¡BINGO! GARCI Y LA MELODÍA DE AL PACINO

Cada vez que veo Melodía de seducción (Harold Becker, 1989) me gusta más y más. La vi en el cine a los 12 años y me impactó. Revisándola varias veces en los últimos años entiendo mejor porqué. La violencia, la pasión, la intriga y el aroma de thriller perverso, nocturno y desmesurado, que destila pueden impresionar a un niño y también hacer disfrutar a un cuarentón.

Tenía ganas de escribir sobre Sea of Love (título original) desde hace tiempo y he de agradecer a José Luís Garci el empuje definitivo que me ha dado para hacerlo. ¿Qué tiene que ver Garci con Al Pacino y Ellen Barkin? Aparentemente nada, salvo que navegando entre podcasts sobre cine encontré uno del mítico programa Qué grande es el cine de La 2, que giraba entorno a este clásico moderno del thriller. Garci no está en mi top 10 de directores españoles, pero como cinéfilo y comunicador especializado en cine me gusta y sus podcasts son ideales para aprender sobre cine (y también para quedarte dormido).

Al Pacino y Ellen Barkin, aunque no lo parezca, se atraen.

¡Qué grande es el cine!

Así que… ¡Bingo! A Garci le encanta Melodía de seducción y a mí también. Una película que retrata Manhattan de noche en los 80 ya tiene un especial atractivo para mí, pero si además tiene un excelente guion como el de Richard Price, guionista de una de las mejores series policíacas como es The Wire (2002-2008), el placer aumenta hasta niveles estratosféricos. El retrato del policía interpretado por Pacino, desesperado, alcoholizado y totalmente perdido, así como su relación con el personaje interpretado por John Goodman nos recuerdan a la relación de McNulty y Bunk en la serie creada por David Simon. Price, un auténtico especialista en el guion de cine negro con títulos como El color del dinero (Martin Scorsese, 1986) o Rescate (Ron Howard, 1996), diseña una trama perfecta en la que combina la descripción del universo y el trabajo de la policía de Nueva York con elementos puros y genuinos del cine noir más clásicos y de la moda del thriller erótico que apuntaba maneras en los ochenta con Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981) o Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987) y que estallaría definitivamente con el éxito de Instinto básico (Paul Verhoeven, 1992)

Garci en ¡Qué grande es el cine! pensando en su próximo cigarro

El equilibrio perfecto de Richard Price

Secuencias como la que abre la película en la que la policía monta una redada haciéndose pasar por representantes de un evento para fans del equipo de béisbol de los Yankees; o la escena de la fiesta de graduación de los agentes de policía, dotan el film de un realismo que se equilibra perfectamente con las secuencias puramente noir y de encuentros sexuales/románticos entre Al Pacino y Ellen Barkin. La manida premisa de “policía que se enamora de la supuesta asesina” se convierte, gracias a la combinación entre el realismo del universo policíaco y el torbellino de pasión que se desata entre los dos protagonistas, en un artefacto muy sugerente y original. Las imágenes de sexo estilizado tan de moda a finales de los ochenta por culpa (o gracias) a Nueve semanas y media (Adrian Lyne, 1986) funcionan como hilo conductor de la principal trama de la película: la historia de amor entre un policía melancólico, alcohólico y solitario y una madre separada, obsesionada por encontrar el amor y asediada por su exmarido. Una relación que lleva a su protagonista a enamorarse como un adolescente capaz de comprarse unos ridículos zapatos de piel de tigre y a debatirse entre su deber como policía, sin poder evitar su imparable descenso a los infiernos.

Pacino, mejor que nunca

Pero sí hay algo que me fascina de esta película es la interpretación de Al Pacino. Exagerado, impulsivo, con un sinfín de aspavientos, personifica a la perfección la soledad, la angustia y la desesperación. La transición que hace su personaje desde el abatimiento inicial, la ira descontrolada, la rabia y el victimismo patético hacia ese hombre capaz de enamorarse y desnudarse emocionalmente. Ese personaje que llega a mostrarse débil, divertido, dubitativo y a la vez comprometido con su oficio es magnífico.

Cada vez que Pacino grita “¡Bingo!” y choca sus manos, Garci bebe de su whisky y le da una calada al cigarrillo. Y yo sonrío.

 

 

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ACTO DE VENGANZA, CHARLES BRONSON FUERA DE LA CANNON

La década de los ochenta fue, para Charles Bronson , una época ligada prácticamente en exclusividad a la productora Cannon Films. Son tres los trabajos que el fallecido actor hizo fuera del universo de Menahem Golam y Yoram Globus; la primera es la excepcional odisea nevada de Caza salvaje (1981) junto a Lee Marvin. También protagonizó Justicia salvaje (1984), una película a reivindicar que a pesar de utilizar la palabra “justicia” en su título en castellano se aleja por completo de las películas de la saga Death Wish que filmó 250px-act_of_vengeancecon los productores israelís. La tercera fuera de la Cannon es una excelente TV movie del año 1986, Acto de Venganza (Acto of Vengeance), dirigida por el también fallecido director escocés John Mackenzie.

La trama de Acto de venganza se sitúa en la lucha sindicalista de los mineros de carbón; Bronson interpreta a un administrativo de confianza del presidente del sindicato. Cansado de la corrupción existente en la dirección del sindicato y especialmente en su presidente, interpretado excelentemente por Wilford Brimley, decide presentarse a las elecciones. A partir de aquí se desata la furia de Brimley que manda ejecutar a Bronson. Este punto de partida da pie a varias subtramas que son, por una parte la lucha de los dos aspirantes a vencer en las elecciones, por otra la relación de Bronson, un hombre honesto, con su mujer (Ellen Burstyn), sus hijos y los mineros;  la relación de Brimley y su entorno corroído por la corrupción y por último la trama del hombre encargado de gestionar la ejecución de Bronson.

Esta última trama es quizás de las más interesantes de la cinta ya que muestra las dudas del asesino, la torpeza en la elección de sus compañeros en la misión y el absurdo que rodea a unos tipos mediocres que por unos dólares son capaces de matar a un hombre. Sin duda, tiene el aire de los torpes y entrañables asesinos de algunas de las películas de los Cohen como Fargo (1996) o de los protagonistas de Un plan sencillo (1998) de Sam Raimi. Los “asesinos” visitan la casa de Bronson, uno de ellos dispara por error a su propia esposa hasta que finalmente se les une un nuevo miembro en la banda; un joven Keanu Reeeves, que se muestra como un tipo violento, fanfarrón y sin escrúpulos que suelta frases como: “¿Alguna vez habéis metido la mano, toda la mano, dentro del sexo de una mujer?”.

act_of_vengeance_dvd_cover_copy_1Las dos mejores bazas de Acto de venganza son su casting lleno de grandes actores y la efectiva realización de sobrio y siempre elegante John Mackenzie. Bronson está como siempre, contundente y perfecto. Aparece sin bigote, con esa dureza característica que tiene su rostro y que se acentúa más cuando opta por dejar en casa el mostacho. A pesar de ser ya un sesentón, se mueve con fuerza y dinamismo. En esta actuación utiliza un perfil más psicológico y como es habitual en su carrera, de auténtica contención dramática.  No reparte ni imparte violencia física, pero infunde respeto, ese es Bronson del lado de la ley, y en esta ocasión de la democracia. Su esposa está interpretada por Ellen Burstyn, la inolvidable madre de Reagan en El Exorcista (1974). Como abnegada esposa, es escritora y le redacta los discursos a Bronson. Wilford Brimley es un gran secundario que hemos podido ver en clásicos como Cocoon (1985), La cosa (1982) o La tapadera (1993). Acostumbrados a verle en registros de abuelo entrañable o bonachón, sorprende la dureza y maldad con la que se mueve en el papel de corrupto implacable. También podemos disfrutar en un pequeño papel del trabajo de Hoyt Axton, recordado en Gremlins (1984), y de la siempre extraña belleza de Ellen Barkin, que interpreta a la hija de Axton.

John Mackenzie es el director de brillantes thrillers y películas de espionaje de los setenta y ochenta como El largo viernes santo (1980), Cónsul honorario (1983) con Richard Gere y Michael Caine  o Código azul (1990) con Brian Dennehey y ya analizada en este blog. El trabajo de Mckenzie es sobrio y efectivo, como es habitual en él. Un director que no suele mostrar alardes estilísticos pero que imprime siempre un buen ritmo a sus cintas, sabe sacar lo máximo de los actores con los que trabaja y filma las secuencias de acción con solvencia. Una buena película de Bronson fuera de la Cannon.