LOS ENFADOS DE MICHAEL CAINE Y LA CULPA DE LAS ABEJAS

Siempre hay un culpable de todo, incluso en el Reino Animal, incluso provocado por el Reino Animal. No sé hasta qué punto una monarquía como la de las abejas podría aplicarse al reino de los seres humanos. Minúscula o mayúscula, no deja de ser anecdótico; siempre les tuve miedo, nunca pude acercarme a ellas, justo lo contrario, no podía más que huir, correr. Con miedo y con cierta suspicacia, consciente de que ellas están atentas a cualquier movimiento,  sabía que hay que escapar con sutileza, como quién no quiere la cosa. Siempre me iba. Porque sino ellas te iban a dar candela, zumo de miel en forma de picotazo venenoso, extremidad inflada, fiebre y pesadillas en la Granja San Francisco.

A un viejo conocido le picaron varias a la vez. El ambiente era seco, insoportablemente caluroso. Agosto en Extremadura, sin piscina ni playa, únicamente un sucio pantano lleno de nuestras queridas amigas las abejas y botijos de diferentes colores: verdes y blancos. Mi web_24conocido era bastante gamberrete. Sinceramente, no sé si seguirá vivo, en pareja o en libertad condicional. Aquello fue un drama; él lo explicaba de forma muy intensa, podía sentir el escozor del veneno recorriendo mi sangre. ¡Por Dios! ¿Podría paralizar mi corazón? Si te lo cuentan no, solo es sugestión, es la capacidad empática; podrías dedicarte a algo relacionado con la medicina. La cara de Juanjo, mi compañero de travesuras, le quedó como al niño elefante con paperas. Ese día no se reía tanto el mendrugo; buscaba cariño y complicidad. Su madre le daba besos y le aplicaba paños calientes con manzanilla. Tranquilo cariño, sé que duele, pero mañana ya estarás bien, deben ser abejas portuguesas, tienen muy mala folla y nos tienen envidia, eso hace que el veneno se pudra y sea más nocivo. Durante esas vacaciones, yo le tenía envidia, fumaba como un carretero, bebía cubatas como yo el fruco de melocotón y hasta se enrollaba con chicas, o eso decía. Intenté hacer alguna de esas0010192555 cosas durante esos días de agosto de 1992. La primera me desagradó bastante, la segunda casi me deja K.O, para la tercera tuvieron que celebrarse al menos otros juegos olímpicos.  Fueron semanas extrañas, se mezclaron rabietas y enfados, broncas por parte de mi padre y broncas de Juanito, el padre de Juanjo. Las libélulas sobrevolaban el agua del pantano y los martes en La Primera emitían el ciclo dedicado a Michael Caine. Televisor en blanco y negro de catorce pulgadas. Las olimpiadas lejos en Barcelona. No te enfades Michael, por favor.

Pero me quedó muy claro, grabado a fuego en mi alma, inscrito en mi carácter, que esos ruidosos insectos se habían convertido en mis enemigos. ¿Por qué? No lo sé, me daban miedo. Miedo a lo desconocido. Miedo al color amarillo, al zumbido infernal. Esas alas revoloteando en un extenuante repicar, de sombrío recuerdo de alargada sombra. Cerca de los hocicos de los inofensivos perros, alrededor de las garrafas de agua, en los chorros de las fuentes públicas. Yo solo quería beber agua; hacía calor y estaba sudando. Cada día la misma lucha, la misma desconfianza, el mismo temor.

En casa había libros, no muchos, pero bastante interesantes: la vida de David Niven, la historia de los mundiales, Tiburón, Serás madre. Todos con contenidos muy variados y arthur-herzog-el-enjambre-12796-MLA20064770858_032014-Osegún la hora del día bastante disfrutables, algunos con fotos. Pero uno destacaba: El enjambre de Arthur Herzog . La portada mostraba un edificio amenazado por una nube de abejas en forma de tornado que parecía a punto de devorar el propio libro. A los pies del edificio, el caos y el horror desbordados; coches estrellados, personas corriendo, ancianas gritando, el infierno desatado. Aquello podía ser un despliegue vibrante de emociones y acontecimientos espectaculares, así pintaba el asunto. Pero no podía avanzar de la página 20. Otra vez una imagen me había llevado por el camino de la perdición. La belleza está en el alma, no en la portada, pero en esa portada había abejas.

Años más tarde descubrí que aquella portada, era también el poster de la película basada en dicha novela, Swarm (Irwin Allen, 1978). Y el protagonista era Michael Caine. He querido ser muchas cosas en mi vida, pero una de las que me siento más orgulloso es de haber querido ser Michael Caine. La película era una adaptación rigurosa del libro y me provocaba la misma reacción: no podía ver más de 20 minutos. Las imágenes, impregnadas del veneno de las abejas africanas mutantes, provocaban dolor inmediato, parálisis física, alucinaciones y fiebre. La imagen de una abeja gigante rodeaba tu estancia con un horripilante zumbido, hasta congelar tus neuronas y desactivar tu sistema nervioso central.

Soy víctima de la nostalgia, de las cosas maravillosas y bonitas que recuerdo de mis vidas pasadas, pero sobre todo de aquello que me dejó insatisfecho y tamizó mi espíritu con algo parecido a un barniz de ligera decepción. Finalmente vi El Enjambre más allá del minuto 20. La película roza continuamente el disparate con algunas secuencias tan cochambrosas como el momento donde vemos un tren descarrilar por efecto de un trucaje que descaradamente muestra que se trata de un tren de juguete. Pero por otra parte los efectos de los ataques de las abejas resultan muy convincentes y aterradores. Los diálogos son
interminables y casi toda la trama se centra en un par de despachos y en un laboratorio con Henry Fonda en silla de ruedas pasando de una sala a otra. Sin lugar a dudas me quedo con las apariciones de Michael Caine. Como hombre de ciencia y de perfil técnico, algo que tiene en común con casi todos los personajes del filme. Caine supera con creces el reto a pesar de estar siempre al borde del enfado.  Los enfados de Michael Caine son uno de sus mejores recursos. Quieto, alzando la mirada y aumentado la voz, sus ojos se vuelven más vidriosos, su cuello enrojece, y vemos las entrañas del odio en lo más íntimo de su estómago. Sin apartar la mirada y sin moverse un centímetro de su sitio, deja bien claro como son las cosas. Cuando la trama decae y el aburrimiento consigue anularlo todo, incluso a las abejas asesinas, Michael sube la guardia y pasa de 0 a 100 en segundos para regalarnos otro mosqueo más.

La culpa es de las abejas. Afortunadamente nunca me ha picado ninguna. ¿Será que estoy enfadado con ellas por eso

About Descatalogado

Miguel Arjona es Descatalogado y muchas más cosas. Además de su empeño por catalogar cine olvidado en viejas cintas de vhs, Miguel es guionista, realizador, crítico de cine y profesor de cine en FX ANIMATION Barcelona 3D & Film School. Después de estudiar una carrera universitaria que no tiene nada que ver con el mundo del arte, enfermería, decidió adentrarse en el séptimo arte y estudiar cine. Un año en el IDEP y luego dos más en el CECC, en las que estudió guion y dirección. Después de escribir y dirigir varios cortos en 2005, Miguel tuvo la oportunidad de ser director de ESTUDIODECINE, un cargo que ha ocupado durante diez años. Desde entonces, compagina su trabajo en el mundo de la docencia con la producción de varios largometrajes (Párking, La Manada), la escritura de guiones y la realización de cortometrajes y videoclips.
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