio de la emisión de “Salem´s Lot” en TVE 1. David Soul, valiente y aterrorizado, se defendía de un espantoso vampiro que pedía a su hermano entrar a través de la ventana. Aquellas imágenes que iban a satisfacer mi deseo de enfrentarme a mis miedos más profundos, estaban a punto de comenzar, rombos en la parte superior de televisión y un mensaje claro y contundente: a la cama, esto es para mayores. Aquella prohibición paterna, una más en la lista de jardines a los que no entrar, no sólo fue una decepción, sino que alimentó más mi fantasía. Aquella noche, un gran rombo con colmillos ensangrentados hizo sombra toda la noche en la ventana de mi habitación pidiéndome entrar. Algo grande había sucedido aquella noche en el televisor de mi casa y mis compañeros de clase así me lo hicieron saber a la mañana siguiente mientras dábamos muerte, nunca mejor dicho, a nuestros bocadillos de paté. Seguramente mis padres hicieron lo correcto aquel septiembre del 85.

Pero Tobe Hooper todavía tenía una sorpresa que darme, un regalo que ofrecer en forma de llamada en la televisión. La 2 emitía, por primera vez, una de las películas más ansiadas por mí en febrero del 89, “La matanza de Texas”. 11 años de edad ya le permitían a uno sentarse con libertad pre teenager ante aquellas formas de horror. Mi excitación era tal durante aquel día, que tras convencer a mi padre de que aquello era lo que había que ver en familia no pude reprimir mi entusiasmo: ¡vamos a ver una de las pelis más violentas que hay, un tipo mata a chicos con una sierra eléctrica! Mi padre reaccionó enfurecido, imagino que lógicamente, ante mi deseo de gozar de aquel torbellino de violencia y el mensaje volvió a ser claro una vez más: a la cama chaval, aquí no se permiten esos comportamientos. Pero yo iba a ver “La matanza de Texas” sí o sí. Comencé a maquinar un plan. Muchos factores se pusieron a mi favor para conseguirlo: primero que mi padre decidiera ver la película, mi pasión y entusiasmo despertaron su curiosidad y no cambió de canal. Segundo que mi habitación daba justo al comedor. Entreabrí la puerta de mi habitación no más de cuatro centímetros y me senté en lo alto de la mesa de mi escritorio para, con una mano aguantar el equilibrio y no caer de la mesa y, con la otra mano, mantener esos cuatro centímetros de margen que me permitieran disfrutar de lo prohibido. Las claves eran dos: cerrar la puerta cuando mi padre fuera al baño y rezar para que no se fuera a dormir, algo habitual por otra parte.

Afortunadamente, aquel ejercicio de riesgo y desafío secreto fue un éxito y pude ver una de las mejores películas de terror de todos los tiempos, pero sobre todo pude satisfacer mis más íntimos anhelos y enfrentarme a mis miedos. Al día siguiente miraba a mi padre y pensaba: al final no era como imaginaba que iba a ser, fue mucho mejor. Todo esto no pasó en Texas, en la morada de Tobe Hooper, pero pasó cerca.

Los directores de cine mueren, las películas viven y los miedos siguen creciendo en nuestro interior.

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“CRASH”: PASAD, PASAD, DEPRAVADOS!

Por Esther Lopera

crash_2“Sí, la he visto muchas veces, pero nunca en pantallagrande”. Era la frase que repetía una y otra vez a los que me preguntaban, cuando les comentaba mi intención de escaparme de mi mundana vida el jueves por la noche, para ver “Crash” (1996) del inconmensurable David Cronenberg –Dios, para su séquito- en el Phenomena, la sala de referencia donde desde hace un par de años cinéfilos y freaks and geeks pernoctan sin ningún tipo de complejo. Nadie me lo discutió, si bien seguramente pensaban que valdría más la pena ver alguna de las nominadas a los Oscar o esperar alguna “joya” de esas que solo puede recuperar el Phenomena. Como no encontré ninguna víctima que me acompañara, me dirigí hacia allí, sola. Y lo cierto es que el hecho de ir sola me daba cierta satisfacción, pues “Crash” la vi en su momento de madrugada, cuando mis padres ya se habían ido a dormir y cuando el despertar sexual se olía en cada uno de mis poros, ávidos de esas primeras experiencias que aún estaban por llegar, o que habían llegado de forma frágil. Un despertar adolescente naíf que el cine se había encargado de potenciar gracias a films románticos visionados repetidas veces como “La Princesa Prometida” (Rob Reiner, 1987).  Recordaba ese momento, en cómo “Crash” me había impactado en 1996 y en cómo había tergiversado de un plumazo mi forma de ver la sensualidad, el deseo y el placer a lo desconocido.

Ese pensamiento me llevó hasta la puerta del cine, ensimismada hasta tal punto de que no me percaté que había llegado 35 minutos antes de la proyección, lo que me dio tiempo a contar, una y otra vez, las 15 personas que estábamos esperando a ver la obra del maestro del horror corporal. Mientras hacíamos cola, el señor que rompe tu entradita con cariñocine-phenomena-644x362 nos dirigía hacia la entrada, con una bonita frase de bienvenida: “ya podéis pasar, depravados”. La noche prometía.

Escogí un asiento central, tenía donde escoger y podía estar a mis anchas. Magnífico. Mientras empezaba a ponerme cómoda y me invadía cierto nerviosismo quinceañero, un señor cano de avanzada edad, de aspecto delgado y algo sombrío se sentaba sin pudor a mi lado, a pesar de tener 30 butacas libres en la misma fila. Arrugué la nariz en un gesto nervioso y no controlado, y al segundo moví la cabeza hacia un lado bruscamente, como una animación manga, repitiéndome para mis adentros que ese detalle no se iba a interponer entre la fantasía de Cronenberg y la mía. Y así fue. Se abrieron las cortinillas rojas, y los créditos iniciales empezaron a atacar mis ojos, con esa técnica de postproducción tan noventera que provoca el movimiento frenético de cada título. Títulos que muestran abolladuras y roces en el metal frío y que afirman inequívocamente que la película que estás a punto de ver no va a ser como las de su generación. Será l’enfant terrible de la clase, la que marcará la diferencia, la outsider, la censurada y la que jamás alcanzará la aceptación de las masas, pero también la que marcará un hito, convirtiéndose en la película de culto más interesante de los últimos años. Y ya van 21.

Tras los créditos iniciales, esa banda sonora que te atrapa y te hipnotiza, creada por Howard Shore, habitual de los films del director, junto al primer travelling que muestra una provocadora escena de sexo de la brillante Deborah Kara Unger interpretando a Catherine. Sí, yo también estoy fascinada mirando su cuerpo. Poco después aparecía James Spader como James Ballard y avanza el film con el accidente que cambiará sus vidas, tanto como pareja (ya de por sí, bastante torcida) como individuos. Empieza la pesadilla: hospitales, cicatrices, mutaciones y más accidentes. Sexo en coches destrozados, crash_1autopistas llenas de tráfico y carreras peligrosas, además de una serie de personajes alejados de la sociedad, desviados sexuales con deseos irrefrenables. Deseos extraños que Cronenberg perpetra en tu mente y en tu cuerpo, sin ningún tipo de compasión.

Mientras maldecía sonriendo a Cronenberg, recordaba que James Graham Ballard es el autor de la novela homónima en que se basa el film. El tándem Cronenberg-Ballard funciona de manera explosiva, como el complejo binomio del placer y el dolor. Ya lo decía el propio Ballard: “Crash es una historia de género apocalíptico, donde el sadomasoquismo y la obsesión por el sexo y la tecnología automovilística se mezclan de una forma obsesiva e insana”. Pecata minuta para nuestro Cronenberg, quien además dota de realismo la historia, poniendo sobre la mesa muchas de las filias que la humanidad esconde: la fascinación por las heridas y cicatrices, el morbo de ver en primera línea un accidente, la búsqueda del placer extremo, la atracción por lo deforme, el dolor y la muerte como fuente de excitación y las máquinas como método de la perfección humana.

La película avanzaba y mi inesperado amigo abandonaba la sala, quizás decepcionado por no haber cumplido sus expectativas, quizás porque había visto una llamada perdida de su mujer. Lo cierto es que ya poco me importaba. Estaba sumida en el universo de “Crash”, que estaba impactándome como la primera vez, si no más. Las imágenes continuaban ametrallándome el cerebro y mi cuerpo volvía a sentirse como aquél día: extraño y revuelto. James Spader seguía manteniendo esa virilidad frágil que me había enamorado en los 90; Holly Hunter seguía inquietándome con ese peinado que –sorpresa- a mis 40 llevaba yo; y Rosanna Arquette se me antojaba, nuevamente, deliciosamente sensual, con sus piernas de hierro cicatrizadas. Jamás me gustó Vaughan, el personaje morboso que excita a todos, y volvía a repugnarme su palidez oscura. El rechazo que me producía demostraba la fértil actuación de Elias Koteas.

Tras las secuencias placenteramente incómodas que suman el desenlace del film, llegó a su escena final, con esa cámara que va abriendo el plano del último accidente de la pareja protagonista, representado como un cuadro de Francis Bacon: postura retorcida para dos personas en colisión, sedientas de violencia y sexo. Mientras aparecen los créditos finales, me reincorporo en el asiento, aún con la boca entreabierta y el cuerpo compungido. No quiero mirar a nadie, mucho menos hablar. Me levanto y me voy antes de que enciendan las luces. Este es mi momento y de nadie más. Mientras vuelvo a casa, repasando cada una de las imágenes y diálogos solo me viene una frase a la cabeza: “es un milagro que no haya crecido como una depravada”. Seguida de una duda existencial.

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EL VERDADERO AMOR DE SLY

Mucho se ha hablado y se ha escrito sobre ellos, por supuesto fueron noticia. Ni tu ni yo podemos recordarlo ya que estábamos pendientes de muchas otras cosas. No demasiadas para ser sinceros; pero si lo suficientemente intensas como para dilapidar tardes y embellecer atardeceres. ¿Qué es una puesta de sol? ¿Por dónde sale el sol? ¿Qué quiere decir que me quieres? Preguntas así delante de espejos deformantes. No eran más que dulces comentarios para Brigitte cada vez que Sly le decía: “Se acabaron las vacaciones “sweet heart”, tenemos que volver a LA”. Tras ese comentario, siempre en voz alta, no había más remedio que dejar Ibiza atrás. Tú y yo tampoco sabíamos que era una puesta de sol. En Dinamarca nunca se ponía el sol y en nuestro patio, lleno de latas oxidadas, repleta de macetas con flores de plástico y botijos calientes nunca aparecía la luna.

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Siempre evitando cualquier respuesta que le pudiera delatar, Sly enfrentaba uno de los episodios más exitosos de su meteórica carrera. El mejor pagado, el más musculoso, el más carismático, el más americano el más querido por Reagan. La sangre italiana corre por sus venas, a mil por hora como los deportivos por la quinta avenida en volandas de la desatada pasión. Nada mejor para calmarlo que el congelado abrazo polar. El amor llegó del frío en forma de estatua, con formas de escultura escandinava. Rumores, son rumores. Duelen más que las balas y que los puñetazos, saltos sin red.

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El amor vino del frío, y la lujuria y la tentación iban tras él, tras el frío también. Y antes que Sly el frío ya lo había probado Arnie, en forma de traición a los Kennedy, puede que la primera. No recuerdo nada de El guerrero rojo, tan solo que Brigitte tenía el pelo muy rojo y que era bellísima. Arnie tenía el pelo largo, no era Conan. ¿Cómo se hace la mermelada? ¿Quién decide dar el primer beso? Todo eso le preguntaba Brigitte a Arnie. Éste, que quería gobernar la región y conquistar el trono no podía más que mirar de reojo y susurrarle al oído: “Si pudiera te llevaría a Ibiza, y te explicaría que es una puesta de sol como las que solo hay en Austria”. Y follaron mucho, tanto que rompieron el silencio y tuvieron que repetir la toma. Richard tan cansado, tan mayor, intentaba mantener el equilibrio en la puesta en escena cinemascopada, alargada, como las espadas, como las piernas de Brigitte. ¿Cómo se lava la ropa a la orilla del río? ¿Triunfaré yo en Hollywood? Richard la miraba a la altura de los ojos, sereno, respetuoso, le quitó un pelo oscuro, largo y liso de la frente y le dijo cariñosamente: “Estoy muy orgulloso de ti, sigue trabajando así y todos hablarán de ti”. Fin de rodaje. Fiesta.

¿QUIÉN DICE QUE NO A NEVE CAMPBELL?

Dejo la soleada y cálida California, abandono la costa oeste. Ha sido un viaje inútil y estéril, o esa sensación me acompaña durante el viaje de vuelta. Otro viaje más en primera, otro viaje más en avión, fumar, beber, dormir, recordar… Con una mentira más grande que mi última resaca me planté en Hollywood, con la misma mentira y con la desazón del sueño que se escapa entre mis dedos como el humo de mi Lucky Strike regreso a Nueva York; frío, soledad, mi última botella, mi primer bar.

Algo está cambiando en Don Draper en la última temporada de Mad Men, la ira, la desesperación interior, el miedo, la conexión íntima y eterna con el abismo que se esconde tras el precipicio que cierra la cartela de entrada no han desaparecido, nunca lo harán. Siguen ahí, latentes, pero ha cambiado el objeto que anestesiaba y calmaba su ansiedad. La mujer, víctima y beneficiaria de su estabilidad y también de su errático rumbo ha dejado de ser el primer blanco de sus balas perdidas. Quiere ser esposo, quiere ser padre, quiere recuperar el respeto, quiere recuperar la autoestima.

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En el ansiado (al menos para mí) primer capítulo de la séptima temporada titulado Time Zone (Scott Hornbacher, 2014), el personaje interpretado por Jon Hamm, vuela de regreso a Nueva York desde Los Ángeles, a su lado, como compañera de viaje tiene a Lee Calbot, que interpreta una Neve Campbell reposadamente madura, con aplomo de mujer fuerte, convencida y serena. Don Draper que sufre las turbulencias de no acabar de comprender los mecanismos que llevan su vida al más grande precipicio que jamás se haya encontrado, tiene ante sus garras la presa perfecta. Tiene la oportunidad de mancillar la más preciada de las rosas del jardín.

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Neve Campbell, desde hace años una mujer, y una abnegada viuda, comprensiva y cariñosa en su papel en Time Zones, nunca dejará de emanar esa fragancia de mujer intocable, de virginal adolescente, luchando por mantener su integridad. Cuidando de que su mejor secreto permanezca intacto, esperando quién sabe si a su príncipe azul o a su amante verdugo. Su cuerpo tan delicado pero de apariencia fuerte y tosco atrae los manoseos de sus novios primerizos, pero ella, que tiene un lado oscuro que cualquier psychokiller en potencia vería a diez mil leguas, acaba sucumbiendo ante el horror de aquellos que si bien no pueden abrir el cofre de sus más íntimos tesoros, al menos harán lo posible por destruirlo. Así novios que acaban siendo asesinos en la saga de Scream luchan por acariciar su cuerpo, primero con sus manos, finalmente con sus afilados cuchillos. ¿Por qué ella no puede sucumbir de la misma manera que sus amigas al placer del descubrimiento carnal? Sí, es la heroína que hereda la pureza, fragilidad y fuerza de las scream Queens de los ochenta, pero los tiempos han cambiado, ahora todo va más rápido, y Sidney Presscot/Neve Campbell se pregunta cuando podrá dejar atrás sus miedos y rendirse, por fin, a los brazos del hombre al que desea, del amante que espera en cualquier rincón: en el metro, en la oficina del trabajo, a su lado en un vuelo de regreso a la gran manzana.

Recuerdo mi primera novia, cuando en un ejercicio que rememoraba al James Stewart en Vértigo, la miraba y me recordaba tanto a Neve Campbell que no sabía si veía las películas de Neve porque estaba enamorado de Núria o si buscaba en su compañía, su rostro y sus besos aquellas historias que nunca dejarían de suceder en la pantalla. Eternas en el lienzo cinematográfico pero inútiles en nuestros infinitos paseos, cafés con cigarrillos y largos besos en bancos, en parques, en portales. Pero como Neve Campbell, el diamante escondido al principio de la espiral no estaba destinado al primer novio que le prometiera poemas inacabados. No iba yo a cruzar la línea de tiza escrita en la pared , nunca sería el primero en hacer el amor con Núria.

Por eso Neve, aunque creciera a marchas forzadas y quisiera demostrar que había libertad en el fondo de su alma, papeles en películas como Studio 54 (54, Mark Christopher, 1998) y Juegos Salvajes (Wild Things, John McNaughton, 1998) no hacían olvidar la imagen inocente y sagrada de eterna virgen; da igual embullirse en la más loca y salvaje noche de Manhattan a principios de los ochenta, que participar en el más disparatado y loco juego de ambición y engaños, en uno de los últimos thrillers sexuales de los noventa. Da igual, Neve siempre suscita ternura, dulce adoración.

Cuando Don la mira y le sonríe, ella que ha sufrido la pena del dolor por la pérdida y es ya una mujer, con un pasado, comprensiva sin perder la fragilidad, atrevida sin perder la compostura, consigue que Don se sincere, desnude su alma y se ponga a  si mismo entre la espada y la pared, ante la pregunta que llevaba tiempo intentando formular aunque sin respuesta. Al despertar el nuevo día y cuando las horas han acomodado la cabeza de ella en el hombro de él, Neve, madura y consciente de creer su nueva realidad invita a Don a que la acompañe en su coche. Don contesta que no, le espera su trabajo, su evitada realidad.

Neve, perpleja, no entiende por qué no puede quitarse de encima la sombra de Sidney Presscot, dejar atrás la imagen de criatura angelical y saltar al lado más salvaje de su nueva vida.  Ni siquiera el más peligroso de sus enemigos masculinos es capaz de ensuciar el más blanco de sus vestidos. ¿Quién dice que no a Neve Campbell? Don Draper puede, yo, también pude.

ONLY VAN DAMME FORGIVES

 “La venganza es una pasión irresistible….pero muy peligrosa”. Esta contundente frase acompañaba el desafiante póster de Kickboxer (Mark Disalle y David Worth, 1989), una de las películas más emblemáticas y memorables protagonizadas por Jean Claude Van Damme: puro músculo y energía, simpatía, guapura, elasticidad interminable y gran esfuerzo interpretativo. Van Damme sonríe, grita, llora, suplica, lanza miradas de complicidad, odio y súplica, enamora y se deja enamorar, llevando al límite sus capacidades actorales, desfiando cualquier norma interpretativa y manual de gestualidad. Y en parte sale airoso del reto, porque aunque parezca imposible, consigue que nos olvidemos de que él es el mejor luchador que existe, y que necesita que le enseñen a luchar, es más, seguimos cada lección aprendida como un nuevo mérito adquirido: ahí está su gran logro como actor.

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Kickboxer es la historia de un campeón de kicboxing que queda paralítico tras su combate contra Tong Po en Tailandia, su hermano pequeño aprenderá el arte del kickboxing buscando vengarse en un cuadrilátero.

La venganza también sirve como motor para la última película de Nicolas Winding Refn Only God Forgives (2013),  y también sirve como estímulo, forzado por las circunstancias, para el trabajo interpretativo de Ryan Gosling.  Dos hermanos y una venganza. Las primeras imágenes de Only God Forgives nos llevan a un gimnasio de kickboxing que es regentado por Gosling y su hermano, como si los personajes de Kickboxer, los hermanos Kurt y Eric Sloane se hubieran quedado a vivir en Tailandia después del combate final y la leyenda les hubiera permitido convertirse en maestros del muay thai. En esta ocasión la que sería la tara física del hermano de Van Damme se convierte en una desviación sexual: el hermano de Gosling también tiene predilección por las putas (en Kickboxer nada más comenzar la película Eric Sloane subía una a su apartamento), aunque a este le gustan menores de edad y rajarlas, Jack el destripador en Bangkok.

ColoresAbriendose de patitas

Vs Tong PoLuchando

La venganza se traduce en una espiral de violencia, que de forma indiscriminada va saltando de un bando a otro, de una familia a otra, eliminando personajes de forma sistemática. Gosling que parece que ha aparcado el coche y la chaqueta plateada con el escorpión de Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) en el asiento de atrás no responde a los estímulos que se le van presentando. La apuesta es más radical todavía. Asesinato de su hermano= rostro impenetrable de Goslilng, su madre no para de decirle que literalmente no sirve para nada= rostro impenetrable de Gosling, asesinato de su madre= rostro impenetrable de Gosling. La puesta en escena es fría y distante, los planos/contraplanos son matemáticamente exactos,  las miradas encajan perfectamente, tanto que serían aprobadas por Kubrick. La noche reina y la oscuridad envuelve a los personajes en pasillos, clubs de karaoke, peceras de prostitutas y pasarelas con forzudos asiáticos posando. El horror asoma en las verdes noches, filmadas con belleza en sucios exteriores, y la muerte se filtra en interiores de colores ámbar dorados y rojos intensos. Nadie ríe, casi nadie llora, todos empuñan el arma y no dudan en matar. Dentro del este esquemático juego de títeres y marionetas, Kristin Scott Thomas sobresale como una actriz exagerada y fantástica a la vez, parece la más humana y la más guionizada de todos los personajes. A ella le toca el áspero y sucio trabajo de dar información, de darle sentido narrativo a la tragedia griega que compone todo el engranaje. Es como si le hubieran robado un personaje de la mente a Pedro Almodóvar: imagino a Pedro de pequeño; cuando se portaba mal le decían que le iban a cortar las manos, que es lo que hacen en algunos países tercermundistas. Mi madre también me lo decía a mi, y yo le creí. La motivación para Pedro no vendría por parte del personaje de Gosling sino de la madre, la auténtica reina de la función que sería interpretada por Marisa Paredes: todo por su madre.

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Van Damme sigue con su titánico esfuerzo de hacernos creer que no sabe pelear y que cada día es un nuevo descubrimento para él, consigue atrapar los peces con su mano debajo del agua y pelear a ciegas en el templo abandonado sintiendo la energía de los viejos guerreros tailandeses. Y por el camino nos regala su gran tour de force interpretativo: la secuencia en la que baila borracho en la taberna, entrañablemente ridículo, su sinceridad es aplastante, su honestidad es embriagadora, no hay mejor forma de combinar tantos elementos a la vez: borrachera, seducción, baile ochentero y pelea de bar.

Por su parte, Gosling fracasa al emular a Van Damme: golpea a traición a uno de los tipos que ni siquiera le molestan en el pub en un arrebato de violencia instantánea que parece sacado de la secuencia del ascensor de Drive, y cuando tiene la oportunidad de pelear contra el policía psicópata con katana en el cuadrilátero es incapaz de conectar un solo golpe a su enemigo, pierde el combate y es ridiculizado a ojos de todos. Al igual que Van Damme quiere triunfar de forma honrada, con reglas y con testigos, pero para eso hay que entrenarse duro, ser alumno y no maestro. En cambio, prefiere seguir soñando como lo hacía en Drive, aunque con miedo; miedo a hacer cosas malas y que te corten las manos por ello.

Van Damme, en cambio vence a Tong Po, quizás porqué realmente si sabía luchar.

PESADILLAS AL VOLANTE DEL SUEÑO AMERICANO

Un plano subjetivo de una carretera, en el que se sucede una línea discontinua iluminada en la noche por los faros de un coche.

Drive en la carreteraCarretera perdida

El sueño en el cine americano en muchas ocasiones se materializa mediante un recorrido, una distancia que separa dos puntos cuyo trayecto es tan o más importante que el propio destino. La transformación del paisaje y del personaje a través de un camino que implica aventura, emoción, descubrimiento: la conquista del nuevo mundo.

Este recorrido aparece en muchos de los westerns a lo largo de la historia del género: la construcción del ferrocarril en El caballo de hierro (The iron horse, John Ford 1924), el transporte del ganado de una región a otra en Rio rojo (Red river, Howard Hawks 1948) y el viaje de un poblado entero de familias en búsqueda de una tierra más fértil en Carava de paz (Waggon Master, John Ford, 1950). En todos estos viajes el sueño americano toma la forma de un camino hacia la tierra de las oportunidades.

driveEn el cine moderno, o mejor dicho en las películas que reflejan una época moderna que podríamos situar entre el fin de la Gran Depresión y la actualidad, los viajes ya no se realizan en caravanas empujadas por caballos sino en majestuosos coches que simbolizan el sueño americano al alcance de cualquier hombre. Los caminos entre valles orientados por las puestas de sol son ahora a través de interminables carreteras asfaltadas en dos direcciones que guían como si de un camino de baldosas amarillas se tratara, a los protagonistas de nuestras más emocionantes aventuras: existe el sueño, existe la carretera, existe el western y nace la road movie.

Drive (Nicholas Winding Refn, 2001) se convirtió en una auténtica película de culto incluso antes de llegar a las salas de cine: es un fantástico ejemplo de cómo el posmodernismo recicla materiales que fluctúan entre la tradición del cine clásico americano y las vanguardias que van desde la poética turbadora del cine de Jean Epstein al onírico y malsano universo de David Lynch.

Drive continúa la tradición de todo un género de películas en las que el coche simboliza el sueño americano en varios de sus ángulos.  El personaje de Ryan Gosling es un hábil conductor y trabaja de mecánico como uno de los personajes de Carretera asfaltada en dos direcciones (Two-Lane Blactop, Monte Hellman, 1971), también se prepara para ser piloto de competición como lo había sido el personaje de Punto límite: Cero (Vanishing point, Richard C. Sarafian, 1971), y otro de los trabajos que emplea es el de especialista para cine conduciendo coches como varios de los protagonistas de Death Proof (Quentin Tarantino, 2007).  Sin olvidar por supuesto la gran actividad del personaje de Drive y que sirve como homenaje directo a Driver (Walter Hill, 1978), que es la de experto conductor del coche en el que huyen los atracadores tras cometer un robo.

 

Vanishing pointDriver

Todas estas películas muestran valores que podemos asociar  al sueño americano: la individualidad, los grandes espacios, la búsqueda de la libertad y de uno mismo, pero por otra parte también muestran su reverso: el continuo riesgo y peligro de muerte que conlleva el propio sueño, la fragilidad de los más débiles, la impotencia e incapacidad del individuo ante las grandes corporaciones o la ley.

El protagonista de Drive es el perfecto, o no tan perfecto, ejemplo del buen samaritano: el ejemplar ciudadano americano dispuesto a volcarse para ayudar a la sociedad, sobre todo cuando la injusticia se ceba en los más débiles, esto es principalmente la mujer sola (separada, divorciada, viuda, no del todo satisfecha) con hijos al cargo y que necesita de la protección de un hombre. Carga sexual implícita, el buen samaritano dejará a un lado sus pulsiones sexuales para hacer de maravilloso esposo defendiendo a la familia desestructurada y anteriormente rota, ahora unida. Pero los ojos de este samaritano no mienten ya que nuestro héroe, que procede de un lugar misterioso  sabe que acabará huyendo otra vez: la pasión, el odio, el deseo permanecen en cada mirada, en cada gesto y se mezclan con la dulzura y los juegos que arropan a los hijos de la mujer sola.

Este esquema narrativo estaba ya presente en dos de los westerns más importantes de la historia: Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953) y en El jinete pálido (Pale rider, Clint Eastwood, 1985), ambas a su manera nos muestran un personaje solitario, con un pasado sombrío y misterioso, capaz de ayudar a los más necesitados pero con un una ira y una rabia interior latente, esperando la oportunidad para explotar en un arrebato de violencia. Más recientemente en otro western moderno como Sin escape (Ganar o morir) (Nowhere to run, Robert Harmon, 1993) utilizaba la misma excusa para plantear su historia.

Pale riderShane

Me parece interesante esta combinación entre el sueño americano y el buen samaritano que se trabaja en Drive. En Drive el sueño americano no se materializa en grandes recorridos a pesar de que el coche se convierte en un elemento primordial casi obsesivo: el protagonista tiene cuatro empleos todos relacionados con el automóvil. Todos los recorridos en Drive son cortos pero marcan profundamente a nuestro protagonista y a su devenir: por una parte hay recorridos que nos emplazan a momentos de felicidad como cuando trabaja en el rodaje de una película y cuando pasea con el personaje de Irene y su hijo. En cambio los recorridos tras el robo y la posterior venganza contra el mafioso Nino nos muestran su reverso, se convierten en pesadilla. Los trayectos en Drive no solo son breves, sino que tienen la apariencia de ser mentales, viajes interiores a recónditos espacios donde el deseo florece y el odio y la violencia aguardan su oportunidad, como si estuviésemos ante una road movie interior.

Idílico momentoEncadena al niño dormido

En este punto donde reside la parte más sugerente e interesante de la película: el aire de sueño convertido en pesadilla. Varias de las secuencias de la película tienen un tono onírico como si fueran soñadas o imaginadas por nuestro protagonista. Una de ellas es la secuencia del paseo antes comentado con Irene, en la que tanto la planificación, como la luz empleada, el río en el que pasean y la banda sonora hacen de la secuencia una especia de videoclip romántico e ideal. La secuencia por otra parte que refleja de manera más claramente este tono pesadillesco es el momento en el que tras el robo, el conductor habla con su jefe en el taller, se preguntan quién será realmente Chris, y en ese instante vemos un largo encadenado: a la izquierda del plano el rostro del conductor pensativo con la mirada perdida, a la derecha del plano la imagen de un pasillo oscuro y a la vez elegante, con una bella mujer que habla por teléfono, en su encuentro le pregunta por Cook, como si ya supiera quien realmente es Chris. A partir de este momento se desata una espiral de violencia magníficamente orquestada y ejecutada que pone de manifiesto toda la ira contenida de nuestro protagonista. Esta entrada a la guarida del maleante representada mediante un plano cenital, nos recuerda la entrada del desquiciado Robert de Niro en Taxi Driver (Martin Socorsese, 1976), en otro momento entre alucinado y soñado, el antihéroe soñando ser héroe. Y por último tenemos la secuencia del ascensor en la que el conductor besa apasionadamente a Irene, mostrando por primera vez su auténtico deseo hacia ella para un instante después matar violentamente a uno de los asesinos que le persigue y está con ellos en el ascensor. ¿Beso soñado? ¿Violenta muerte soñada? ¿Todo soñado?

Es como si al igual que el protagonista de Vanishing point o el Eastwood de El jinete pálido, el conductor fuera un fantasma que aparece de la nada y durante unos instantes vemos sus recuerdos, sus anhelos, sus deseos, para luego abandonarnos de nuevo en la carretera y huir en la oscura noche asfaltada.

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Un plano subjetivo de una carretera, en el que se sucede una línea discontinua iluminada en la noche por los faros de un coche: este el plano con el que comienza y termina Carretera perdida (Lost Highway, David Lynch, 1997), y ese mismo plano esta vez con un escorzo del conductor es el plano con el que termina Drive. En ambas películas encontramos a dos personajes que huyen de su realidad imaginando otra vida  y otra identidad, y en la que el coche y la carretera se transforma en un dispositivo de huida. Dos personajes que, incapaces de asumir su fracaso, su incapacidad e impotencia afectiva imaginan o sueñan un rol que les acerque a la confirmación de la pareja que desean. En la película de Lynch la canción Deranged de David Bowie que acompaña el inicio transmite de forma literal la perturbación, locura y desquicie del protagonista al igual que en Drive,  el tema Real Hero de College & Electric Youth, y su estrofa “real human being, and a real hero”,  también nos habla claramente del deseo de su protagonista: ser un ser un humano real y un auténtico héroe, al menos en su imaginación.

Tras el estrepitoso fracaso emocional y afectivo, el sueño americano se convierte en pesadilla, y entonces solo queda el coche, la carretera y la huida, de la misma manera en la que todo comenzó.

FLASHBACKS AL CAPRI

Los mil y un referentes de Oblivion  y mis primeros recuerdos en el cine.

Este pasado fin de semana fui al Cine Capri del Prat de Llobregat a ver Oblivion (Joseph Kosinski, 2013).  Antes de entrar a la sala, Mercè, la dueña del cine tras venderme la entrada me avisa de que se trata de una película con muchas referencias a otros filmes y cita dos: la saga de La Guerra de las Galaxias y 2001 y Una Odisea en el Espacio (2001: A Space Odissey, Stanley Kibrick, 1968).

Entro en la sala, me acomodo en mi habitual butaca y pienso: ¡voy a ver una película en el Capri! Comienza la sesión. Efectivamente Mercè tenía razón, la película está plagada de referencias, tantas que me va a costar poder enumerarlas todas: las primeras imágenes en blanco y negro con una evocadora voz en off que reflexionan sobre el tiempo, los recuerdos y los sueños me recuerdan a La jetté (Chris Marker, 1962); el paisaje arenoso y desértico que enmarca la historia en su mayor parte de metraje parecen los mismos Tom y Obliviondesiertos de la saga de La Guerra de las Galaxias; el aislamiento que sufre tanto el personaje de Tom Cruise como su compañera en una especie de nave flotante que a su vez parece un chalet de último diseño, así como el adormecido ritmo narrativo de su primera media hora nos transportan tanto a cualquiera de las dos versiones de Solaris (Andrei Tarkowsky, 1972 y Steven Soderbergh 2002), como al universo que Duncan Jones nos enseña en Moon (2009). Estas tres películas volverán de nuevo a mi mente cuando la trama se complica y aparece el tema del doble, las réplicas, o exactamente los clones, su valor, función y el papel que pueden desempeñar en una posible y futura (anti)sociedad distópica. Y a mi mente vienen imágenes de La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of body snatchers, Don Siegel, 1956) y del  posterior remake de Philip Kaufman La invasión de los ultracuerpos (Invasion of body snatchers, 1978), y por unos instantes leo en la película otra reflexión sobre la alienación del individuo y el poder represor de la sociedad, y pienso de qué manera habría sido interpretada si se hubiera estrenado en los años cincuenta, ya que puede interpretarse como una denuncia de los peligros del comunismo y de la lucha del auténtico ser humano (el auténtico americano) por conservar y recuperar la tierra (por USA representado en una devastada Nueva York) que ya no está en su control. Pero también hay elementos de la puesta en escena que me recuerdan a Mad Max (George Miller, 1979), Brazil (Terry Gilliam, 1985)….

Cine CapriCine capri ahora

Y con todo este bombardeo de referencias, de planos y de motivos visuales que me recuerdan a otras películas levanto la vista de la pantalla, miro a mi alrededor y entonces son otros motivos visuales y otras imágenes las que vienen a mi cabeza. Empiezo a recordar que algunas de las imágenes que me evoca Oblivion las he visto en esa misma sala, en esa misma pantalla. Y entro en una dinámica de flashbacks temporales que me trasladan a diferentes momentos de mi vida sin moverme del sitio, pero sobretodo me llevan a mis primeros recuerdos relacionados con el cine.

 

La sala del Capri.Proyectores del Capri

Llegados a este punto mi posible decepción por la calidad de la película y que ha durado unos minutos ha desaparecido por completo y se ve recompensada no solo por el simple hecho de ver la película, sino de verla en este fabuloso cine. Mis primeros recuerdos relacionados con el cine están asociados al Capri, es la sala en la que he aprendido a amar el cine y en la que he crecido como persona y como espectador. Primero como el niño que se sorprende y queda fascinado con su nuevo juguete, después como adolescente que vive nuevas experiencias acompañado por amigos y novias, más tarde como joven y solitario cinéfilo, estudiante de cine que sueña con hacer algo relacionado con él; y ahora de nuevo como nostálgico espectador que asombrado por poder seguir disfrutando del mismo placer semana tras semana, regresa al útero cinematográfico que supone volver a sentarse en la misma sala y repetir una rutina sagrada: saludar y charlar sobre la película que vas a ver con los dueños del cine mientras compras la entrada, el mismo acomodador de siempre que rompe tu entrada, subir al bar a comprar un refresco y caramelos, ir a mi butaca favorita y sentarme, respirar el inconfundible olor de la sala, las luces laterales en formas fichas del dominó tan setenteras  se van apagando poco a poco, la sala a está a oscuras exceptuando los bordes de la pantalla iluminados en rojo y.. comienza la película.

 

Muñeco diabólicoLos bárbaros

Y ya estamos llegando al final de Oblivion, y el último tramo de la película no va a ser menos y está también plagado de referencias a otras cintas de ciencia-ficción. Tom Cruise llega hasta una especie de cubo luminoso con aspecto de monolito y me acuerdo de  Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), Cube (Vincenzo Natali, 1997), y por supuesto 2001, una odisea en el espacio.

Y observando ese monolítico que me recuerda a 2001 me acuerdo de la gran elipsis que  hay en el filme tras la aparición del monolito y soy yo quien vive una elpisis en forma de flashback:

Tom y Cocktail

Mi primera imagen es de E.T El Extraterrestre (E.T. The extra-Terrestrial, Steven Spielberg, 1982), recuerdo que ya la había visto en un cine de verano en Granada, pero volví a verla en el Capri, llegamos tarde y había mucha gente como siempre, no me gustó demasiado aunque si recuerdo la secuencia en la que Elliot besa a la niña cuando las ranas se escapan. También recuerdo a Vetusta Morla volando en La historia interminable (Die unendilche Geschichte, Wolfang Petersen, 1984). Recuerdo a mi tía Rosario que era la persona que siempre me llevaba al cine cada semana a ver lo que dieran, dos o tres películas, hasta que uno de los dos se cansaba. Recuerdo planos de Cantinflas, de Louis de Funes, de Bud Spencer y Terence Hill, Tarón y el caldero mágico (The black cauldron, Ted Berman y Richard Rich, 1985). Recuerdo el impacto de ver a Roger Moore entrando en la cama con Grace Jones en Panorama para matar (A view to kill, John Glen, 1985). Pero sobretodo recuerdo ver asombrado y fascinado el infierno que vivía Griffin Dunne en Jo,¡ qué noche! (After hours, Martin Scorsese, 1985), cuando decidía ir al barrio del Soho a ver a Rossana Arquette, la secuencia en la cama en la que le explica sus problemas, después en el bar con el novio de ella, el billete que sale volando del taxi, cada secuencia me dejaba más perplejo. Me sentía estremecido pero sobretodo me sentía especial, ya que era consciente de que estaba viendo con siete años una película de mayores. Creo que ese día en el Capri me hice mayor. Recuedo cierto bochorno y sonrojo sentado junto a mi tia en una secuencia de Fabricando al hombre perfecto (Making Mr. Right, Susan Seidelman, 1987), en la que John Malkovich haciendo de robot y una mujer juegan con un preservativo y no paran de hablar de sexo. Y muchas esperas de días y muchas colas. El fenómeno de Cazafanstamas (Ghostbusters, Ivan Rietman, 1984) y el jaelo que se montaba en el cine cada vez que sonaba la canción de Lionel Ritchie. Y de nuevo aparece Tom Cruise y la expectación para ver Cocktail (Roger Donaldson, 1988), y que me pareció muy aburrida. Y antes las películas de Pesadilla en Elm Street 4Parchis, me acuerdo del enfado que tuve con mi tío que me había regalado unas entradas para verlos actuar en el Palau d´Esports porque yo solamente los quería ver en el cine y no en directo. Y más esperas impacientes durante la semana: la decepción de Moonwaker (Jim Blashfield y Colin Chivers, 1988), gatear entre la gente para colarnos en el caos que se había montado en la calle para ver Los gemelos golpean dos veces (Twins, Ivan Reitman), el auge de Tom Hanks y las risas cada vez que el chucho le babeaba en Socios y sabuesos (Turner & Hooch, Roger Spootiswoode, 1989). Recuerdo ver en primera fila Los bárbaros (The barbarians, Ruggero Deodato, 1987) y El muñeco diabólico (Child´s play, Tom Holland, 1988) con mi vecino Sergio y dos compañeras de colegio en lo que se supone era una cita, al menos para él. Y las maratones de películas; una de cuatro películas de terror también con Sergio: la crudeza y el gore de Hellbound: Hellreiaser 2 (Tony Randel, 1988), la fantasía y diversión de Pesadilla en Elm Street 4 (A nightmare on Elm Street IV: The Dream Master, Renny Harlin, 1988), una extrañeza delirante con Michael York titulada  Bestia asesina (Un delitto poco comune, Ruggero Deodato, 1988) y a Michael Ironside en Proyecto: Terror (Watchers, John Hess, 1988). Recuerdo haber visto dos veces  y media en una misma tarde Desafío total (Total Recall, Paul Verhoeven, 1990) y la expectación que se creó cuando Clint Eastwood había vuelto a dirigir un western después de tantos años y alucinar viendo Sin Perdón (Unforgiven, 1992)…..

Y como en el final de Jo,¡ qué noche!, en el que Chech &Chong dejan caer de una furgoneta a Griffin Dune en forma de escultura de escayola en la puerta de su trabajo, el lugar en el que  inició su aventura que terminó en pesadilla, a mi me dejan caer en la misma butaca del Capri en la que comencé a ver la película pero con una historia más que contar y recordar.