“CRASH”: PASAD, PASAD, DEPRAVADOS!

Por Esther Lopera

crash_2“Sí, la he visto muchas veces, pero nunca en pantallagrande”. Era la frase que repetía una y otra vez a los que me preguntaban, cuando les comentaba mi intención de escaparme de mi mundana vida el jueves por la noche, para ver “Crash” (1996) del inconmensurable David Cronenberg –Dios, para su séquito- en el Phenomena, la sala de referencia donde desde hace un par de años cinéfilos y freaks and geeks pernoctan sin ningún tipo de complejo. Nadie me lo discutió, si bien seguramente pensaban que valdría más la pena ver alguna de las nominadas a los Oscar o esperar alguna “joya” de esas que solo puede recuperar el Phenomena. Como no encontré ninguna víctima que me acompañara, me dirigí hacia allí, sola. Y lo cierto es que el hecho de ir sola me daba cierta satisfacción, pues “Crash” la vi en su momento de madrugada, cuando mis padres ya se habían ido a dormir y cuando el despertar sexual se olía en cada uno de mis poros, ávidos de esas primeras experiencias que aún estaban por llegar, o que habían llegado de forma frágil. Un despertar adolescente naíf que el cine se había encargado de potenciar gracias a films románticos visionados repetidas veces como “La Princesa Prometida” (Rob Reiner, 1987).  Recordaba ese momento, en cómo “Crash” me había impactado en 1996 y en cómo había tergiversado de un plumazo mi forma de ver la sensualidad, el deseo y el placer a lo desconocido.

Ese pensamiento me llevó hasta la puerta del cine, ensimismada hasta tal punto de que no me percaté que había llegado 35 minutos antes de la proyección, lo que me dio tiempo a contar, una y otra vez, las 15 personas que estábamos esperando a ver la obra del maestro del horror corporal. Mientras hacíamos cola, el señor que rompe tu entradita con cariñocine-phenomena-644x362 nos dirigía hacia la entrada, con una bonita frase de bienvenida: “ya podéis pasar, depravados”. La noche prometía.

Escogí un asiento central, tenía donde escoger y podía estar a mis anchas. Magnífico. Mientras empezaba a ponerme cómoda y me invadía cierto nerviosismo quinceañero, un señor cano de avanzada edad, de aspecto delgado y algo sombrío se sentaba sin pudor a mi lado, a pesar de tener 30 butacas libres en la misma fila. Arrugué la nariz en un gesto nervioso y no controlado, y al segundo moví la cabeza hacia un lado bruscamente, como una animación manga, repitiéndome para mis adentros que ese detalle no se iba a interponer entre la fantasía de Cronenberg y la mía. Y así fue. Se abrieron las cortinillas rojas, y los créditos iniciales empezaron a atacar mis ojos, con esa técnica de postproducción tan noventera que provoca el movimiento frenético de cada título. Títulos que muestran abolladuras y roces en el metal frío y que afirman inequívocamente que la película que estás a punto de ver no va a ser como las de su generación. Será l’enfant terrible de la clase, la que marcará la diferencia, la outsider, la censurada y la que jamás alcanzará la aceptación de las masas, pero también la que marcará un hito, convirtiéndose en la película de culto más interesante de los últimos años. Y ya van 21.

Tras los créditos iniciales, esa banda sonora que te atrapa y te hipnotiza, creada por Howard Shore, habitual de los films del director, junto al primer travelling que muestra una provocadora escena de sexo de la brillante Deborah Kara Unger interpretando a Catherine. Sí, yo también estoy fascinada mirando su cuerpo. Poco después aparecía James Spader como James Ballard y avanza el film con el accidente que cambiará sus vidas, tanto como pareja (ya de por sí, bastante torcida) como individuos. Empieza la pesadilla: hospitales, cicatrices, mutaciones y más accidentes. Sexo en coches destrozados, crash_1autopistas llenas de tráfico y carreras peligrosas, además de una serie de personajes alejados de la sociedad, desviados sexuales con deseos irrefrenables. Deseos extraños que Cronenberg perpetra en tu mente y en tu cuerpo, sin ningún tipo de compasión.

Mientras maldecía sonriendo a Cronenberg, recordaba que James Graham Ballard es el autor de la novela homónima en que se basa el film. El tándem Cronenberg-Ballard funciona de manera explosiva, como el complejo binomio del placer y el dolor. Ya lo decía el propio Ballard: “Crash es una historia de género apocalíptico, donde el sadomasoquismo y la obsesión por el sexo y la tecnología automovilística se mezclan de una forma obsesiva e insana”. Pecata minuta para nuestro Cronenberg, quien además dota de realismo la historia, poniendo sobre la mesa muchas de las filias que la humanidad esconde: la fascinación por las heridas y cicatrices, el morbo de ver en primera línea un accidente, la búsqueda del placer extremo, la atracción por lo deforme, el dolor y la muerte como fuente de excitación y las máquinas como método de la perfección humana.

La película avanzaba y mi inesperado amigo abandonaba la sala, quizás decepcionado por no haber cumplido sus expectativas, quizás porque había visto una llamada perdida de su mujer. Lo cierto es que ya poco me importaba. Estaba sumida en el universo de “Crash”, que estaba impactándome como la primera vez, si no más. Las imágenes continuaban ametrallándome el cerebro y mi cuerpo volvía a sentirse como aquél día: extraño y revuelto. James Spader seguía manteniendo esa virilidad frágil que me había enamorado en los 90; Holly Hunter seguía inquietándome con ese peinado que –sorpresa- a mis 40 llevaba yo; y Rosanna Arquette se me antojaba, nuevamente, deliciosamente sensual, con sus piernas de hierro cicatrizadas. Jamás me gustó Vaughan, el personaje morboso que excita a todos, y volvía a repugnarme su palidez oscura. El rechazo que me producía demostraba la fértil actuación de Elias Koteas.

Tras las secuencias placenteramente incómodas que suman el desenlace del film, llegó a su escena final, con esa cámara que va abriendo el plano del último accidente de la pareja protagonista, representado como un cuadro de Francis Bacon: postura retorcida para dos personas en colisión, sedientas de violencia y sexo. Mientras aparecen los créditos finales, me reincorporo en el asiento, aún con la boca entreabierta y el cuerpo compungido. No quiero mirar a nadie, mucho menos hablar. Me levanto y me voy antes de que enciendan las luces. Este es mi momento y de nadie más. Mientras vuelvo a casa, repasando cada una de las imágenes y diálogos solo me viene una frase a la cabeza: “es un milagro que no haya crecido como una depravada”. Seguida de una duda existencial.

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MÁS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS

Nunca hemos dejado de recibir visitas del exterior, del espacio exterior. Se convirtió en algo normal que prácticamente cada fin de semana un ser de un planeta lejano llegara hasta la tierra y pasara un tiempo con Poster ETnosotros; mejor dicho con ellos, ya que casi siempre visitaba alguna zona del midwest norteamericano. Mi primer recuerdo de dimensiones astronómicas, nunca mejor dicho, fue E.T.  Era pequeño, gordo, feo, desproporcionado, pero todo el mundo se enamoró de él. Y en una imagen que se repite en cada película de extraterrestres, cuando E.T intenta explicar de dónde viene, apunta hacia alguna estrella lejana en lo más alto del firmamento. Yo salía al balcón de mi casa en el Prat de Llobregat y miraba al negro cielo buscando alguna de aquellas estrellas. Pero apenas tres o cuatro de ellas brillaban emitiendo algún leve destello. No parecían más que viejas luces gastadas al lado de una gran luna de verano. ¿Será que las estrellas solamente están en California?

E.T. estuvo unos días con nosotros, sufrió mucho, hizo sufrir a Elliot y al mundo entero, finalmente vinieron a buscarle y se marchó con su familia. En una operación que se repite sistemáticamente, los extraterrestres llegan de noche mientras dormimos, pasan unos días con nosotros, hay gente que los persigue, curiosamente los mismos que los han estado esperando toda su vida. En algunas ocasiones los persiguen otros habitantes de su mismo planeta, buscan su nave de origen, y finalmente se marchan de aquí; y como en toda buena historia, cambian la vida de las personas con las que comparten esos días dejando una huella que difícilmente se borrará.

Antes de E.T los extraterrestres nos visitaban casi siempre con muy malas intenciones: El 30 de octubre de 1938 la narración de Orson Welles de La guerra de los mundos (War of the Worlds, H.G. Wells, 1898) en un programa radiofónico convirtió este relato en una auténtica alarma popular creando el pánico entre los ciudadanos norteamericanos. Luego vinieron todas las películas de ciencia ficción de la década de los cincuenta en las que platillos volantes, invasores de Marte, enigmas de otros mundos y monstruos de tiempos lejanos que llegaban del espacio , hasta que el cine de terror moderno nos regaló una película clave de este género, La cosa (The Thing, John Carpenter, 1981). Durante décadas las visitas de nuestros amigos del resto del universo casi siempre nos trajeron terror, muerte y alienaciones no deseadas, incluso en alguna ocasión dejaron la tierra totalmente devastada. La lista de visitantes enfurecidos es tan larga que si quisiéramos meter a todos ellos en un solo planeta es muy posible que no hubiera sitio para todos.

Pero un verano estando de vacaciones en Granada todo tomó sentido. No recibí la visita de ningún extraterrestre pero en una de aquellas noches calurosas de agosto salí del cortijo  levanté la vista, miré al cielo y ví miles, millones de estrellas que iluminaban el campo como si nunca hubiera anochecido. En ese momento comprendí porqué tantas y tanta películas explicaban la misma historia: si había tantas estrellas tenía que haber al menos un visitante interesado en nosotros. ¿Y por qué entonces no nos visitaban a nosotros? ¿Por qué siempre se decantaban por zonas como Texas, Utah o Mineápolis?

Aquel descubrimiento coincidió con la resaca del éxito de E.T y constató algo que ya anteriormente el propio Spielberg había dejado intuir, y es que no siempre van a venir a la tierra a molestarnos. E.T vino en son de paz al igual que unos años antes lo habían hecho los pequeños seres de Encuentros en la Tercera Fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977). A partir de entonces no solo estrellas llovieron del cielo, sino decenas de películas en las que tiernos y bondadosos alienígenas venían a ayudarnos, a buscar refugio, y a hacernos nuestra existencia más llevadera. Cocoon (Ron Howard, 1985), Nuestros maravillosos aliados (Batteries not included, Mathew Robbins, 1987) y Mi amigo Mac (Mac and me, Stewart Raffil, 1988) fueron algunas de las entrañables historias que nos hicieron dudar de las malas intenciones de nuestros vecinos del más allá.

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Pero había un paso más que se podía dar: y es que vinieran para amarnos.

Una tarde de domingo descubrí viendo TV3 una Tv Movie donde la protagonista interpretada por Belinda Bauer tenía que demostrar a James Spader que era una extraterrestre ya que éste no la creía. La escena sucedía en la típica sala de billar repleta de mesas de billar, la sala estaba totalmente vacía y de pronto todas la bolas comenzaron a levantarse y a moverse en diferentes direcciones. Como si se tratara de la representación de una constelación de estrellas y de planetas flotando, la extraterrestre conseguía convencer al joven Spader de que no era de la Tierra. La película se titula Mi querida extraterrestre (Starcrossed, Jeffry Bloom, 1985) y no era más que una variación de Starman. El hombre de las estrellas (John Carpenter, 1984), si en la de obra de Carpenter el alien tomaba la forma de un hombre interpretado magistralmente por Jeff Bridges, en esta el alien tomaba forma de una hermosa mujer bajo la piel de Belinda Bauer.

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Carpenter, que es un indiscutible maestro del género fantástico y de terror tiene el honor de haber inaugurado sin pretenderlo un subgénero que podríamos denominar como “romance interplanetario”. Starman hoy en día en una película prácticamente olvidada, pero que contiene muchas más cosas que un romance entre una mujer y una alienígena: es una historia sobre el perdón, el dolor tras una pérdida, la soledad, la condición humana y esconde metáforas muy interesantes sobre la figura de Jesucristo, la Vírgen María, la Resurrección, la concepción de Dios,… Y por supuesto hay aventura, peligro y un romance en el que Jeff Bridges y Karen Allen hacen el amor de manera apasionada en un tren de cargas que viaja destino a Las Vegas: ella que está incapacitada para tener hijos quedará embarazada por el extraterrestre que ha tomado la forma de su difunto marido, un folletín “cristiano fantasmagórico”. El relativo éxito de la película de Carpenter originó una serie titulada igualmente Starman, con Robert Hayes como protagonista y la misma trama: un alien toma la forma de un hombre fallecido, tiene un romance y es perseguido por una unidad de investigación; como novedad esta vez el alien buscaba a su hijo ¡que estaba perdido en la tierra!

Entre estas dos versiones de Starman, tuvimos la oportunidad de disfrutar de Mi querida extraterrestre: en esta ocasión nuestra hermosa extraterrestre huye de su planeta donde ella y su especie son esclavos de otra raza violenta y agresiva. Una vez en nuestro planeta es dos tipos altos, fuertes y rubios que provienen de su planeta la persiguen, así como la CIA , todos por diferentes motivos, pero encontrará el apoyo y el cariño de un joven James Spader, menos lascivo, libinidoso y sexual de lo que estamos habituados y más generoso, romántico y cariñoso que nunca.

Música pop electrónica de los ochenta, cuero negro y violeta, letras de neón rosa en los créditos, y más y más luces de neón por todas partes, el apoteosis lo encontramos en la nave con la que Belinda Bauer, la alienígena regresará a su planeta: un entramado en forma de pirámide formada por tubos de neón. Romance, huida, apuntes cómicos, el tono de la película se diluye de manera entrañable y maravillosa hacia el rosa que ya apuntaban los créditos iniciales, y por supuesto Belinda y James hacen el amor. Ella quiere sentirse como una mujer, así que se funden en un solo cuerpo en el típico motel de carretera americano en uno de los pocos momentos de descanso que tienen en su huida. Mi querida extraterrestre tiene más puntos de unión con Terminator de James Cameron que con  Starman de Carpenter, como si pusiéramos las dos cintas en la coctelera con mucho azúcar, dulce pero no empalagoso.

RomanceKissing

Nave neónPink starcrossed

El personaje de Belinda Bauer descubre a través del carácter y entrega del personaje de Spader que tiene que luchar y sacrificarse por su vida y la de sus compañeros para salvar a su planeta, que la huida no es la solución. Cuando pensábamos que la Tierra era un lugar de odio, rencor, violencia y desolación, nos visita un ser supuestamente superior de otra galaxia y nos recuerda que nuestros valores no son sólo vitales sino exportables. ¡Qué orgullo ser terrestre pensé!

Love is not in the air, love comes from outer space